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jueves, 23 de octubre de 2025

Serpiente de Luz Capítulo XXII : Amor incondicional Imagenes del Interior del Corazón




La Serpiente de Luz está ya en el lugar geográfico que va a ocupar durante los próximos trece mil años y funciona perfectamente. La Red de Unidad sobre la Tierra, que contiene y focaliza la consciencia humana y le permite pasar a la consciencia superior, estará por fin completamente ajustada para mediados de 2008. Todavía queda algo por hacer, pero no mucho. En mi final debe haber un viaje a la isla de Pascua, para sanar un aspecto determinado de los maoríes, y una última ceremonia en la isla de Moorea, para completar la Red de Unidad y conectarla de un modo que el mundo aún no ha visto. El año 2009 traerá la primera conexión real con la vida de otros mundos, lo que no podría haber ocurrido antes de que la Red de Unidad estuviera funcionando de un modo concreto. Esto es una profecía procedente de varios pueblos indígenas, entre los que se encuentran los mayas y los waitahas. El 21 de diciembre de 2012 se completará la precesión de los equinoccios y dará inicio el comienzo de un nuevo ciclo de otros trece mil años. Para entonces, el viejo ciclo y las viejas formas masculinas de controlar la vida humana estarán ya desmontados. En ese momento la mujer tendrá el control para dirigir a la humanidad de vuelta a la Luz. Y el 18 o el 19 de febrero de 2013 los mayas llevarán a cabo la primera ceremonia del nuevo ciclo, lo que disparará la apertura de todo tipo de vida en todas partes para comenzar el intercambio con la humanidad de una forma «personal», y la humanidad dará comienzo a una rápida sanacion de las personas que queden sobre la Tierra. Para ese momento, el 19 de febrero de 2013, lo más probable es que la población humana de la Tierra se haya reducido de forma drástica, pero los que queden sobre el planeta comenzarán de verdad a mostrar que el amor y el cariño constituirán la nueva forma de vivir del mundo. Lo que estoy diciendo es que los próximos años serán los más importantes en la historia de la humanidad. Sobreviviremos a estos enormes cambios en el entendimiento humano con la ayuda de la Madre Tierra y su Serpiente de Luz, tal y como hemos hecho muchas otras veces anteriormente, pero nunca antes se ha abierto a nosotros el universo como lo hará en los años venideros. El secreto es el Amor Incondicional, que se presentará a sí mismo a través de los seres humanos que cambiarán la vida sobre la Tierra para siempre. La mayoría de esos seres humanos serán niños o adultos jóvenes que han encontrado el camino hacia sus corazones. Por último, y probablemente de forma muy agitada, los hombres llevarán a cabo la transformación que completará de verdad el ciclo. Casi siempre sucede así. Serán las imágenes o los sueños procedentes de los corazones de esos niños los que tendrán el poder de llevar a cabo esos cambios. Los niños y las mujeres serán los primeros en entrar al acto de la creación y cambiar el mundo desde él. Déjame que te lo explique más a fondo utilizando la ceremonia como ejemplo. La ceremonia es el resultado del entendimiento antiguo y la sabiduría de que el mundo exterior de las estrellas, los planetas y todo lo que existe sobre ellos fue creado por el mundo humano interior de imágenes del corazón y la interacción con el Gran Espíritu. Casi todos los pueblos indígenas saben que eso es así en la vida. Muchos hombres modernos creen que Dios es inalcanzable. Creen que posiblemente se encuentre en algún lugar o de algún modo en la naturaleza, o quizá incluso más allá de la naturaleza, pero decididamente, para la mayor parte de la gente, Dios no está «íntimamente en nuestro interior». Y para la mayoría, Dios y el hombre son definitivamente una consciencia distinta. Y sin embargo, y de forma paradójica, ¡la fuente de este pensamiento también dice que estamos hechos «a imagen de Dios»! En el interior del corazón humano existe un lugar especial donde se concibe toda la creación. Esta fue la enseñanza fundamental de Jesús, aunque los dirigentes griegos y romanos de laIglesia la descartaran por razones políticas, y este entendimiento se extiende aún más hacia atrás, al menos tres mil años antes de Cristo, hacia la antigua India y Egipto a través de los escritos de los Upanishads y las enseñanzas orales del tantra egipcio. Cuando nosotros, los seres humanos, comencemos a darnos cuenta de quiénes somos realmente, los verdaderos Hijos e Hijas de Dios, la consciencia que creó todo lo que existe, sólo entonces la humanidad y Dios serán uno solo en la mente, el corazón y el cuerpo, y se levantará el velo de sopor. Los habitantes originales de este planeta pueden ayudarnos enormemente, pues saben mucho y recuerdan su conexión eterna con la Madre Tierra y el Padre Cielo. ¿Cómo si no habrían podido vivir sobre la Tierra durante tanto tiempo y con tan poco desequilibrio? La Serpiente de Luz se ha trasladado a una nueva localización geográfica, y este movimiento ha hecho que se esté emitiendo una nueva vibración sobre la Tierra. Esta vibración es totalmente diferente de la que ha venido siendo emitida durante los últimos trece mil años. El ciclo no es un círculo sino una espiral. Cada vez que completa un giro no vuelve al mismo lugar, sino a una nueva parte de la espiral, exactamente igual que la molécula del ADN. Y al igual que en esta molécula, los códigos se liberan en nuevos patrones. Esto produce unos nuevos modos, un nuevo mundo y una nueva interpretación de la Realidad Única para que la humanidad pueda contemplarla y, con el tiempo, vivirla. ¿Te preguntas qué es lo que puedes hacer tú? Es fácil; abandona tu mente y tus pensamientos constantes y vuelve a tu corazón. Dentro de él hay un lugar diminuto donde reside todo el conocimiento y toda la sabiduría. Cualquier cosa que puedas necesitar en todos los niveles de tu existencia la tienes ahí a tu disposición. Y en los cambios humanos y terrenales que nos rodean, y en los increíbles cambios que están a punto de permear nuestras vidas diarias, si vives en tu corazón, la Madre Tierra te cuidará con su suave amor mágico, el mismo amor mágico que creó todo este planeta físico. Recuerda quién eres realmente, confía en ti mismo y abre los ojos a la nueva belleza de una nueva Tierra que se abre ante ti cuando respiras. Escudriña más allá de la oscuridad y la destrucción del final de este viejo ciclo masculino. No mires a los ojos de Kali, pon tu atención en los capullos de la vida y la luz del centro del vórtice. Como una semilla, tu futuro está sólo empezando a brotar de la oscuridad, pero algún día mirarás hacia atrás y te darás cuenta de que todo el miedo y la angustia no fueron más que un sueño creado a partir de la confusión producida por el final de un ciclo y el comienzo de otro. La muerte y la vida son parte del mismo círculo. Ahora mira hacia la Luz y aspira profundamente la alegría de vivir. La Vida Eterna sin sufrimiento ha sido tuya todo el tiempo. Nunca estuviste apartado de la Fuente. Vive la vida sin temor. Vive tu vida con los ojos y el corazón abiertos desde la joya del interior de tu corazón, y te extenderás hacia los próximos trece mil años aquí, en la Tierra, y mucho más allá.

OM MANÍ PADME HUM

OM MANÍ PADME HUM

OM MANÍ PADME HUM

¡Mira! ¡La joya del loto!

miércoles, 15 de octubre de 2025

Serpiente de Luz Capitulo XXI: Los waitahas y los mahories de Nueva Zelanda



Hace mucho tiempo, una amiga nativa americana, Mary Thunder, me llamó pidiéndome permiso para traer a mi casa a un maorí llamado Mac Ruka que quería hablar conmigo. Ella me contó que Mac Ruka estaba considerado la cabeza espiritual de los maoríes y había viajado desde Nueva Zelanda para invitarme a su tierra, a la que él llamaba Aotearoa. En mi último libro, Viviendo en el corazón, conté esta historia, pero no le dediqué toda la atención que merecía. En aquel momento no fui consciente de quién era aquel hombre ni de la importancia de su linaje para la ascensión de la raza humana. Mac me invitó a visitar Nueva Zelanda y me dijo que, cuando lo hiciera, mucho más me sería revelado. Sin embargo, y por las cosas de la vida, el viaje resultó imposible hasta 2007. Por desgracia, Mac falleció a finales de los noventa y no pude volver a verle. Mac tomó parte en la redacción del libro The Song of the Waitaha, así como en otros acerca de este pueblo. Yo creo que también estuvo detrás del texto de la película The Whale Rider, que ganó tantos premios internacionales. Conocí a Mac en 1994 y trece años después decidí que debía ir a Nueva Zelanda para cumplir mi compromiso de visitar algún día a su tribu. Diane y yo planeamos ir allí con otro «círculo mundial», compuesto en esta ocasión por cincuenta y cinco personas procedentes de diecinueve países. Fue interesante la manera en la que entró en mi consciencia realizar aquel viaje. Me habían dado un ejemplar de The Song of the Waitaha, del neozelandés Barry Brailsford. Mientras lo leía, me di cuenta de que los waitahas hablaban exactamente de la forma de «Soñar con el Corazón» que yo estaba experimentando en mi vida y acerca de la cual había escrito en Viviendo en el corazón. Es una forma de soñar que cambia realmente el mundo exterior sobre el que caminamos. Mientras investigaba para el libro descubrí que no había casi nada escrito acerca de los Sueños desde el Corazón o del Espacio Sagrado del Corazón, a excepción de los Upanishads de la India antigua y de un pequeño libro conectado con la Torah judía titulado The Secret Cavern of the Heart. Aparte de estos dos libros, todas las enseñanzas que conscientemente poseo de este tema han estado siempre contenidas en la tradición oral. Ambos libros eran antiguos, pero aquí había otro, procedente de Nueva Zelanda, que describía con gran detalle esta experiencia a partir de una antigua tribu nativa denominada los waitahas, los «portadores del agua». Según sus propias palabras, los waitahas son un pueblo nativo considerado maorí, aunque en su opinión son mucho más antiguos que éstos, pues se remontan a la época de Mu, o Lemuria, hace más de sesenta mil años. Yo creo que, en realidad, hace sesenta mil años tuvo lugar el fin de Lemuria, y el comienzo del linaje waitaha puede remontarse a hace ciento treinta mil años. Ellos se dan cuenta de que no pueden probar científicamente esta afirmación, pero en sus propios relatos orales y en sus canciones este conocimiento está vivo. Yo me sentía intrigado. Y como los ángeles son los que guían mi vida, hace unos pocos años, justo después de leer The Song of the Waitaha, viajé a Suiza para visitar a un hombre llamado Shin Shiva, un gurú que enseñaba kundalini. Durante una comida en su casa, mencioné a los waitahas, pues el contenido del libro estaba muy presente en mi mente. Shin me miró con sorpresa y pidió a uno de sus discípulos que trajera a Ojasvin a la habitación. Unos minutos después, un apuesto hombre de piel oscura y pelo negro entró silenciosamente en el cuarto. Su presencia resultaba sumamente elegante. —Has mencionado a los waitahas y aquí, de pie ante ti, te presento a Ojasvin —dijo Shin—. Es waitaha. Ojasvin me dio un abrazo cálido y lento, y empezó a charlar. A los pocos minutos estaba llorando, mientras me decía: —No he conocido a nadie fuera de mi tribu que comprenda los Sueños del Corazón. Es maravilloso haberte encontrado. Charlamos durante un rato y luego me fui a Francia, donde debía dirigir un taller. Pero no olvidé a aquel hombre. Recuerdo que esto tuvo lugar en 2003.

Cuando el viaje a Aorearoa comenzó a tomar forma, los ángeles me dijeron que iba a aprender mucho en él y que lo que aprendiera debía formar parte del libro que estoy escribiendo. De hecho, dejarlo fuera habría sido no desvelar jamás la verdad completa sobre la Serpiente de Luz, pues los waitahas guardan la pieza secreta para el proceso de ascensión del mundo. Lo guardan en su ADN. Invité a Ojasvin (su nombre waitaha es Kingi) a venir con nosotros, pues los ángeles me habían dicho que él sería «fundamental para unir el mundo del corazón con el mundo de la mente». Kingi aceptó su nombre waitaha para este viaje y, efectivamente, constituyó una luz de valor incalculable para todo el grupo. La reina de los maoríes Aunque habíamos sido invitados por Mac Ruka a ir a Nueva Zelanda, también recibimos otra invitación que eliminó cualquier duda que pudiéramos albergar sobre el hecho de que teníamos que ir y participar en una ceremonia tradicional. La reina de los maoríes, Teahairangi Ka-ahu, que significa «La luz del amanecer que abre el camino a los cielos», nos invitó personalmente a sus bellas islas, que todos los maoríes conocen como Aotearoa. Sólo dos semanas más tarde, la reina falleció. Su hijo ocupó su lugar y concedió permiso a nuestro grupo para que continuáramos. El entierro de la reina Teahairangi Ka-ahu se convirtió en un acontecimiento nacional y fue televisado a toda Nueva Zelanda. Su muerte santa unió a toda la nación. Por su estatus, el entierro tradicional implicaba llevarla en un barco, denominado waka, fabricado y tallado a mano y capaz de atravesar el océano Pacífico a una velocidad de treinta y cinco nudos, aguas abajo hasta su lugar de descanso, en la falda de una montaña sagrada a orillas del río. Me gustaría bendecirla en este libro con el amor en nuestros corazones y desearle un paso seguro hacia los mundos superiores. Comienza el viaje Nos reunimos todos en Auckland, donde llegamos conducidos por los pájaros de plata de los cuatro vientos. ¡Qué bellos rostros, abiertos y listos para todo lo que pudiera llegar! ¡Y cuánto valor! Nos miramos a los ojos y supimos que algo increíble iba a suceder, pero no creo que ninguno de nosotros supiera lo profunda que iba a ser aquella experiencia. Además de los participantes del viaje, había muchos autores, investigadores espirituales, arqueólogos y agencias de viajes trabajando entre bastidores para llevar a aquel grupo procedente de todo el mundo hasta el remoto mundo de los pueblos nativos. La mayor parte de los participantes no tenía ni idea de los planes que fueron necesarios para organizarlo todo, y lo cierto es que yo tampoco. Lo que sí sabía era que sin la ayuda de la comunidad neozelandesa, nuestro viaje habría sido sólo una excursión turística corriente. Nos fueron asignados dos maoríes como guías y para que se quedaran con nosotros mientras nos desplazábamos por todo el país. Poco sabíamos quiénes eran realmente. Una era una anciana maorí llamada Makuini Ruth Tai. Nos pidió que la llamáramos Ruth, y muy pronto había logrado penetrar en nuestros corazones. El otro guía era un maorí llamado Herini. Personificaba los principios masculinos maoríes que han florecido en las islas durante miles de años, y el modo en el que nos condujo hacia el mundo maorí fue impecable y necesario. Cuando terminó el viaje, estos dos maoríes nos habían mostrado el corazón del sendero de su pueblo y nos habían ayudado a entender y a vivir un estilo antiguo, que constituye un antiguo recuerdo perdido para la mayor parte de la población mundial. Gracias a los dos por estar vivos.

Los waitahas En nuestra segunda noche llegamos al corazón de un valle verde y montañoso. Era cálido y acogedor; niños, perros y muchachos corrieron a nuestro autobús para ver quién había llegado procedente de todas las partes del mundo a aquel punto diminuto y aislado, en el interior de una pequeña isla, que separa la Antártida del resto del océano Pacífico. Nosotros sentíamos tanta curiosidad como ellos por lo que iba a suceder. Más tarde nos dijeron que nunca habían visto tanta gente, especialmente de tantos países diferentes. Y nosotros nunca habíamos visto a nadie que se pareciera a ellos. Desde tiempos remotos, los waitahas se han tatuado los rostros y los cuerpos, creando imágenes tanto de belleza como de miedo. Encontrarlos por la calle haría que la mayor parte de la gente intentara protegerse contra ellos, pero si los conoces en el corazón poseen una belleza que rivaliza incluso con la de las flores del loto. Descargamos nuestro pretencioso e inacabable equipaje junto al autobús y alejamos el vehículo del terreno sagrado. A los pocos minutos comenzó la ceremonia. Ruth pidió a la mujer más anciana que se colocara al frente con ella, con las mujeres más jóvenes detrás y los hombres por detrás de éstas formando la última fila. Esperamos en silencio. Seis ancianas, vestidas con chales azules que parecían hechos de agua, formaron una línea recta sobre los escalones de la casa larga, el lugar tradicional donde los waitahas y los maoríes duermen y sueñan juntos. Cuando se reúnen dos o más tribus, suelen tratarse con un estricto protocolo basado en miles de años de tradición. Toda la ceremonia debía seguir aquellas reglas hasta que las diferentes tribus se fundieran y se convirtieran en una sola. A partir de ese momento, todos seríamos waitahas.

Las ancianas comenzaron a cantar un canto waitaha de bienvenida; sus voces tenían un volumen que alcanzaba hasta las colinas situadas a nuestras espaldas. Entonces la anciana maorí Ruth y las mujeres de nuestro grupo devolvieron el canto en maorí dando la respuesta necesaria para cumplir la tradición. Habíamos sido instruidos por Ruth mientras viajábamos en el autobús camino de aquel valle. Los cánticos fueron pasando de unas ancianas a otras mientras ellas se iban acercando cada vez más entre sí. Cuando aquella parte de la tradición terminó, fluimos como el agua hacia la casa larga para la siguiente etapa de la ceremonia. Los waitahas nos colocaron cuidadosamente en lugares previamente establecidos en su interior. Entonces fueron los hombres waitahas los primeros que nos hablaron, la mayor parte del tiempo en lengua waitaha, aunque también algo en inglés, expresándose desde sus corazones. Cuando cada uno de ellos terminaba de hablar, cantaba una canción o tocaba uno de sus instrumentos. Esa era su costumbre. Cuando alguien hablaba desde la mente, repetían lo que había sido dicho poniendo sus intenciones en una música procedente de su corazón. Fue precioso

Como yo era considerado el jefe de mi «tribu de diecinueve países», se me pidió que hablara a los ancianos y al grupo. Pero antes de hacerlo, pedí permiso para que Kingi estuviera a mi lado. Yo les hablaría, pero quería que él les cantara en waitaha para poder llegar más hondo a sus corazones. Recuerdo que les dije que ellos eran el pueblo original del planeta Tierra, procedente de Lemuria, y que lo que estaba contenido en sus recuerdos, sus conocimientos y su antiguo ADN eran los secretos para sanar la Tierra y permitir a la humanidad continuar hacia niveles más elevados de consciencia. También sabía que Soñar desde el Corazón constituía el auténtico secreto para la ascensión del hombre, y que no hay nadie vivo que entienda esto mejor que los waitahas, ni siquiera los mamos kogi de Colombia. Por desconocimiento, el hombre moderno camina «dentro» de su mente, creyendo que las estrellas y los planetas están «fuera» de él. Pero eso no es más que una ilusión. Lo cierto, según los waitahas y los kogis, es que no existe el mundo exterior. Es sólo un holograma creado por la mente. Después de todo, cualquier científico sabe que nuestra única prueba de la existencia de las estrellas y los planetas está basada en los impulsos eléctricos de nuestro cerebro y nuestro cuerpo, nuestros cinco sentidos. Pero sentir algo no prueba que eso exista; en realidad, no prueba nada

Los waitahas creen (al igual que otras muchas razas indígenas, incluidos los antiguos hindúes, que llaman maya a la realidad, lo que significa «ilusión» o «no verdadero») que la realidad exterior no es real. Para ellos la realidad existe sólo en el corazón, y concretamente en un espacio sagrado del interior de este órgano, y no en la mente. Yo comprendo que esto resulte muy difícil de creer, y mucho menos de comprender, pero si los waitahas tienen razón, pronto sabremos la verdad. Yo estaba empezando a darme cuenta de que la Serpiente de Luz, que estaba luciendo sus poderosos rayos desde Chile por toda Sudamérica, también los estaba enviando desde las alturas de los Andes por el océano Pacífico hasta aquel pueblo primigenio. Lo comprendí cuando hablé con ellos, les miré a los ojos y, al hacerlo, me quedé sin aliento. Aquello cambió por completo mi comprensión de lo que estaba sucediendo en el mundo con esta poderosa energía kundalini de la Tierra. La Madre Tierra es extremadamente inteligente. Había colocado su energía para el despertar espiritual en la localidad exacta para que pudiera ejercer el máximo efecto sobre todas sus gentes. Cuando terminé de hablar, Kingi cantó a los waitahas en su propio idioma con la intención que yo había expresado. Kingi es un maestro de traductores y un magnífico cantante. Esta forma de ser y percibir comenzó a cambiar poco a poco nuestras estructuras mentales occidentales y a suavizar nuestros corazones para que pudiéramos experimentar otra cultura de una forma directa e íntima. Comenzamos a fundirnos y a convertirnos en niños pequeños.

Tras el intercambio de palabras pasamos a la siguiente parte de la ceremonia, en la que cada una de las personas de nuestro grupo (o tribu, como nos veían los waitahas) saludó a cada una de las personas de su tribu, hombres, mujeres y niños, con el saludo maorí consistente en tocarse la frente y la nariz y respirar juntos. Este gesto se denomina hongi. Cuando cada una de las personas de cada tribu ha saludado a las demás, es tradicional hacer una comida todos juntos como si formaran una gran familia. Así que pasamos a la zona de cocina donde los waitahas nos habían preparado un ágape estupendo. Nos mezclamos todos para conocernos, rezar, comer y, al estilo waitaha, cantar, tocar instrumentos y bailar durante todo el banquete. Fue más una fiesta que una ceremonia. Como estaba oscureciendo, preparamos las camas, unas ochenta, en líneas rectas contra las paredes, y nos dispusimos a dormir. Según la tradición waitaha, cuando dos tribus se encuentran deben dormir juntas. También sueñan juntas, que es la clave de la ceremonia. Para los waitahas, los sueños son algo más que una visión que uno tiene por la noche. Son la realidad futura, si se sueña en ceremonia. Cuando dos tribus han llevado a cabo su ceremonia, han intercambiado palabras, han respirado juntas y han dormido y soñado a la vez, son una familia. La familia waitaha ruka nos aceptó como una parte íntima de ella, y a partir de aquel momento todos fuimos waitahas. Fue precioso, y constituyó un gran honor. Debo admitir que yo estaba convencido de que algo iba a suceder en el estado de sueño colectivo. Me sentía muy excitado a la hora de dormir pensando que algo increíble iba a tener lugar. Pero no fue así como sucedió, al menos no para mí. Fue como si apoyara la cabeza sobre la almohada para despertar al cabo de pocos minutos. No fue hasta muy avanzado el día, cuando estaba hablando con el hermano mayor de Mac, Barney, que me di cuenta de que se estaba manifestando el sueño colectivo. Espera un poco y lo entenderás. Cuando el sol matutino nos sacó de los sueños internos para llevarnos a los sueños que llamamos realidad, los cuerpos comenzaron a salir lentamente de las mantas y los sacos de dormir. Los niños corrían por toda la casa, los hombres y mujeres comenzaban su baile de vida, y los abuelos y las abuelas establecían la energía del día. Iba a ser un día de compartir conocimientos y experiencia.

Barney Ruka me pidió que fuera con él, los dos solos, a un campo abierto. Quería hablar conmigo en privado. Durante casi una hora estuvo entregándome unos conocimientos secretos de los waitahas referentes a que cuando (y si, por supuesto) su profecía se manifieste, cambiará el mundo para siempre. Mac me había proporcionado parte de aquella información cuando nos conocimos años atrás. Ahora su hermano me la ampliaba enormemente, y yo me di cuenta de que lo que se iba a desvelar en aquel viaje tenía gran relevancia para la Serpiente de Luz y la energía kundalini que irradia por todo el mundo. Aunque el Abuelo Barney no sabía lo que estaba escrito en estas páginas, sus palabras revelaron un gran conocimiento de las historias originales y la precesión de los equinoccios. Completó las partes que faltaban con precisión. Y en ese momento me pidió que hiciera un voto de silencio de la profecía waitaha hasta que llegara el momento adecuado. Y de repente todo comenzó a estar en su sitio. Pude verlo en su conjunto. Sin embargo, todavía no me han dado permiso para contarlo todo. Lo que sí te diré es que, según el Abuelo Barney, la profecía waitaha predice un momento decisivo en la historia el 15 de agosto de 2009. Este acontecimiento podrá ser conocido públicamente, o no, pero constituirá el principio de un nuevo sueño humano, un sueño casi idéntico a la creencia maya de que los cielos se abrirán y nuestros hermanos y hermanas del universo se nos mostrarán.

Mientras Barney hablaba, yo sentía el estado onírico que sus palabras estaban creando. Eran conceptos e ideas en los que ningún hombre moderno ha creído, que ni siquiera ha considerado, a lo largo de miles y miles de años. Si tienen razón, el mundo va a recibir una gran sorpresa, una sorpresa gloriosa, un despertar a un nuevo mundo de luz y comodidad. Como recién nacidos hermanos y hermanas waitahas, abandonamos aquel bello mundo verde y montañoso y comenzamos a viajar a muchos mundos de árboles gigantescos, rocas enormes, playas impresionantes y lugares en los que uno podría pasar fácilmente el resto de su vida. Estas páginas no son el lugar adecuado para relatar todas las maravillosas experiencias que vivimos entre nosotros y con la tierra. Sin embargo, esas experiencias fueron abriendo lentamente nuestros corazones, y esta apertura fue muy importante para que pudiéramos continuar con nuestro viaje espiritual, pues los waitahas/maoríes no nos habrían dejado entrar más profundamente en su mundo si no hubiéramos sido capaces de abrir nuestros corazones. Aquello era imprescindible para el cumplimiento de su profecía. Aparecieron en secreto. Simulando sentir la energía de un enorme árbol sagrado de más de dos mil años de antigüedad, un pequeño grupo de maoríes se bajó de un viejo coche cerca de nuestro autobús. Antes incluso de bajarme de él pude ver por la ventanilla a un hombre al que conocía bien, aunque nunca lo había encontrado en el mundo físico. Se llama Walisi. Tiene la piel oscura y un pelo muy largo, blanco dorado, peinado en una trenza. Era uno de los que se encontraban al fondo de la ceremonia de Kauai. ¿Recuerdas la ceremonia tetradimensional de la transferencia de poder del hombre a la mujer? (Véase capítulo diez.) Me acerqué a él y Walisi me rodeó con los brazos en un largo y sentido abrazo. Él me conocía, yo le conocía a él, y ambos sabíamos exactamente de dónde. Él deseaba que yo comprendiera cómo la cultura del océano Pacífico, una de las más antiguas culturas vivas, era parte íntima de la Serpiente de Luz y del Nuevo Sueño. Sus palabras me llegaron muy dentro, pues yo ya estaba dándome cuenta del significado de la forma en que la nueva kundalini de la Tierra estaba llegando a Aotearoa

Walisi comenzó a entrar y salir de nuestro viaje hasta que me hubo traspasado toda la información acerca de los próximos cambios para la humanidad. Fue un gran honor por su parte compartir aquel conocimiento secreto conmigo. Sé que voy a volver a verle. También me presentó a una mujer. Se llamaba Loma Allen y era una anciana de una tribu maorí que iba a tener un papel principal en la revelación de más conocimientos secretos de los maoríes al grupo. Pero nosotros no sabíamos quién era ella mientras estábamos sentados despreocupadamente a su lado, bebiendo té y charlando. Continuamos viajando por aquellas antiguas tierras de un lugar asombroso a otro, mientras diferentes maestros nativos que se materializaban constantemente a lo largo del camino nos iban revelando enseñanzas maoríes/waitahas.

La ceremonia de la liberación de la fragancia de las flores

El 20 de febrero de 2007 se nos pidió que tomáramos parte en una ceremonia denominada «ceremonia de la liberación de la fragancia de las flores», que según los maoríes sólo tiene lugar una vez cada trece mil años. Teníamos que caminar descalzos unos tres kilómetros a lo largo de una tranquila carretera rural de tierra que conduce a uno de los lugares más sagrados de Aotearoa: la Casa de la Cruz de Miringa Te Kakara. Cuando llegamos a aquella tierra sagrada, el guarda nos retuvo hasta que quedaron cumplimentados todos los trámites para que pudiéramos ser recibidos. A continuación, caminando a paso lento, nos acercamos al lugar situado en un prado cubierto de hierba, donde nos esperaba un grupo de ancianos y ancianas. En ese momento lo desconocíamos, pero estábamos a escasos quince metros del centro de aquel antiguo lugar sagrado

Al igual que sucedió con los waitahas, la mujer más anciana nos condujo a aquel punto, con las mujeres más jóvenes detrás y los hombres detrás de ellas. Pero cuando nos acercamos a pocos metros de los ancianos maoríes, se pidió a los hombres que hicieran un círculo delante para colocarse frente a los ancianos, pues eran los que primero iban a hablar con éstos. La ceremonia prosiguió de forma parecida; los hombres hablaron primero unos a otros y, a continuación, las mujeres lo hicieron como quisieron. Una vez más todos nos colocamos en línea y cada uno de los integrantes de nuestro grupo hizo el hongi con cada uno de los miembros de la tribu maorí. Pero en esa ocasión, una vez que hubimos respirado con cada maorí, nos pidieron que fuéramos directamente hasta una zona situada junto a los ancianos, donde había una cruz excavada en el suelo, a una profundidad de unos treinta centímetros. Mientras esperábamos a que el grupo concluyera el hongi, nos contaron parte de la historia del lugar donde estábamos sentados. Aunque los maoríes creen que este lugar es extremadamente importante para el conocimiento maorí/waitaha del universo, exterior-mente no da la sensación de ser nada especial, sólo un dibujo grabado en el suelo y rodeado por verdes colinas onduladas. Según nos dijeron, había un viejo edificio de madera que guardaba la cruz, y ese edificio encerraba un conocimiento secreto, pero le prendieron fuego deliberadamente en el año 1985. También nos contaron que con anterioridad había sido quemado otras cuatro veces, y todas ellas había sido reconstruido, y también lo sería en el futuro. Sin embargo, nunca nos explicaron por qué era quemado el edificio una y otra vez para ser reconstruido de nuevo. Para entonces el grupo estaba ya reunido. Los hombres se sentaron en el suelo en los bordes de la cruz y las mujeres se quedaron de pie, en grupo, en la parte exterior, esperando a que las ancianas dieran la señal de acudir a la zona de la cruz y sentarse con los hombres. Cuando las mujeres comenzaron a aproximarse a la cruz, los hombres, conducidos por Kingi, se pusieron de pie y comenzaron a bailar una danza simbólica del poder fálico masculino para recibir a las mujeres con gran energía. Tuvo que resultar sorprendente ver la fuerza de aquellos hombres mientras creaban un envoltorio de energía, basado en la tradición waitaha, para que entraran en él las mujeres. Las mujeres entonaron cánticos secretos a los hombres en lengua maorí mientras ellos llevaban sus brazos desde encima de la cabeza hasta las rodillas y cantaban a las mujeres en maorí desde sus corazones. Fue precioso tanto formar parte de aquella ceremonia como presenciarla. Y aquello no era más que el principio. Al final acabamos de pie formando un gran círculo con la cruz en el centro. A mí me pidieron que diera la mano al jefe maorí situado a mi derecha para completar el círculo. Comenzando por mí fuimos hablando todos, uno a uno y desde nuestros corazones, a los participantes en la ceremonia, expresando una visión o un sueño del futuro para toda la humanidad. En el sentido de las agujas del reloj, el último en hablar fue el jefe al que yo estaba dando la mano. Los sueños que expresamos iban a hacerse realidad en el futuro, pues estábamos soñando desde el «centro del mundo». Pero el significado de todo aquel acto sólo se nos fue desvelando poco a poco; prácticamente no nos dijeron nada acerca de aquel sagrado lugar hasta después de la ceremonia, y en realidad no lo supimos todo hasta el día siguiente. Si llego a saber dónde estábamos celebrándola, lo que transpiraba el lugar habría cambiado todo mi ser. Me entregaron un tambor procedente de los Países Bajos. Su diseño parecía de los nativos americanos. Aquel tambor de paz estaba recorriendo el mundo hacia diferentes círculos parecidos al nuestro, círculos de personas con sueños internos de paz mundial. Comencé a tocar el tambor, bailando lentamente alrededor del borde exterior del círculo en el sentido de las agujas del reloj, tal y como enseña mi tradición. Cuando completé el círculo, conduje al grupo formando una larga fila hasta la cocina, donde debía tener lugar la comida de la ceremonia. Los maoríes habían construido una preciosa casa de madera para celebrar esta parte de la ceremonia. Sobre las mesas que rodeaban el edificio habían dispuesto un fantástico surtido de coloridos alimentos y plantas con intrincados diseños grabados en la superficie. Contemplé de cerca aquellos dibujos y me pregunté quién podría ser capaz de desear comerse aquellas obras de arte y destruir su belleza. Las flores con las que habían adornado toda la habitación tenían las hojas trenzadas formando increíbles diseños que, con seguridad, tenían algún significado a los ojos de los maoríes/waitahas, pero que para mí eran fundamentalmente bellos objetos que admirar. Tras la comida, el jefe trajo un álbum de fotos y comenzó a contarnos la historia de aquel lugar sagrado. Nos explicó que hace mucho tiempo un grupo de extraterrestres procedentes de Sirio había planeado sobre el punto exacto en el que está situada la cruz y había introducido un enorme cristal en la Tierra, en el centro mismo de la cruz. Aquel cristal era la razón de que los maoríes lo consideraran un lugar sagrado. El cristal daba al sitio el poder necesario para convertirlo en la Universidad Maorí. Nos dijo que cuando la casa de madera está colocada sobre la cruz y el cristal, la Universidad Maorí está completa, pero no nos llegó a explicar plenamente lo que aquello significaba.

Nos habló de un maorí que estudió en esta antigua casa de madera durante catorce años y que luego se puso un traje y se marchó a Inglaterra para convertirse en un gran profesor en una de sus universidades, a pesar de que nunca acudió a una escuela formal. No llegué a saber su nombre. De alguna forma, sólo por estudiar en aquel sencillo edificio de madera, el hombre había llegado a comprender el universo. Por muy interesante que todo aquello resultara, yo no era capaz de entender de qué estaba hablando. Había tanto que se mantenía en secreto que yo sólo podía «sentir» por qué los maoríes consideraban que aquel lugar era sagrado. ¿Era sólo por el cristal extraterrestre o había alguna otra razón? Mi curiosidad espiritual estaba al rojo vivo. Terminamos la ceremonia con largos abrazos y regalos especiales en ambas tribus y supimos que deberían pasar otros trece mil años antes de que aquella ceremonia pudiera ser celebrada de nuevo. Una de las ancianas me entregó un trozo grande de un cartílago que se encuentra entre las vértebras de las ballenas. Tenía casi la forma de un corazón y había estado en el altar; la energía que procedía de él era extraordinaria. —Es un regalo de nuestros antepasados —me dijo. Tanto los maoríes como los waitahas creen que las ballenas y los delfines son sus antepasados, y que fueron los cetáceos los que realmente crearon a la humanidad. (Esto es también lo que creía la cultura humana más antigua del mundo, la sumeria.) Al mirar los antiguos dibujos labrados en la madera de las aberturas de la mayoría de sus edificios sagrados podemos ver a sus antepasados humanos con manos y pies palmeados, lo que indica al menos que pasaban una gran parte del tiempo en el mar, quizá mirando directamente a los ojos de aquellos que consideraban sus ancestros. Dos días más tarde, cuando estábamos a punto de realizar nuestro último círculo del viaje, una de las mujeres del pueblo me enseñó la geometría sagrada de la vieja casa de madera que había cubierto la cruz del prado. En cuestión de minutos me di cuenta de por qué aquella pequeña cabaña de madera podía ser una universidad y cómo un hombre podía sentarse en el edificio y comprender todo el mundo. He aquí parte de lo que ella me enseñó. Toda esta información (y mucha más) está contenida en el libro Ancient Celtic New Zealand, de Martin Doutré. Si deseas profundizar más en el entendimiento antiguo de los waitahas/maoríes puedes adquirirlo en www.celticnz.co.nz.

Aquellos de vosotros que deseéis investigar, podéis encontrar este secreto en el capítulo nueve de mi segundo libro, El antiguo secreto de la flor de la vida, volumen II. Maringa Te Kakara podía muy bien utilizarse como el «Centro de la Creación», a partir del cual todos los lugares sagrados del complejo de la isla de Aotearoa podían situarse con precisión, por encima o por debajo del nivel del suelo. Esta misma forma de los edificios se utilizó también en el antiguo Egipto y con el mismo propósito. Lo que me quedó claro cuando examiné la geometría sagrada de Maringa Te Kakara fue que los waitahas/maoríes poseen un entendimiento del universo igual al de todas las grandes culturas antiguas que han existido sobre la faz de la Tierra. Y con la misma precisión que los antiguos egipcios, son capaces de predecir el futuro con asombrosa exactitud. Los waitahas han permanecido escondidos en su conocimiento íntimo del proceso de la creación hasta la actualidad. Este conocimiento está sólo parcialmente contenido en un edificio. El secreto crucial se encuentra en el interior de su ADN. Los waitahas son el primer pueblo que salió de Gondwana para vivir en libertad en Mu o Lemuria, y su ADN contiene el secreto original de Dios de cómo usar los sueños para crear o alterar la realidad en este universo de estrellas y planetas. Sin este conocimiento secreto de Soñar desde el Corazón, la humanidad no habría sido jamás capaz de trascender este mundo y ascender a niveles superiores de consciencia. Pero gracias a Dios, los waitahas están vivos y respiran esta manera de ser, y como lo hacen, toda la humanidad será capaz de pasar al siguiente nivel de vida. La Serpiente de Luz y su poder de transformación irradian hacia el océano Pacífico, despertando a los waitahas y, con ellos, a los maoríes. Es esta energía kundalini de la Tierra, procedente de Chile, la que está acelerando su despertar. Con su comprensión especial de la Vida, serán un catalizador para que el mundo pueda pasar la consciencia humana al próximo nivel de existencia. Los waitahas saben que éste es el momento, y es ahora cuando están llamando al mundo para que acuda a su puerta. Los peruanos y los chilenos serán los maestros de los nuevos modos femeninos, pero los waitahas y los maoríes serán los ejemplos de la vibración pura contenida en cada una de las células de sus cuerpos. Uno aprende de los waitahas simplemente permaneciendo en su vibración y soñando con ellos

viernes, 26 de septiembre de 2025

Serpiente de Luz Capitulo XX: La Isla de la Luna y la isla del Sol



¡Desde luego, la vida es asombrosa! Lo que sucedió en aquella pequeña islita situada en mitad del lago Titicaca no podría haber sido planeado jamás, pues fue algo perfectamente cronometrado y ejecutado con la precisión del bisturí de un cirujano. Nosotros fuimos meros testigos. Nuestro gran pájaro de plata había aterrizado en La Paz (Bolivia), y lentamente recorrimos el camino hasta un pueblo con sabor europeo llamado Copacabana, a orillas del lago Titicaca. La isla del Sol, donde yo sabía que debía tener lugar nuestra segunda ceremonia, estaba cerca, pero Diane había organizado que fuéramos primero a la isla de la Luna. Aquello me pareció lógico, dado que la separación entre ambas es de seis o siete kilómetros. Yo no esperaba que fuera a suceder nada especial en la isla de la Luna, aunque sabía que había allí un lugar sagrado denominado Templo de las Sacerdotisas. Se dice que es uno de los centros de energía femenina más poderosos de la Tierra y se nos había pedido que participáramos en una ceremonia nativa llamada Ofrenda a la Madre. A pesar de todo, mis pensamientos estaban centrados en la ceremonia que yo sabía que iba a tener lugar en la isla del Sol. Fuimos recibidos por la mujer más anciana de la isla, la Abuela Mamani, que dispuso que su ceremonia se celebrara en una casita al borde de un acantilado sobre aquel increíble lago que más parece un mar. En la única habitación de la casa sólo había espacio para un número muy reducido de personas al mismo tiempo, por lo que la mayoría de nosotros nos quedamos fuera, esperando y entrando por turnos en el espacio ceremonial. Nos explicó que la razón de que lo estuviera haciendo en un espacio cerrado era porque tenía miedo de lo que pudieran pensar los demás ancianos si supieran que ella estaba realizando una ceremonia tan sagrada con personas que no eran nativas. Fue una ceremonia larga, de más de dos horas, y yo no comprendí su propósito hasta justo antes de que nos fuéramos, cuando ella me lo dijo. ¡Era una ceremonia que se celebraba sólo cada trece mil años para transferir el poder del hombre a la mujer! La verdad del momento era que allí estábamos, en la isla de la Luna, la isla femenina, transfiriendo el poder del hombre a la mujer, e inmediatamente después íbamos a llevar a cabo la misma ceremonia en la isla del Sol, la isla masculina. ¡Dios mío! ¡Pachamama está viva! Cuando nuestro pequeño grupo de barcas nos condujo a la isla del Sol, recordé a la mujer peruana de la isla de Kauai que recibió el cristal esquelético del hombre polinesio que había guardado la Tierra durante los trece mil años anteriores. Cuando ella abandonó la ceremonia tetradimensional, acudió allí, al lago Titicaca, y colocó el cristal en un punto equidistante entre la isla de la Luna y la isla del Sol, a gran profundidad bajo el agua. Y allí, justo enfrente de nosotros, estaba el rayo de luz ultravioleta saliendo del lago. Sin decir una palabra al barquero, pasamos directamente a través de este rayo, y una vez más me di cuenta de la verdad de la Consciencia Universal. Todo está vivo. Todo es consciente. Los accidentes no existen. Estamos viviendo el despliegue del ADN cósmico que lentamente revela las intenciones del Gran Espíritu. No debemos hacer más que ser conscientes del momento. El barquero me devolvió a la realidad, diciendo: — ¿Dónde desean desembarcar en la isla? No había pensado en ello, por lo que respondí: — ¿Dónde está todo el mundo? Él señaló el lado derecho de la isla. Le grité: —Muy bien, entonces vaya al lado izquierdo. Rodeamos una enorme roca en el agua que técnicamente podía considerarse una isla. No había casas ni signos de vida por ningún lado. — ¡Allí! —le dije, señalando un puntiagudo saliente de roca. Nuestras cinco barcas se acercaron lentamente a tierra y encontramos una forma de anclarlas a las rocas. Cuando desembarcamos con cuidado, vimos unos escalones fabricados por el hombre que surgían del agua y ascendían por la falda de la colina. Seguimos la escalera para ver dónde conducía. En la parte superior encontramos una zona circular, llana, que ofrecía una vista sobrecogedora del lago. No había señales de personas ni de actividad humana que pudieran interferir con lo que íbamos a hacer. Parecía el lugar perfecto para realizar nuestra segunda ceremonia, por lo que sin darle más vueltas, nos preparamos. Cuando estábamos a punto de empezar, dos muchachas de unos veinte años aparecieron de la nada y se acercaron a nosotros. —Yo soy inglesa y mi amiga, escocesa —dijo una de ellas—. Y hemos sabido en nuestras meditaciones que ibais a llevar a cabo esta ceremonia hoy en esta isla. Hemos hecho todo el camino para estar aquí. ¿Nos permitís que nos unamos a vuestro grupo? ¿Qué podía decir yo? Ni siquiera había sabido dónde iba a tener lugar esta ceremonia hasta unos treinta minutos antes. La isla del Sol era un lugar grande. ¿Cómo podían habernos encontrado con tanta precisión? Me imaginé que alguien que hubiera hecho lo que ellas acababan de hacer debía estar allí. —Por favor, colocaros en el círculo de las mujeres —les dije. Las cuatro abuelas más ancianas fueron elegidas para sentarse en las cuatro direcciones, con la mayor de todas ellas hacia el este. El resto de las mujeres debían sentarse alrededor de ellas, circundando el altar. A su alrededor, los hombres formaron un círculo de pie, con las manos cogidas, protegiendo la energía femenina interior. Con la bendición de las cuatro direcciones comenzó la ceremonia. Aquella misma mañana los ángeles me habían dicho que llevara mi tambor, el que he estado usando en las ceremonias durante más de veinte años. Comencé a quemar cedro y salvia, y caminé alrededor del grupo exterior en dirección contraria a las agujas del reloj, purificando a las personas y a las energías de la tierra. A la segunda vuelta, el sonido del tambor, al ritmo de los latidos del corazón, comenzó a sincronizar la respiración de todos los participantes. En un momento dado de la ceremonia pedí a los hombres que sometieran su poder espiritual al círculo interior de las mujeres, pues ahora eran ellas las que debían conducirnos durante los próximos trece mil años. Unos cuantos hombres encontraron difícil hacer lo que les pedía. Era una lucha distinta de todo lo que habían experimentado con anterioridad, pero al final todos los hombres permitieron a las mujeres tomar los mandos. Cuando el último de los hombres entregó su poder a las mujeres se me aparecieron los ángeles, que me dijeron: —Ahora te toca a ti. Entrega tu tambor a la Abuela del este como signo externo de la entrega del poder masculino. Sin dudarlo, me dirigí a la Abuela del este. —Con este tambor masculino como símbolo —le dije— te pedimos que termines esta ceremonia, y que a partir de ahora conduzcas a este grupo en las ceremonias. Ella tomó el tambor, comenzó a tocarlo con un ritmo lento y uniforme y continuó la ceremonia hasta su conclusión. Desearía poder recordar sus palabras, pero no soy capaz de hacerlo. Entraron en mi corazón para ser, quizá, secretamente recordadas en otra época. Yo sabía que la historia estaba siendo vivida mientras las olas del lago cantaban su canción de millones de años sobre la belleza, el viento que nos rodea y acaricia a cada uno de nosotros. Todos pudimos sentir la bendición de la Madre con cada aliento de vida. Y con esto concluyó la ceremonia.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Serpiente de Luz Capitulo XVIII : La Invitación Inca a Perú



Antes del comienzo de aquellos viajes, los ángeles me habían dicho que Perú y el imperio inca eran uno de los lugares donde hacía falta celebrar ceremonias para conseguir el equilibrio en el mundo. Cuando estuve en Yucatán, justo después de la ceremonia en Chichén Itzá, se me acercó un sacerdote y chamán inca y comenzó a hablar conmigo. Se trataba de un hombre de treinta y tantos años de edad, vestido con todo el atavío ceremonial inca, con plumas en el pelo y una hermosa sonrisa. Su padre, también chamán inca, le había enviado para que hablara conmigo. El joven chamán me dijo que su gente tenía una profecía por la cual un grupo de gente —él lo denominó un «círculo mundial»— debía acudir a Perú, procedente de todas las partes del mundo, para sanar a su pueblo de algo que había hecho en épocas pasadas. Puso mucho énfasis en el hecho de que su padre era el que me estaba pidiendo que reuniera a aquel «círculo del mundo», y que deseaba que yo fuera a Perú para celebrar una ceremonia con él y con otros chamanes. Pero también me dijo que su padre no estaba seguro de que el grupo que yo fuera a llevar a Perú fuese realmente el que mencionaba la profecía. Me confesó que aquello debería ser establecido por los ancianos incas una vez que estuviéramos allí.

Le contesté que meditaría acerca de lo que él me había dicho, y que si estaba en el Orden Divino llegaríamos a lo largo del año 2004. Nos abrazamos con fuerza, conectando nuestros corazones, sabiendo ambos que ahora todo dependía del Gran Espíritu.

De vuelta a Estados Unidos los ángeles me hablaron largo y tendido acerca de la importancia que tendría aquel viaje. Me dijeron que los incas también habían dejado a gran parte de su pueblo en el interior de la Tierra cuando se trasladaron al Cuarto Mundo, y que aquella división en el seno de su cultura debía ser sanada para poder equilibrar la Red de Conciencia de Unidad. Los incas no podían llevar a cabo la sanacion sin asistencia externa, tal y como había sucedido con los anasazis y los mayas. Los ángeles me dijeron también que ese desequilibrio en la Red de Conciencia de Unidad era más serio que cualquier otro que hubiéramos visto con anterioridad. Lo que es más, me contaron que cuando se culminara con éxito aquel viaje, la energía kundalini de la Serpiente de Luz podría, por vez primera, entrar en los corazones de las mujeres del mundo, especialmente en las regiones de Chile y Perú. Alinearía a las mujeres en posición casi perfecta para que pudieran comenzar sus enseñanzas a la humanidad en las formas concretas de la Luz, incluso mientras la humanidad seguía viviendo en la parte más oscura del ciclo más oscuro, denominado Kali Yuga por los hindúes. Los ángeles me dijeron que el propósito de la ceremonia final de Perú sería que los incas recuperaran sus conocimientos, sus recuerdos y su sabiduría, algo que según los ángeles era esencial para que la humanidad pudiera continuar su camino hacia la consciencia superior. Según el sacerdote inca, estaba escrito que sus conocimientos, sus recuerdos y su sabiduría volverían a ellos en el momento en que aquel círculo del mundo llegara a sus tierras. También me hablaron acerca de una ceremonia que debíamos celebrar en Bolivia, en la isla del Sol, situada en el lago Titicaca. En esta isla, el poder del viejo ciclo de trece mil años, conducido por el hombre, sería transferido a la mujer para que ella pudiera completar su trabajo sobre la Tierra y guiar al mundo de vuelta a la Luz. En el capítulo diez hablé de una ceremonia parecida en la isla de Kauai. Aquella ceremonia fue la auténtica transferencia de poder del hombre a la mujer en la cuarta dimensión. Ahora debía ser en la Tierra así como en el cielo. Aquella fue la única información que recibí acerca de las tres ceremonias. Yo sabía que la primera debía tener lugar en Machu Picchu y la segunda en la isla del Sol, pero no tenía ni idea de dónde se celebraría la tercera. Era consciente en todo momento de que tenía que rodearme de la confianza y el conocimiento pleno de que el Gran Espíritu vivía a mí alrededor y dentro de mí. Así que le dije a Diane Cooper, mi asistente, que confirmara que el primer lugar al que íbamos a acudir era Machu Picchu y que de un modo u otro debíamos terminar en la isla del Sol. El resto lo dejé en sus manos para que ella estableciera el itinerario que deseara. Y el 24 de julio de 2004, el viaje comenzó. Machu Picchu Este viaje lo denominamos «La llamada del cóndor», el ave que representa la consciencia sudamericana. Nuestro grupo se reunió en Lima (Perú), procedente de veintidós países de todo el planeta, y lo sorprendente fue que todo el mundo llegó puntual. Un sobresaliente. Como ya había comprobado con anteriores grupos, aquél tampoco estaba compuesto por gente corriente. Habían meditado y estudiado enseñanzas esotéricas de prácticamente todas y cada una de las tradiciones del mundo y estaban bien preparados para servir a la Madre Tierra o, como dicen en Sudamérica, Pachamama. Al segundo día estábamos ya en carretera, viajando hacia el valle de Urubamba y en dirección hacia el pueblo andino de Ollantaytambo, donde debíamos tomar un tren que en dos horas nos conduciría a Machu Picchu. Yo había viajado en aquel tren a mediados de los años ochenta, cuando estudiaba con el guía egipcio Thoth. Él me había llevado hasta un indio quechua llamado Narciso, que era el individuo que había descubierto el Camino Inca que recorría los aproximadamente sesenta y cinco kilómetros que separan la bella ciudad de Cuzco de Machu Picchu. Narciso se convirtió en nuestro guía para conducir a mi pequeño grupo de diez personas a lo largo de aquel penoso camino, por pasos montañosos de más de cuatro mil doscientos metros de altitud, para ir a caer a Machu Picchu, a unos dos mil quinientos. ¡Fue increíble!

Por aquel entonces se acababa de descubrir el Camino Inca y los turistas no se habían enterado todavía. El tren que estábamos a punto de tomar en esta ocasión tenía parada para que la gente que lo deseara pudiera bajarse para hacer el camino a pie, pero en los ochenta no era así. Tuvimos que convencer al maquinista para que parara en un punto de la vía sin definir en lo alto de las montañas. Accedió, pero nos dijo que, pasara lo que pasase, él volvería a arrancar en sesenta segundos exactos. En aquella época el tren iba lleno de gente que cantaba canciones a pleno pulmón y tocaba instrumentos musicales. Las gallinas, los perros y las cabras viajaban en primera con sus amigos humanos. El tren estaba tan lleno de seres vivos que uno casi no podía ni moverse. Tuvimos que arrojar las mochilas por la ventana y saltar tras ellas con el tiempo justo antes de que el tren volviera a arrancar. Las cosas han cambiado considerablemente en los últimos veinte años. Con las masas de turistas que llegan cada día, el dinero en circulación lo transforma todo. Llegamos a Aguas Calientes y descubrimos que el diminuto pueblecito se había transformado en un pueblo tropical de vacaciones, con manantiales de aguas termales y lindas tiendas para turistas. Cualquier cosa que deseases, los nativos te la conseguían. Debo admitir que era muy bonito, encantador incluso. Y cerniéndose seiscientos metros sobre aquel pueblecito, casi en línea recta, Machu Picchu flotaba majestuosamente entre las nubes. Los sacerdotes incas estaban esperándonos y llevaban tres días preparándose para nuestra llegada. Se habían colocado en las montañas circundantes en lugares desde los cuales pudieran observarnos sin que nosotros lo supiéramos. Habían estado meditando sin comida ni agua, rezando para que nuestro grupo fuera el que iba a cumplir su profecía. Los chamanes incas escucharon a sus guías interiores, pero en su tradición cualquier cosa de esta magnitud debe ser probada por señales que escapan al control humano. Necesitaban tres signos antes de poder darnos su aprobación. Todo lo que yo sabía era que debíamos empezar en Machu Picchu y que la primera ceremonia debía celebrarse allí. Tras el largo y tortuoso viaje en autobús hasta la cima de la montaña, nos reunimos cerca de la entrada a Machu Picchu. Rezamos una sencilla oración de apertura para bendecir nuestro comienzo y pasé por el arco de entrada junto a nuestro humilde grupo de exploradores de la consciencia. Cuando entramos en aquel espacio sagrado, un enorme cóndor voló directamente sobre nuestras cabezas. Uno de los chamanes me contó posteriormente que aquello fue una señal increíble para los sacerdotes incas. Hacía más de veinte años que no veían un cóndor sobre Machu Picchu. Pero aquella señal no era suficiente. Debía haber tres. Al penetrar en el recinto, todos nos encaminamos en direcciones diferentes, cada uno de nosotros siguiendo a su corazón. Pero acordamos volver a reunimos en algún momento para llevar a cabo la ceremonia de sanacion para la tierra inca y sus gentes. Muchos de los integrantes del grupo decidieron trepar Wayna Picchu, una montaña fálica que se eleva otros seiscientos metros sobre el yacimiento principal. Desde la cumbre de este lugar sagrado uno parece estar sentado en el centro de un círculo perfecto de montañas, y si eres sensible puedes percibir la intensa energía que fluye desde la cumbre y se extiende por toda la región. Recuerdo que la primera vez que subí, hace años, me costó irme, pues la energía recargaba intensamente mi cuerpo y mi espíritu. Dos son los lugares de Machu Picchu donde se guardan las antiguas librerías y registros, y están plenamente a la vista. Uno puede encontrar templos repartidos por todo Perú, y en el centro de la mayoría de ellos suele haber una roca labrada que parece una escultura de piedra. Pero estas rocas son mucho más que simples esculturas. Con un poco de sensibilidad uno puede sentarse junto a uno de esos «archivos» y, al recorrer con la mano una curva concreta, las detalladas imágenes colocadas allí cientos o miles de años antes aparecen en la visión interior. Lo sabrás al ver en imágenes detalladas lo que la persona que labró aquella parte de la roca colocó en los registros. Ésa es la razón de que el suelo del observatorio inca sea también una «escultura» de roca. Para que los incas pudieran percibir unos cambios astronómicos, tales como la precesión de los equinoccios, debían registrar los fenómenos y cambios que se producían en el cielo nocturno a lo largo de cientos y miles de años, mucho más que la vida de un único ser humano. Lo que los incas crearon con estos archivos en la roca iguala a la exactitud que consiguen nuestros modernos ordenadores. Se eligió una zona predeterminada para nuestra primera ceremonia y, a medida que se iba acercando el momento, los miembros del grupo comenzaron a llegar. Finalmente, todo el grupo quedó reunido. Extendí sobre el suelo un tejido peruano, de color rojo brillante con finas rayas negras, y coloqué cuatro cristales en las cuatro direcciones. Situé un cristal especial como pieza central y abrí la ceremonia para que los participantes colocaran sobre el altar los objetos que hubieran llevado consigo. Pronto la tela estuvo llena de objetos sagrados. Aunque esto se asemeja mucho a la tradición de los incas, los objetos que éstos utilizan están programados de unos modos de los que la mayor parte de la gente no es consciente. Cuando el altar estuvo preparado, comenzamos la ceremonia. Y en el instante en que empezábamos a establecer las energías de las cuatro direcciones, de nuevo un gigantesco cóndor voló sobre nuestro grupo. De hecho, estuvo planeando directamente por encima del altar durante todo un minuto antes de alejarse volando.

Los chamanes incas observaron esta señal con gran alegría, pues aquella era la tercera señal que habían estado esperando para probar que nosotros éramos el grupo internacional que estaba profetizado que llegaría para salvar a su gente. ¿Cuál fue la segunda señal? No lo sé; los chamanes sólo nos quisieron decir que había sido observada. Uno de los miembros del grupo tomó esta foto del cóndor (véase página anterior) cuando volaba sobre nosotros. Terminamos aquella ceremonia creando un enorme vórtice de energía que permitiera a los incas atrapados en el interior de la Tierra salir a la superficie del planeta, dándoles la oportunidad de nacer al mundo actual. También les otorgaba la posibilidad de pasar con el resto de la población humana a la consciencia superior de la ascensión que está a punto de tener lugar. Y lo que es más importante, alteraba geométricamente la Red de Unidad sobre la Tierra, de forma que pueda ser un vehículo más perfecto para la transformación de la consciencia humana. Esto, a su vez, permite que la energía kundalini de la Serpiente de Luz sea empleada por la humanidad en un nivel más elevado. Todo está conectado. Poco tiempo después de aquella ceremonia, uno de los chamanes incas apareció ante nosotros y nos dijo que las tres señales se habían materializado. Entonces nos preguntó si queríamos ir con él para tomar parte en una ceremonia inca relacionada con el águila y el cóndor. Evidentemente accedimos. El chamán nos condujo por la falda de la montaña sobre la que está enclavada Machu Picchu hasta una cueva de cristal secreta, donde nos pidió que nos acercáramos más a él mientras celebraba la ceremonia. En un momento dado me encontré frente al chamán. El me entregó una pluma de cóndor y yo le di una pluma de águila. La pluma de águila representaba la consciencia de Norteamérica. Después de esta ceremonia se corrió la voz entre el mundo peruano indígena y más allá. Parecía que allá donde fuéramos, los chamanes peruanos, tanto hombres como mujeres, salían de la selva para pedirnos que tomáramos parte en sus ceremonias. Esto sucedió siete increíbles veces. Aunque estas ceremonias fueron importantes en sí mismas, pertenecen a los incas, por lo que voy a mantenerlas en secreto. Todas excepto una de ellas

lunes, 8 de septiembre de 2025

Serpiente de Luz Capítulo XVII: Palenque y el espectáculo de luz en Uxmal



Tras celebrar las dos ceremonias para la integración del Divino Masculino y el Divino Femenino, nos subimos al autobús dispuestos a realizar el largo viaje hasta Palenque, donde íbamos a pasar tres noches. Al día siguiente, aunque todavía quedaban otros lugares que visitar, debíamos llevar a cabo nuestra ceremonia final con cristales en la pirámide de Palenque. Durante el viaje, algunos de los integrantes del grupo expresaron su preocupación por la situación de nuestro próximo hotel, pues estaba en las afueras de la ciudad y para llegar a él había que pasar un puesto de control militar. Como ya habíamos podido comprobar, esto podría ocasionarnos un retraso de horas. Pero aparentemente el Espíritu Divino estaba con nosotros, porque no nos pararon y pudimos llegar puntuales al hotel. Era un complejo precioso, con edificios de poca altura rodeando una pradera cubierta de hierba y caminos bordeados de palmeras y arbustos en flor. Tal y como ya había sucedido muchas otras veces durante nuestra estancia en México, nos recibieron en el hotel con zumos de fruta y flores. A la mañana siguiente, después de un bello desayuno en el gran comedor del hotel, nos encaminamos hacia Palenque. El templo de Palenque En nuestra guía, Lionfire había escrito que Palenque, además de ser la capital del chakra pineal, es el lugar donde se cruzan las arterias activas y las líneas ley de la Serpiente Emplumada. Se trata de una ciudad muy elegante, en el límite de la selva de Peten, en el estado de Chiapas, una región enorme en el suroeste de Yucatán. Es muchas cosas: Registro Pleyadiano, escuela de misterio de geometría sagrada, uno de los principales centros arqueoastronómicos y el vórtice de iniciación terrestre de Occidente. Palenque integra la energía kundalini a lo largo de todos los chakras y los cuerpos espirituales de los iniciados, y por eso la Serpiente de Luz utiliza este recinto de templos para conducir la nueva energía kundalini desde Chile al pueblo maya, de forma parecida a como una lupa concentra la luz del sol. Por eso este templo poseía una gran importancia para todo lo que estábamos haciendo. Para mí, Palenque posee un misterio único entre los templos mayas. Con un equilibrio exquisito, concentra las energías del chakra pineal mejor que cualquier otro lugar sagrado de la Tierra. Me sentí honrado por estar de nuevo inmerso en aquel bello y antiguo mundo de tan profundo entendimiento psíquico. Una vez dentro, todos los miembros del grupo se fueron a explorar el enorme lugar, con su multitud de pirámides y plataformas de piedra, mientras yo intentaba encontrar el lugar donde Ken y yo habíamos colocado el primer cristal. Sólo después de saber dónde estaba enterrado aquel cristal podía determinar el punto adecuado para celebrar nuestra ceremonia. No fue fácil encontrar el lugar. Gran parte de lo que ahora podía ver había estado enterrado cuando visité Palenque por vez primera. Recordé que, dieciocho años atrás, Ken y yo habíamos colocado nuestro cristal entre una pirámide y una pequeña colina. Pero, como muy pronto comprobé, la «pequeña colina» había sido excavada. ¡Ahora era una pequeña pirámide! En cuanto me di cuenta de que allí era donde habíamos colocado el cristal, me dirigí hacia ella. Cuando llegué a la pequeña pirámide vi que uno de los miembros de nuestro grupo estaba sentado en la cumbre, por lo que subí a charlar con él. Al alcanzar el lugar en el que se encontraba, comprobé que estaba meditando, así que le dejé y me puse yo también a meditar. Al hacerlo pude ver que la energía que brotaba de aquella pirámide era extremadamente poderosa y salía en una espiral que se extendía a. lo largo de kilómetros. En ese momento comprendí, como no lo había hecho antes, por qué habíamos colocado el cristal en aquel punto. Estaba claro que había sido programado para utilizar el lugar como una antena para propagar su mensaje al mundo, y en especial al mundo maya. Cuando abrí los ojos, mi amigo abrió también los suyos. — ¿Sientes la energía que brota en espiral de esta pequeña pirámide? —me preguntó—. Me cuesta creer lo inmensa que es, y sin embargo nadie lo diría al verla. Un extraño visitante Para la ceremonia elegí un lugar alineado con aquella pequeña pirámide y el enorme vórtice, y otra pirámide cercana un poco mayor.

Cuando extendí el lienzo del altar, orientado en las cuatro direcciones, y coloqué un cristal en el centro, unos cuantos miembros del grupo comenzaron a congregarse a mí alrededor. Dejé a uno de ellos vigilando el altar para salir a buscar al resto de nuestros andariegos peregrinos, repartidos en pequeños grupos por todo el enorme lugar. Luego regresé y me senté bajo un árbol para esperar a que todo el mundo recibiera el mensaje. Estaba pensando en el cercano Templo de las Inscripciones, donde muchos creen que sobre una gran lápida funeraria aparece representado un astronauta maya. Yo estaba sentado cerca de la base de aquel templo, bajo un viejo árbol de sombra, recordando que Khan Kha era su arquitecto y pensando en lo mucho que se parece a su otra obra de arte de Chichén Itzá, cuando se me acercó una anciana. Había venido desde Sudamérica, me dijo, para participar en una ceremonia. No sabía quién era yo, pero creía que podría saber dónde iba a celebrarse aquella ceremonia. Sorprendido, señalé hacia el altar. Cuando ella se dio la vuelta para ir hacia allí, la paré y le pregunté por qué había venido desde tan lejos. —Soy chamán —me respondió—. Sé que esta ceremonia tiene una gran importancia. Se trata de una ceremonia conocida por toda América Central y del Sur. Hay mucha gente rezando para que se celebre. Le dije quién era yo, y se me acercó y me dio un largo y sentido abrazo. Me pidió permiso para participar en la ceremonia, permiso que, evidentemente, fue concedido. Yo no tenía ni idea de que nadie excepto Dios, nuestro grupo y unos cuantos ancianos mayas supieran lo que estábamos haciendo. Pero debía haberlo sabido, pues las noticias se trasladan de selva a selva como un cóndor en pleno vuelo. La ceremonia de luz La ceremonia comenzó como las demás. Pero al cabo de muy poco tiempo apareció un antiguo anciano maya del interior de la Madre Tierra y levantó las manos. Al hacerlo, una fuerte energía comenzó a elevarse desde la tierra. La energía siguió subiendo hasta que se convirtió en lo único que yo era capaz de sentir. Esta energía me rodeaba por todas partes y estaba también en mi interior. Y lo único que yo podía ver era luz blanca. Sé que algo debía estar sucediendo en el mundo tridimensional, pero no soy capaz de describir el resto de la ceremonia en esos términos. Ni siquiera sé el tiempo que duró. No sé nada, aparte de aquella sorprendente energía de luz blanca. ¡Tampoco puedo decirte cuál era su propósito fundamental! Quizá fue mi falta de experiencia en esos niveles lo que me impidió ver el conjunto. Pero lo que me quedó fue la sensación de que aquella ceremonia había sido planeada hacía más de mil años, y que una vez llevada a cabo la vida iba a ser mejor para los mayas y para el mundo. A pesar de lo poco que comprendí de todo lo que estaba ocurriendo, me levanté del suelo con el corazón inmensamente feliz. Había amor en los ojos de la gente. Supe que, fuera lo que fuese lo que había sucedido, había sido «correcto». Y también supe que antes de que aquel viaje terminara, nuestro pequeño grupo iba a comprobar lo mucho que la Madre Tierra y los mayas apreciaban nuestro amor y nuestro apoyo. Cómo sucedería, era un misterio, pero yo supe que así iba a ser. Me alejé de la ceremonia de Palenque meditando profundamente y con la mano sobre el corazón. El descenso a la tumba de Pacal Mientras tanto, algunos de nosotros habíamos recibido el privilegio, reservado habitualmente para los indígenas mayas, de ver la antigua tumba de Pacal, el rey del siglo VIII. Era importante que los miembros de nuestro grupo lo aprovecharan, pues poco tiempo después la tumba de Pacal iba a ser cerrada para siempre. Pacal fue el último de los grandes reyes mayas y era considerado un dios. Los mayas creían que, después de su muerte, cuando hubiera sido colocado en el sarcófago que él mismo había diseñado y cubierto de jade, Pacal ascendería a la divinidad, trascendiendo la muerte y renaciendo en el panteón maya.

Como sólo podían entrar unos pocos, yo me quedé atrás, pues ya la había visitado hacía mucho tiempo, y en aquella ocasión pude permanecer en ella todo el tiempo que quise. He aquí una descripción de la tumba de Pacal de una persona que estuvo allí en este viaje. No discute las increíbles imágenes de la superficie de la lápida de este rey maya, pero hay al menos un libro escrito sobre ellas. Son enormemente misteriosas y están repletas de conocimientos sagrados. Te sugiero que las estudies. La entrada a la tumba de Pacal se realizaba por una escalera de piedra que descendía a las profundidades del Templo de las Inscripciones. Para llegar a aquella escalera había primero que subir hasta la cumbre de la pirámide. Un funcionario comprobó cuidadosamente nuestra autorización y nos contó, para asegurarse de que sólo entraba el número de personas especificado. En la entrada de la escalera central fuimos recibidos por un anciano maya que, según nos dijo Lionfire, era ya el guardián de la tumba mucho antes de que México comenzara a proteger los yacimientos mayas. El gobierno creía, evidentemente, que aquel hombre era empleado suyo, pero en verdad había estado montando guardia allí durante la mayor parte de su vida y servía sólo a los dioses. Para llegar a la tumba tuvimos que descender con cuidado por la escalera interior, oscura, estrecha y empinada; bajando, bajando, bajando, hasta el nivel del suelo y más aún. Los escalones habían sido fabricados de mármol rosa y estaban muy pulidos por los cientos de miles de pies devotos que han pisado sobre ellos durante los doce siglos que han transcurrido desde la muerte de Pacal. El sarcófago se encontraba en una pequeña habitación, protegido por una reja de hierro. Nos sentamos en el hueco de la escalera, unos pocos cada vez, pues el espacio era diminuto, en comunión respetuosa y juguetona con aquel gran rey. La santidad de la tumba de Pacal era palpable. Luego, con un sentimiento de gratitud y de enorme paz, volvimos a trepar por la empinada y oscura escalera hasta alcanzar la luz del día.

Bailando en el sueño Antes de contarte nuestra siguiente experiencia aparentemente milagrosa, necesito decirte algo acerca del yacimiento maya conocido como Tikal. Para todos los mayas, Tikal representa el octavo chakra, el situado a un palmo de la cabeza. Este chakra contiene nuestra conexión mística con Todo Lo Que Es y supone la apertura a los niveles superiores de consciencia. Ken y yo habíamos colocado allí un cristal, y yo sentía que la energía de este lugar era mayor que la de cualquier otro de los sitios mayas que había visitado, mayor incluso que la de Palenque. Pero Tikal está en Guatemala, y nuestro grupo no podía ir allí. Sin embargo, el Espíritu nos proporcionó a Nadia y a Adam, dos bellos seres que vivían en Guatemala y que, como la dama de Sudamérica, se habían sentido llamados para estar con nosotros en nuestra ceremonia sagrada. Aunque no se habían apuntado al viaje, Adam y Nadia formaban parte de nuestro grupo. Y supieron, en el momento en que se lo pedí, que era tarea suya colocar el último cristal en Tikal, aquel que iba a transmitir nuestras intenciones y plegarias a ese último templo. Lo extraño era que llevábamos un par de días sin verlos. Entonces aparecieron en la ceremonia de Palenque y descubrimos por qué se habían ido. Habían vuelto a Guatemala para poder traernos a un grupo de músicos cuyas melodías eran tanto un rito sagrado como un entretenimiento. Este grupo se denominaba Kan Nal e iba a tocar aquella noche para nosotros bajo las estrellas. Nos reunimos en el exterior después de la cena, en un lugar del hotel que había sido reservado para nuestro grupo. Cuando se encendieron las antorchas, comenzó la música, lentamente, con suavidad, un instrumento rústico haciendo una llamada, otro uniéndosele, el toc-toc de un tambor de madera, el trino hechicero de una flauta, el grito ocasional de un pájaro de la selva. Cuando la música creció en volumen y complejidad, una sacerdotisa nos entregó hojas de plataneras. Sobre ellas había colocado mazorcas de maíz, cristales y otros objetos naturales sagrados para los mayas. Cuando a cada uno le pareció el momento adecuado, lo llevó como sacrificio para el fuego. La música adquirió un ritmo hipnótico y uno de los integrantes de nuestro grupo, uno de los muchos chamanes de gran talento que se encontraban entre nosotros, tomó algunas de las antorchas encendidas y comenzó una danza del fuego, moviéndose al compás de la música, girando las antorchas como si fueran bastones. Todos comenzamos a movernos sobre la «pista de baile» de grava, meciéndonos en éxtasis con los sonidos mágicos y orgánicos de Kan Nal. El baile se prolongó hasta altas horas de la noche. Me dijeron que yo había bailado descalzo durante una hora sobre la grava. Supongo que así fue, ¡pero lo mismo podía haber estado haciéndolo sobre nubes! Necesitábamos aquella celebración. Y nos fue dada. Todo en el momento perfecto. Todos estamos en el mismo barco Al día siguiente nos encaminamos hacia el sudeste, hasta la frontera con Guatemala. Aquella misma noche debíamos regresar a nuestro hotel en Palenque. Durante el viaje visitamos Bonampak, un lugar en el que pueden contemplar unos asombrosos murales antiguos que describen la vida maya y sus ceremonias con gran detalle. Pero nuestro destino principal era el Templo del Jaguar de Yaxchilán. Se trata de un fantástico templo construido a ambos lados de un río. Uno de los lados pertenece a México y el otro a Guatemala. Los mexicanos han excavado su lado del yacimiento, pero los guatemaltecos no han permitido que nadie toque el suyo. Acudimos allí sabiendo que estaba previsto construir una presa en el río junto al cual están enclavados aquellos templos, y que muy pronto este lugar precioso, y todos los demás situados a lo largo de las orillas, iba a desaparecer para siempre bajo las aguas. La seña final El último día de nuestro viaje maya íbamos a visitar Uxmal una vez más. Necesitábamos estar allí a una hora concreta para poder asistir al espectáculo de luz que se representa cada noche. Así era como queríamos terminar el viaje. Se suponía que iba a ser una representación muy bella, y Uxmal se encontraba de camino hacia Mérida, completando el enorme círculo de templos que habíamos estado visitando. Pero entre el grupo se extendió una protesta: — ¿Por qué tenemos que terminar nuestro viaje con una exposición artificial, tecnológica, para turistas? Les parecía una idea estúpida. Yo no era capaz de responder a su pregunta, sólo sabía que «debíamos» ver el espectáculo de luz de Uxmal y que era realmente importante que estuviéramos allí. Así que, a pesar de la rebelión, continuamos. En Uxmal hay restaurantes y tiendas, y no se permite a nadie visitar las pirámides hasta que concluye el espectáculo de luz, por lo que esperamos, compramos y tomamos un bocado. Todo el mundo seguía preguntándose por qué teníamos que terminar nuestro increíble viaje con un espectaculillo de tres al cuarto en Uxmal. En el momento exacto en que debía dar comienzo la representación, y mientras todos estábamos esperando..., comenzó. Primero una ligera llovizna, luego el cielo se abrió a una lluvia torrencial que enseguida se convirtió en un diluvio. Durante dos horas los relámpagos cruzaron el cielo y los truenos restallaron a nuestro alrededor. Era una tormenta muy fuerte. La Madre Tierra había decidido hacer su propio espectáculo de luz allí donde pudiéramos observarlo a cubierto en el complejo urbanístico de Uxmal. Habíamos llegado a Yucatán en mitad de una larguísima sequía. Ya habíamos visto la lluvia, la pequeña tormenta que se había desatado en el Caribe tras Tulum y un ligero chubasco mientras nos dirigíamos hacia el sur, pero no se había parecido a esto ni de lejos. El dios maya Chac nos estaba homenajeando y, desde nuestro punto de vista, nos estaba diciendo que nuestro trabajo ceremonial era aceptado en el mundo maya. Todavía puedo vernos, calados hasta los huesos por el azote de la lluvia que se colaba por el techo, sabiendo todos por fin por qué estábamos en Uxmal, riendo, bailando y abrazándonos unos a otros con las caras bañadas en lágrimas de alegría mientras observábamos y escuchábamos nuestro propio espectáculo de luz personal ofrecido por la Madre Tierra y el Padre Cielo. Al entrar en Mérida camino del hotel, las calles tenían treinta centímetros de agua y nuestro autobús parecía un barco en la noche, con olas que se abrían en la proa, arribando a casa tras un largo viaje por mar. Nuestros corazones estaban abiertos de par en par y una vez más éramos Un Solo Corazón, y las redes que rodean la Tierra estaban más cerca del equilibrio perfecto.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Serpiente de Luz Capitulo XVI Kohunlich y el Tercer ojo



Cuando el grupo llegó a Kohunlich, los recuerdos que tenía de mi anterior viaje con Ken estaban vivos en mi mente. Las preguntas se atropellaban. ¿Estaría igual? ¿Estarían allí todavía la escalera y el agujero triangular? Aún no había relatado al grupo lo sucedido entonces. Comenzamos caminando hasta la pirámide principal, la que tenía los enormes rostros humanos sobre sus paredes. En aquel momento estábamos sólo haciendo turismo, explorando y sintiendo las energías de aquel lugar sagrado. Entonces les conté a todos la historia del extraño agujero y el árbol con el otro agujerito pequeño delante. Finalmente, nos pusimos a buscar la escalera de mármol. Pero Kohunlich había cambiado. Yo había esperado encontrar la pirámide en la que había colocado el cristal con Ken años atrás y rememorar aquellos recuerdos, pero no iba a ser así. Ahora el lugar estaba surcado de caminos, que se extendían muchos kilómetros a la redonda, con mapas en diversos sitios. Seguimos los caminos durante un rato, yendo en una dirección, volviendo y probando otro nuevo, pero no éramos capaces de encontrar la pirámide especial ni el agujerito frente a ella en el que yo había depositado el cristal hacía ya tantos años. Finalmente llegamos a una ancha y antigua escalera de piedra construida sobre una colina bastante empinada. No se parecía en nada a la de mármol que Ken y yo habíamos encontrado, pero el lugar me llamaba. Todos nos sentimos empujados hacia lo que pudiera haber en su parte superior. Cuando llegamos arriba, pude comprobar que en lugar de tratarse de una pirámide o de un edificio sagrado, aquella zona había sido en realidad una residencia de los antiguos mayas. Había diminutas habitaciones por todas partes, organizadas de una forma muy bella, y patios abiertos donde las personas podían congregarse. Y parecía el lugar perfecto para lo que habíamos ido a hacer. Así que abandoné la idea de la pirámide y el agujero triangular y encontramos el lugar perfecto bajo unos árboles, que nos aportaban sombra contra el sol abrasador. Extendimos un «lienzo del sol» sobre el suelo, elegimos un punto central y nuestro altar comenzó a formarse a medida que las personas le fueron colocando cristales y objetos sagrados. El grupo se reunió en círculo alrededor del altar y de nuevo cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, fueron elegidos para sellar las cuatro direcciones. Tal y como había sucedido en Tulum, el sumo sacerdote maya apareció desde el interior de la Tierra frente a mí, elevó los brazos hacia el cielo y colocó a cuatro de sus propias gentes detrás de nuestros guardianes de las cuatro direcciones. Pero a continuación, muchísimos mayas comenzaron a surgir del suelo, formando un círculo ligeramente mayor que el nuestro. Al principio sólo sus cabezas sobresalían del suelo, dibujando una espiral alrededor del círculo. Después, lentamente, mientras seguían formando el círculo, sus cuerpos empezaron a emerger de la Madre Tierra. Finalmente, los mayas estuvieron sobre la superficie en nuestro mundo. Habían asignado a uno de ellos para que permaneciera con cada uno de los integrantes de nuestro grupo durante toda la ceremonia. Estaban vestidos con túnicas de vivos colores y plumas en el pelo, y habían dibujado formas geométricas sobre sus rostros. Su energía era eléctrica. Pude sentir que aquella ceremonia era algo que habían predicho hacía mucho tiempo y que poseía para ellos una gran importancia. Estaban muy serios. El desarrollo de la ceremonia fue muy diferente al de Tulum. Allí se habían creado muchas pirámides de energía cubriendo una gran distancia para devolver el equilibrio a la Tierra y traer las lluvias. En esta ocasión se creó una sola, pero inmensa. Su propósito, según me comunicó el jefe de forma telepática, estaba relacionado con el despertar psíquico de los mayas. No soy capaz de comprender realmente todo lo que transpiraban aquellos antiguos mayas durante la ceremonia. Lo que sí sé es que mi corazón se sentía cada vez más ligero. Lionfire dice que los mayas que estuvieron en Kohunlich se llevaron con ellos, al irse, toda la energía negativa con la que habíamos estado luchando en nuestro grupo hasta entonces y la habían enterrado en las profundidades de la Madre Tierra. Fuera lo que fuese lo que sucedió, lo cierto es que nos hizo a todos muy felices. Recuerdo que miré hacia arriba, nada más terminada la ceremonia, y observé que todos y cada uno de nosotros estábamos sonriendo y llenos de luz. Lo que sucedió entonces fue un reflejo de lo anterior; puede que Lionfire tenga razón acerca del efecto de limpieza. Las personas comenzaron a abrazarse unas a otras y a jugar. Flotaba en el aire una tremenda sensación de bienestar entre todos nosotros. Al mirar, me di cuenta de lo perfecto que era que estuviéramos haciendo aquello en las mismas viviendas de los antiguos mayas, en sus hogares. Pero tenía claro que, aunque los mayas habían ayudado a eliminar la energía negativa de nuestro grupo, todavía no habíamos alcanzado la parte más profunda de nuestro cuerpo psíquico y emocional: nuestros trastornos sexuales. Resolver aquello era algo que debíamos hacer nosotros. Y era algo que requería un profundo perdón. Al día siguiente, con aquella luz recién encontrada, volveríamos a acometer un difícil trabajo interior. Ese día, sin embargo, nuestro trabajo estaba terminado. Con alegría nos dirigimos de vuelta al autobús. Sí, yo seguía buscando la pirámide con la escalera de mármol y el agujero triangular. Pero de algún modo, sabía que no iba a encontrarla. Era algo que debía permanecer en secreto. Los templos del perdón El siguiente día de nuestro viaje a Yucatán fue único para mí. Nunca había visto los templos a los que íbamos a ir. Aquellos templos representaban el lado oscuro de las energías masculina y femenina. Allí debíamos realizar dos increíbles ceremonias o procesos para eliminar para siempre de nuestro ser las polaridades masculino-femeninas, dejándonos libres, con toda nuestra fuerza divina. Nuestro propósito al visitar aquellos lugares estaba totalmente relacionado con el Ahora, con el Fin de los Tiempos, como lo denominan los mayas, y con las correcciones que debían hacerse en nuestra consciencia de la polaridad para que pudiéramos pasar a un nivel superior de consciencia. Aquello debía completarse o no podríamos seguir avanzando. Ese estado equilibrado no iba a durar para siempre, pues cada vez que respiramos y actuamos creamos más karma, pero sí lo suficiente como para permitirnos terminar nuestro trabajo. Antes de aquel viaje a las tierras mayas, no sospechábamos que ese tipo de terapia equilibradora ceremonial fuera a formar parte de nuestra experiencia. Sencillamente se fue desplegando ante nuestros ojos y nuestros corazones. Aquella fase de nuestro sagrado viaje a tierras mayas parecía un patrón para la preparación que todos estamos llevando a cabo en la Tierra. En los dos días de viaje entre Tulum y Palenque, todo el grupo pasó por una serie cohesionada de experiencias y ceremonias que parecían haber sido específicamente diseñadas por los mayas para acelerar nuestra salida de la polaridad y nuestra entrada en la Unidad, tanto si queríamos como si no. La preparación: comenzamos en Becán Al salir aquella mañana del hotel, ninguno de los miembros del grupo, a excepción quizá de Lionfire, sabíamos el cambio tan total que aquel día iba a suponer para las vidas de muchos de nosotros. Había sido él quien había elegido aquellos tres templos, y él era el único de todo el grupo que parecía tener una premonición de lo que nos iba a acontecer. Lionfire había estado profundamente conectado con los enormes acontecimientos energéticos relacionados con el lado oscuro de las energías masculino-femenino que le estaban sucediendo a nuestro grupo. Él lleva en su propio ser chamánico una manifestación energética de las energías duales, una especie de kachina, que es oscuridad absoluta por un lado y luz total por el otro. Forma parte de su viaje en esta vida el armonizar y equilibrar estos dos lados, y su presencia ayudó a combinar esta energía en nuestro grupo con el lugar donde los aspectos negativos pudieran ser eliminados. Nuestro comienzo en Becán tenía en sí mismo el espíritu de diversión y juego. Era una perfecta preparación para las ceremonias que llevaríamos a cabo más adelante. Becán fue la capital regional del antiguo imperio maya; fue construida alrededor del año 600 a.C., pero su momento de mayor actividad tuvo lugar entre los años 600 y 1000 d.C. Es uno de los yacimientos arquitectónicos más importantes de Campeche.

Esta antigua ciudad está rodeada por un foso, único en la región maya. De hecho, la palabra becan significa «garganta formada por el agua». Algunas personas creen que este foso servía como protección en caso de guerra. En opinión de otros, representaba una división de clases sociales: la élite construyó sus monumentales estructuras dentro de la zona rodeada por el foso y las clases inferiores vivían en el exterior. Un túnel en superficie, construido de piedra, une las dos plazas principales de la antigua ciudad, y en un punto se pueden ver sorprendentes máscaras pintadas. En uno de los altares pudimos «sentir» que había sido usado para sacrificios humanos. No sé si eso era cierto o no, pero sí es verdad que la cultura maya fue descarriada en un momento dado hacia estas horribles prácticas. Para nosotros, Becán constituía el templo para la integración del hombre con la mujer, un lugar de equilibrio. En palabras de Lionfire: Mientras muchos de nosotros charlábamos con Drunvalo en el altar de la integración de lo masculino con lo femenino, otros se fueron a jugar y bailar con las pirámides. Anteriormente, en Coba, yo había explicado cómo cada pirámide es como un instrumento musical y debe ser «tocada» de diferentes formas, dependiendo de cómo la «bailes». Cuando nos alejamos del altar y paseamos por los patios, vi con gran asombro que la mayor parte del grupo estaba bailando por encima, por debajo, alrededor y sobre las pirámides. ¡Qué alegría! Aquello era exactamente lo que necesitábamos: la diversión, al niño. Ésa era la preparación. El grupo había superado el miedo. Sobre la acrópolis de Becán podíamos ver con claridad en la distancia los templos de Xpuhil y Chicanná, los lugares en los que íbamos a efectuar ceremonias para honrar la unión de las energías masculina y femenina en nuestro interior. Xpuhil: la ceremonia de la integración masculina Desde Becán recorrimos el corto trayecto a Xpuhil. Allí fuimos caminando deprisa por un sendero rocoso a través de un bosque hasta que llegamos a un lugar cubierto de hierba, junto al templo de las tres torres, donde íbamos a llevar a cabo nuestra ceremonia. Xpuhil significa el «lugar de los juncos cola de gato». Sus asombrosas torres representan a Itzamna, el Dios Creador y primer chamán, como una serpiente celestial. El edificio principal de Xpuhil tiene doce habitaciones y plataformas, con tres enormes torres que se elevan hacia el cielo. En el centro hay un hueco rodeado por la cabeza de una serpiente. Este complejo integra energías masculinas bajas, medias y altas, centradas en el sexo cósmico y en el amor. Tanto la ceremonia de integración de la energía masculina que íbamos a llevar a cabo en aquel templo como la ceremonia de integración de la energía femenina que debíamos celebrar más tarde eran algo que yo no había experimentado jamás. No sabía cómo iban a funcionar ni lo que iba a suceder. Sencillamente me estaba permitiendo a mí mismo sentir lo que debía hacer y así lo dije, sin ideas preconcebidas. En primer lugar, encontré un punto en un prado frente al templo de Xpuhil y luego pedí a todos los hombres que se reunieran en grupo y se sentaran sobre la hierba, mientras las mujeres formaban de pie un círculo alrededor de ellos. Las mujeres se cogieron de las manos y establecieron la energía del grupo. Entonces me sentí guiado para construir formas de geometría sagrada alrededor de los hombres, concretamente el octaedro platónico con luz dorada; la punta estaba conectada con el Padre Cielo, la mitad inferior completamente introducida en la Madre Tierra y la punta inferior conectada energéticamente con la propia Madre Tierra. Yo sentía que aquellas formas adquirían vida con prana, la energía de la fuerza de la vida. Pedí a los hombres que liberaran toda la parte negativa de su energía masculina hacia esos dos polos y que visualizaran aquella energía abandonando sus cuerpos mentales, emocionales y físicos, y fluyendo como agua por aquellas dos puntas. Las energías mentales debían subir y ser liberadas hacia el Padre Cielo. Las energías más físicas y emocionales bajarían hasta las profundidades de la Madre Tierra. Y para que lo sepas, esta energía negativa no constituye ningún problema para nuestra Madre y nuestro Padre Divinos. Sencillamente la reequilibran y la vuelven a usar para la Vida. Me quedé en silencio y dejé que empezara.

Aquel día hacía mucho calor en Xpuhil y estábamos al sol. Antes de la ceremonia éramos muy conscientes de la temperatura, y después de ella volvió a asaltarnos con su presencia casi tangible. Pero mientras la ceremonia estaba teniendo lugar, no creo que ni uno solo de los miembros de nuestro grupo se diera cuenta de nada que no fueran las energías espirituales que estábamos moviendo y cambiando. Todos podíamos sentir lo que estaba ocurriendo mientras los hombres soltaban los aspectos masculinos negativos de toda nuestra historia, representados en sus propios cuerpos y campos de energía aquí y ahora. El principio fue lento, pero a medida que los hombres fueron dándose cuenta de lo que les estaba ocurriendo, la liberación fue haciéndose más fácil y rápida. Yo puedo ver esos tipos de energías en movimiento, y lo que contemplé resultó al mismo tiempo precioso y escalofriante. De los hombres salían en espiral dibujos de energía fundamentalmente rojos, negros y de un color verde amarillento, pero en realidad todo estaba sucediendo al mismo tiempo. Pude ver reflejado en sus rostros el dolor que les producía desprenderse de algo a lo que llevaban aferrándose miles de años, una vida tras otra; una energía que había estado afectando seriamente a sus propias relaciones con sus mujeres, con sus hijas y con sus amigas en aspectos que no eran capaces de controlar, todo antiguo y más allá de su pensamiento consciente. Todas las violaciones, y los asesinatos, y la violencia, y el dolor que el hombre colectivo ha infligido a mujeres y niños inocentes fueron revelados y trasladados a los corazones de nuestros Padres Divinos, que con su divina compasión estaban sanando las almas de aquellos hombres. En un momento dado se produjo un cambio. Casi pudimos escuchar una especie de suspiro colectivo brotando del grupo al unísono. Y muy poco después todo quedó hecho. Me gustaría decir que aquél fue el grupo de hombres más fuerte de todos aquellos con los que he estado. Había una proporción de hombres mayor de lo habitual, y ellos mismos eran extremadamente poderosos, pues muchos eran chamanes de alto nivel y sanadores por derecho propio. Debido a su nivel espiritual, aquellos increíbles hombres estaban extremadamente abiertos. No sólo tenían la intuición, sino también la capacidad de hacer lo que yo les pedía. Cuando dije: «Hemos terminado», la mayoría de ellos, sentados en el centro del círculo de las mujeres, estaban llorando. Pedí a las mujeres que abrazaran a los hombres, y aquellos abrazos duraron mucho tiempo. Los hombres iban de una mujer a otra, con lágrimas en los ojos, abrazando. Dando silenciosamente las gracias a la Mujer por el amor que ella sigue manteniendo, a pesar del abismo que ha existido entre los sexos a lo largo de tantos milenios. Pidiendo perdón en silencio. Permitiéndose a sí mismos sentirse vulnerables. Permitiéndose a sí mismos ser alimentados. Abandonando el núcleo de rigidez y soledad que ha constituido la carga masculina a lo largo de los siglos. Todos hablamos del sentimiento que aquella liberación había producido no sólo en nosotros, sino también en toda la Tierra. De una forma u otra habíamos creado un camino para que los demás lo pudieran seguir, en un proceso que iba a continuar creciendo durante los siguientes días, meses y años hasta que la integración estuviera realmente completa para toda la humanidad. De vuelta al autobús, todos estábamos muy callados. Nadie podría haber predicho lo poderosa que iba a ser aquella ceremonia de integración. Y todo el mundo pareció saber que llegar a aquella experiencia había sido una de las principales misiones de esta vida. Cada uno de nosotros pertenecíamos allí. Todos éramos únicos y preciosos y necesarios para el conjunto. En esta atmósfera de silenciosa Unidad, nos dirigimos hasta los templos de Chicanná, sin sospechar ni por lo más remoto la explosión que nos aguardaba. Chicanná: la ceremonia de la integración femenina Teníamos el tiempo muy ajustado, pues debíamos llegar a Palenque aquella misma noche. Sintiendo todavía la emoción de la ceremonia de Xpuhil, caminamos por los senderos rocosos y cubiertos de hojas de Chicanná en busca de un lugar donde celebrar nuestra siguiente ceremonia. Hacía aún más calor, así que buscamos una sombra.

Lionfire nos contó que Chicanná era muy diferente a los demás yacimientos mayas, pues su estilo arquitectónico era elaborado, barroco. Como pudimos observar, los edificios son pequeños, con puertas en las que aparece la boca de Itzamná, pero esta vez con la forma de un monstruo de la Tierra cuyas fauces abiertas representan la entrada a Xibalbá, el inframundo maya. Se dice que a menudo los iniciados sienten aquí los cambios dimensionales y la sensación de estar caminando entre las estrellas. Es un lugar de intensa magia oscura femenina. Chicanná equilibra e integra las energías femeninas y masculinas en las mujeres. Aquí era donde íbamos a celebrar la ceremonia de integración de la energía femenina. Llegamos a una pequeña pirámide con un patio frente a ella y una pared de piedra baja, semicircular, cerca del límite del bosque. De ahí que los árboles le dieran sombra. Pedí a las mujeres que se congregaran en una zona a lo largo de la pared y frente a ella, y que se sentaran cómodamente formando un semicírculo. A continuación, indiqué a los hombres que se colocaran de pie frente a las mujeres en línea recta, de un extremo de la pared al otro. Habíamos formado un cuenco largo, poco profundo y con tapadera, con las mujeres en su interior y los hombres representando la tapadera. Los hombres se cogieron de las manos y sellamos la energía del espacio. Yo construí los mismos octaedros platónicos de geometría sagrada, pero esta vez con una suave luz rosa alrededor de las mujeres para que ellas también pudieran liberar sus energías hacia arriba, hacia el Padre Cielo, y hacia abajo, al corazón de la Madre Tierra. Y entonces comencé a hablar. No sabía lo que iba a decir. Al principio mis indicaciones para las mujeres fueron muy similares a las que había dado a los hombres. Y entonces se me ocurrió pedir a las mujeres que emplearan esta oportunidad para liberarse de todas las cosas innombrables que se les han hecho a las mujeres a lo largo de siglos de civilización, que la aprovecharan para liberarse y perdonar. Cuando pronuncié estas palabras, muchas mujeres me miraron boquiabiertas. Algo cambió en nuestro campo de energía, como si se hubiera abierto una especie de grieta en el cuenco humano que habíamos formado. A continuación, me quedé en silencio y dejé que el proceso comenzara. Lo que sucedió fue bastante diferente de lo que había pasado con los hombres. Las mujeres estaban intentando permitirse a sí mismas entrar en contacto con el dolor y el horror que nunca antes habían sido capaces de afrontar o sentir. Una a una fueron entrando en la realidad de lo que la vida había sido para ellas en las épocas en las que habían sido tratadas como objetos o aún peor. Mucho peor. Las mujeres necesitaban ayuda para continuar. Intervine y pedí a los hombres que se acercaran a ellas, que les acariciaran la cara, las miraran a los ojos y les ofrecieran la ternura, el amor y la comprensión que necesitaban en aquel momento. Me uní a los hombres y fuimos de una mujer a otra, consolándolas, ayudándolas a atravesar los enormes asaltos de dolor y pesar emocionales que estaban experimentando e intentando liberar. Aquello duró mucho tiempo. Las mujeres chillaban, sollozaban, con un pesar profundo que les partía el alma y al que nunca antes habían sido capaces de enfrentarse. Y los hombres las sostenían, las consolaban, las amaban. Un par de mujeres se colocaron en posición fetal y fueron sostenidas y consoladas con increíble ternura, como si fueran niñas pequeñas. Una mujer me contó más tarde que había pasado los primeros diez minutos del proceso con ganas de vomitar. Según me confió, aquello era una experiencia nueva para ella. Nunca había sido capaz de comprender por qué los personajes de los libros hablaban acerca de sensaciones nauseabundas a la vista de profanaciones del cuerpo humano, pero que en aquel momento se dio cuenta de que su falta de comprensión había sido debida a que ella nunca había sido capaz de «ir allí» con anterioridad. En aquel día, y con el admirable apoyo de los demás (las mujeres, que habían tenido el valor de entrar en contacto las primeras con sus verdaderos sentimientos, y los hombres del grupo, que acababan de adquirir su propia fortaleza), por fin se había permitido a sí misma afrontar y experimentar unos sentimientos que había apartado a un lado una vida tras otra. Cuando por fin se efectuó el pleno contacto emocional, sintió que se doblaba, sobrecogida. Y entonces, con el consuelo que recibió de los hombres, el dolor fue eliminado y se sintió completa; por primera vez en miles de años.

En conclusión En silencio y con los ojos enrojecidos por el llanto, emocional-mente exhaustos, nos encaminamos hacia nuestro querido autobús y pusimos rumbo hacia el suroeste, a Palenque y la ceremonia final que iba a celebrar nuestro grupo por la espiral de templos que Thoth me había entregado. Tengo la sensación de que la integración que realizamos aquel día todavía está teniendo lugar. Siento que continúa nuestra aquiescencia a la plena experiencia de las energías masculinas y femeninas, la liberación de toda la ira, el miedo y el odio. Pero en verdad creo que aquel día en Campeche creamos un sendero para que los demás pudieran seguirlo, un camino que conduce a una nueva forma de ser para los hombres y las mujeres sobre la Madre Tierra.

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