Tras celebrar las dos ceremonias para la integración del Divino Masculino y el Divino Femenino, nos subimos al autobús dispuestos a realizar el largo viaje hasta Palenque, donde íbamos a pasar tres noches. Al día siguiente, aunque todavía quedaban otros lugares que visitar, debíamos llevar a cabo nuestra ceremonia final con cristales en la pirámide de Palenque. Durante el viaje, algunos de los integrantes del grupo expresaron su preocupación por la situación de nuestro próximo hotel, pues estaba en las afueras de la ciudad y para llegar a él había que pasar un puesto de control militar. Como ya habíamos podido comprobar, esto podría ocasionarnos un retraso de horas. Pero aparentemente el Espíritu Divino estaba con nosotros, porque no nos pararon y pudimos llegar puntuales al hotel. Era un complejo precioso, con edificios de poca altura rodeando una pradera cubierta de hierba y caminos bordeados de palmeras y arbustos en flor. Tal y como ya había sucedido muchas otras veces durante nuestra estancia en México, nos recibieron en el hotel con zumos de fruta y flores. A la mañana siguiente, después de un bello desayuno en el gran comedor del hotel, nos encaminamos hacia Palenque. El templo de Palenque En nuestra guía, Lionfire había escrito que Palenque, además de ser la capital del chakra pineal, es el lugar donde se cruzan las arterias activas y las líneas ley de la Serpiente Emplumada. Se trata de una ciudad muy elegante, en el límite de la selva de Peten, en el estado de Chiapas, una región enorme en el suroeste de Yucatán. Es muchas cosas: Registro Pleyadiano, escuela de misterio de geometría sagrada, uno de los principales centros arqueoastronómicos y el vórtice de iniciación terrestre de Occidente. Palenque integra la energía kundalini a lo largo de todos los chakras y los cuerpos espirituales de los iniciados, y por eso la Serpiente de Luz utiliza este recinto de templos para conducir la nueva energía kundalini desde Chile al pueblo maya, de forma parecida a como una lupa concentra la luz del sol. Por eso este templo poseía una gran importancia para todo lo que estábamos haciendo. Para mí, Palenque posee un misterio único entre los templos mayas. Con un equilibrio exquisito, concentra las energías del chakra pineal mejor que cualquier otro lugar sagrado de la Tierra. Me sentí honrado por estar de nuevo inmerso en aquel bello y antiguo mundo de tan profundo entendimiento psíquico. Una vez dentro, todos los miembros del grupo se fueron a explorar el enorme lugar, con su multitud de pirámides y plataformas de piedra, mientras yo intentaba encontrar el lugar donde Ken y yo habíamos colocado el primer cristal. Sólo después de saber dónde estaba enterrado aquel cristal podía determinar el punto adecuado para celebrar nuestra ceremonia. No fue fácil encontrar el lugar. Gran parte de lo que ahora podía ver había estado enterrado cuando visité Palenque por vez primera. Recordé que, dieciocho años atrás, Ken y yo habíamos colocado nuestro cristal entre una pirámide y una pequeña colina. Pero, como muy pronto comprobé, la «pequeña colina» había sido excavada. ¡Ahora era una pequeña pirámide! En cuanto me di cuenta de que allí era donde habíamos colocado el cristal, me dirigí hacia ella. Cuando llegué a la pequeña pirámide vi que uno de los miembros de nuestro grupo estaba sentado en la cumbre, por lo que subí a charlar con él. Al alcanzar el lugar en el que se encontraba, comprobé que estaba meditando, así que le dejé y me puse yo también a meditar. Al hacerlo pude ver que la energía que brotaba de aquella pirámide era extremadamente poderosa y salía en una espiral que se extendía a. lo largo de kilómetros. En ese momento comprendí, como no lo había hecho antes, por qué habíamos colocado el cristal en aquel punto. Estaba claro que había sido programado para utilizar el lugar como una antena para propagar su mensaje al mundo, y en especial al mundo maya. Cuando abrí los ojos, mi amigo abrió también los suyos. — ¿Sientes la energía que brota en espiral de esta pequeña pirámide? —me preguntó—. Me cuesta creer lo inmensa que es, y sin embargo nadie lo diría al verla. Un extraño visitante Para la ceremonia elegí un lugar alineado con aquella pequeña pirámide y el enorme vórtice, y otra pirámide cercana un poco mayor.
Cuando extendí el lienzo del altar, orientado en las cuatro direcciones, y coloqué un cristal en el centro, unos cuantos miembros del grupo comenzaron a congregarse a mí alrededor. Dejé a uno de ellos vigilando el altar para salir a buscar al resto de nuestros andariegos peregrinos, repartidos en pequeños grupos por todo el enorme lugar. Luego regresé y me senté bajo un árbol para esperar a que todo el mundo recibiera el mensaje. Estaba pensando en el cercano Templo de las Inscripciones, donde muchos creen que sobre una gran lápida funeraria aparece representado un astronauta maya. Yo estaba sentado cerca de la base de aquel templo, bajo un viejo árbol de sombra, recordando que Khan Kha era su arquitecto y pensando en lo mucho que se parece a su otra obra de arte de Chichén Itzá, cuando se me acercó una anciana. Había venido desde Sudamérica, me dijo, para participar en una ceremonia. No sabía quién era yo, pero creía que podría saber dónde iba a celebrarse aquella ceremonia. Sorprendido, señalé hacia el altar. Cuando ella se dio la vuelta para ir hacia allí, la paré y le pregunté por qué había venido desde tan lejos. —Soy chamán —me respondió—. Sé que esta ceremonia tiene una gran importancia. Se trata de una ceremonia conocida por toda América Central y del Sur. Hay mucha gente rezando para que se celebre. Le dije quién era yo, y se me acercó y me dio un largo y sentido abrazo. Me pidió permiso para participar en la ceremonia, permiso que, evidentemente, fue concedido. Yo no tenía ni idea de que nadie excepto Dios, nuestro grupo y unos cuantos ancianos mayas supieran lo que estábamos haciendo. Pero debía haberlo sabido, pues las noticias se trasladan de selva a selva como un cóndor en pleno vuelo. La ceremonia de luz La ceremonia comenzó como las demás. Pero al cabo de muy poco tiempo apareció un antiguo anciano maya del interior de la Madre Tierra y levantó las manos. Al hacerlo, una fuerte energía comenzó a elevarse desde la tierra. La energía siguió subiendo hasta que se convirtió en lo único que yo era capaz de sentir. Esta energía me rodeaba por todas partes y estaba también en mi interior. Y lo único que yo podía ver era luz blanca. Sé que algo debía estar sucediendo en el mundo tridimensional, pero no soy capaz de describir el resto de la ceremonia en esos términos. Ni siquiera sé el tiempo que duró. No sé nada, aparte de aquella sorprendente energía de luz blanca. ¡Tampoco puedo decirte cuál era su propósito fundamental! Quizá fue mi falta de experiencia en esos niveles lo que me impidió ver el conjunto. Pero lo que me quedó fue la sensación de que aquella ceremonia había sido planeada hacía más de mil años, y que una vez llevada a cabo la vida iba a ser mejor para los mayas y para el mundo. A pesar de lo poco que comprendí de todo lo que estaba ocurriendo, me levanté del suelo con el corazón inmensamente feliz. Había amor en los ojos de la gente. Supe que, fuera lo que fuese lo que había sucedido, había sido «correcto». Y también supe que antes de que aquel viaje terminara, nuestro pequeño grupo iba a comprobar lo mucho que la Madre Tierra y los mayas apreciaban nuestro amor y nuestro apoyo. Cómo sucedería, era un misterio, pero yo supe que así iba a ser. Me alejé de la ceremonia de Palenque meditando profundamente y con la mano sobre el corazón. El descenso a la tumba de Pacal Mientras tanto, algunos de nosotros habíamos recibido el privilegio, reservado habitualmente para los indígenas mayas, de ver la antigua tumba de Pacal, el rey del siglo VIII. Era importante que los miembros de nuestro grupo lo aprovecharan, pues poco tiempo después la tumba de Pacal iba a ser cerrada para siempre. Pacal fue el último de los grandes reyes mayas y era considerado un dios. Los mayas creían que, después de su muerte, cuando hubiera sido colocado en el sarcófago que él mismo había diseñado y cubierto de jade, Pacal ascendería a la divinidad, trascendiendo la muerte y renaciendo en el panteón maya.
Como sólo podían entrar unos pocos, yo me quedé atrás, pues ya la había visitado hacía mucho tiempo, y en aquella ocasión pude permanecer en ella todo el tiempo que quise. He aquí una descripción de la tumba de Pacal de una persona que estuvo allí en este viaje. No discute las increíbles imágenes de la superficie de la lápida de este rey maya, pero hay al menos un libro escrito sobre ellas. Son enormemente misteriosas y están repletas de conocimientos sagrados. Te sugiero que las estudies. La entrada a la tumba de Pacal se realizaba por una escalera de piedra que descendía a las profundidades del Templo de las Inscripciones. Para llegar a aquella escalera había primero que subir hasta la cumbre de la pirámide. Un funcionario comprobó cuidadosamente nuestra autorización y nos contó, para asegurarse de que sólo entraba el número de personas especificado. En la entrada de la escalera central fuimos recibidos por un anciano maya que, según nos dijo Lionfire, era ya el guardián de la tumba mucho antes de que México comenzara a proteger los yacimientos mayas. El gobierno creía, evidentemente, que aquel hombre era empleado suyo, pero en verdad había estado montando guardia allí durante la mayor parte de su vida y servía sólo a los dioses. Para llegar a la tumba tuvimos que descender con cuidado por la escalera interior, oscura, estrecha y empinada; bajando, bajando, bajando, hasta el nivel del suelo y más aún. Los escalones habían sido fabricados de mármol rosa y estaban muy pulidos por los cientos de miles de pies devotos que han pisado sobre ellos durante los doce siglos que han transcurrido desde la muerte de Pacal. El sarcófago se encontraba en una pequeña habitación, protegido por una reja de hierro. Nos sentamos en el hueco de la escalera, unos pocos cada vez, pues el espacio era diminuto, en comunión respetuosa y juguetona con aquel gran rey. La santidad de la tumba de Pacal era palpable. Luego, con un sentimiento de gratitud y de enorme paz, volvimos a trepar por la empinada y oscura escalera hasta alcanzar la luz del día.
Bailando en el sueño Antes de contarte nuestra siguiente experiencia aparentemente milagrosa, necesito decirte algo acerca del yacimiento maya conocido como Tikal. Para todos los mayas, Tikal representa el octavo chakra, el situado a un palmo de la cabeza. Este chakra contiene nuestra conexión mística con Todo Lo Que Es y supone la apertura a los niveles superiores de consciencia. Ken y yo habíamos colocado allí un cristal, y yo sentía que la energía de este lugar era mayor que la de cualquier otro de los sitios mayas que había visitado, mayor incluso que la de Palenque. Pero Tikal está en Guatemala, y nuestro grupo no podía ir allí. Sin embargo, el Espíritu nos proporcionó a Nadia y a Adam, dos bellos seres que vivían en Guatemala y que, como la dama de Sudamérica, se habían sentido llamados para estar con nosotros en nuestra ceremonia sagrada. Aunque no se habían apuntado al viaje, Adam y Nadia formaban parte de nuestro grupo. Y supieron, en el momento en que se lo pedí, que era tarea suya colocar el último cristal en Tikal, aquel que iba a transmitir nuestras intenciones y plegarias a ese último templo. Lo extraño era que llevábamos un par de días sin verlos. Entonces aparecieron en la ceremonia de Palenque y descubrimos por qué se habían ido. Habían vuelto a Guatemala para poder traernos a un grupo de músicos cuyas melodías eran tanto un rito sagrado como un entretenimiento. Este grupo se denominaba Kan Nal e iba a tocar aquella noche para nosotros bajo las estrellas. Nos reunimos en el exterior después de la cena, en un lugar del hotel que había sido reservado para nuestro grupo. Cuando se encendieron las antorchas, comenzó la música, lentamente, con suavidad, un instrumento rústico haciendo una llamada, otro uniéndosele, el toc-toc de un tambor de madera, el trino hechicero de una flauta, el grito ocasional de un pájaro de la selva. Cuando la música creció en volumen y complejidad, una sacerdotisa nos entregó hojas de plataneras. Sobre ellas había colocado mazorcas de maíz, cristales y otros objetos naturales sagrados para los mayas. Cuando a cada uno le pareció el momento adecuado, lo llevó como sacrificio para el fuego. La música adquirió un ritmo hipnótico y uno de los integrantes de nuestro grupo, uno de los muchos chamanes de gran talento que se encontraban entre nosotros, tomó algunas de las antorchas encendidas y comenzó una danza del fuego, moviéndose al compás de la música, girando las antorchas como si fueran bastones. Todos comenzamos a movernos sobre la «pista de baile» de grava, meciéndonos en éxtasis con los sonidos mágicos y orgánicos de Kan Nal. El baile se prolongó hasta altas horas de la noche. Me dijeron que yo había bailado descalzo durante una hora sobre la grava. Supongo que así fue, ¡pero lo mismo podía haber estado haciéndolo sobre nubes! Necesitábamos aquella celebración. Y nos fue dada. Todo en el momento perfecto. Todos estamos en el mismo barco Al día siguiente nos encaminamos hacia el sudeste, hasta la frontera con Guatemala. Aquella misma noche debíamos regresar a nuestro hotel en Palenque. Durante el viaje visitamos Bonampak, un lugar en el que pueden contemplar unos asombrosos murales antiguos que describen la vida maya y sus ceremonias con gran detalle. Pero nuestro destino principal era el Templo del Jaguar de Yaxchilán. Se trata de un fantástico templo construido a ambos lados de un río. Uno de los lados pertenece a México y el otro a Guatemala. Los mexicanos han excavado su lado del yacimiento, pero los guatemaltecos no han permitido que nadie toque el suyo. Acudimos allí sabiendo que estaba previsto construir una presa en el río junto al cual están enclavados aquellos templos, y que muy pronto este lugar precioso, y todos los demás situados a lo largo de las orillas, iba a desaparecer para siempre bajo las aguas. La seña final El último día de nuestro viaje maya íbamos a visitar Uxmal una vez más. Necesitábamos estar allí a una hora concreta para poder asistir al espectáculo de luz que se representa cada noche. Así era como queríamos terminar el viaje. Se suponía que iba a ser una representación muy bella, y Uxmal se encontraba de camino hacia Mérida, completando el enorme círculo de templos que habíamos estado visitando. Pero entre el grupo se extendió una protesta: — ¿Por qué tenemos que terminar nuestro viaje con una exposición artificial, tecnológica, para turistas? Les parecía una idea estúpida. Yo no era capaz de responder a su pregunta, sólo sabía que «debíamos» ver el espectáculo de luz de Uxmal y que era realmente importante que estuviéramos allí. Así que, a pesar de la rebelión, continuamos. En Uxmal hay restaurantes y tiendas, y no se permite a nadie visitar las pirámides hasta que concluye el espectáculo de luz, por lo que esperamos, compramos y tomamos un bocado. Todo el mundo seguía preguntándose por qué teníamos que terminar nuestro increíble viaje con un espectaculillo de tres al cuarto en Uxmal. En el momento exacto en que debía dar comienzo la representación, y mientras todos estábamos esperando..., comenzó. Primero una ligera llovizna, luego el cielo se abrió a una lluvia torrencial que enseguida se convirtió en un diluvio. Durante dos horas los relámpagos cruzaron el cielo y los truenos restallaron a nuestro alrededor. Era una tormenta muy fuerte. La Madre Tierra había decidido hacer su propio espectáculo de luz allí donde pudiéramos observarlo a cubierto en el complejo urbanístico de Uxmal. Habíamos llegado a Yucatán en mitad de una larguísima sequía. Ya habíamos visto la lluvia, la pequeña tormenta que se había desatado en el Caribe tras Tulum y un ligero chubasco mientras nos dirigíamos hacia el sur, pero no se había parecido a esto ni de lejos. El dios maya Chac nos estaba homenajeando y, desde nuestro punto de vista, nos estaba diciendo que nuestro trabajo ceremonial era aceptado en el mundo maya. Todavía puedo vernos, calados hasta los huesos por el azote de la lluvia que se colaba por el techo, sabiendo todos por fin por qué estábamos en Uxmal, riendo, bailando y abrazándonos unos a otros con las caras bañadas en lágrimas de alegría mientras observábamos y escuchábamos nuestro propio espectáculo de luz personal ofrecido por la Madre Tierra y el Padre Cielo. Al entrar en Mérida camino del hotel, las calles tenían treinta centímetros de agua y nuestro autobús parecía un barco en la noche, con olas que se abrían en la proa, arribando a casa tras un largo viaje por mar. Nuestros corazones estaban abiertos de par en par y una vez más éramos Un Solo Corazón, y las redes que rodean la Tierra estaban más cerca del equilibrio perfecto.