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viernes, 26 de septiembre de 2025

Serpiente de Luz Capitulo XX: La Isla de la Luna y la isla del Sol



¡Desde luego, la vida es asombrosa! Lo que sucedió en aquella pequeña islita situada en mitad del lago Titicaca no podría haber sido planeado jamás, pues fue algo perfectamente cronometrado y ejecutado con la precisión del bisturí de un cirujano. Nosotros fuimos meros testigos. Nuestro gran pájaro de plata había aterrizado en La Paz (Bolivia), y lentamente recorrimos el camino hasta un pueblo con sabor europeo llamado Copacabana, a orillas del lago Titicaca. La isla del Sol, donde yo sabía que debía tener lugar nuestra segunda ceremonia, estaba cerca, pero Diane había organizado que fuéramos primero a la isla de la Luna. Aquello me pareció lógico, dado que la separación entre ambas es de seis o siete kilómetros. Yo no esperaba que fuera a suceder nada especial en la isla de la Luna, aunque sabía que había allí un lugar sagrado denominado Templo de las Sacerdotisas. Se dice que es uno de los centros de energía femenina más poderosos de la Tierra y se nos había pedido que participáramos en una ceremonia nativa llamada Ofrenda a la Madre. A pesar de todo, mis pensamientos estaban centrados en la ceremonia que yo sabía que iba a tener lugar en la isla del Sol. Fuimos recibidos por la mujer más anciana de la isla, la Abuela Mamani, que dispuso que su ceremonia se celebrara en una casita al borde de un acantilado sobre aquel increíble lago que más parece un mar. En la única habitación de la casa sólo había espacio para un número muy reducido de personas al mismo tiempo, por lo que la mayoría de nosotros nos quedamos fuera, esperando y entrando por turnos en el espacio ceremonial. Nos explicó que la razón de que lo estuviera haciendo en un espacio cerrado era porque tenía miedo de lo que pudieran pensar los demás ancianos si supieran que ella estaba realizando una ceremonia tan sagrada con personas que no eran nativas. Fue una ceremonia larga, de más de dos horas, y yo no comprendí su propósito hasta justo antes de que nos fuéramos, cuando ella me lo dijo. ¡Era una ceremonia que se celebraba sólo cada trece mil años para transferir el poder del hombre a la mujer! La verdad del momento era que allí estábamos, en la isla de la Luna, la isla femenina, transfiriendo el poder del hombre a la mujer, e inmediatamente después íbamos a llevar a cabo la misma ceremonia en la isla del Sol, la isla masculina. ¡Dios mío! ¡Pachamama está viva! Cuando nuestro pequeño grupo de barcas nos condujo a la isla del Sol, recordé a la mujer peruana de la isla de Kauai que recibió el cristal esquelético del hombre polinesio que había guardado la Tierra durante los trece mil años anteriores. Cuando ella abandonó la ceremonia tetradimensional, acudió allí, al lago Titicaca, y colocó el cristal en un punto equidistante entre la isla de la Luna y la isla del Sol, a gran profundidad bajo el agua. Y allí, justo enfrente de nosotros, estaba el rayo de luz ultravioleta saliendo del lago. Sin decir una palabra al barquero, pasamos directamente a través de este rayo, y una vez más me di cuenta de la verdad de la Consciencia Universal. Todo está vivo. Todo es consciente. Los accidentes no existen. Estamos viviendo el despliegue del ADN cósmico que lentamente revela las intenciones del Gran Espíritu. No debemos hacer más que ser conscientes del momento. El barquero me devolvió a la realidad, diciendo: — ¿Dónde desean desembarcar en la isla? No había pensado en ello, por lo que respondí: — ¿Dónde está todo el mundo? Él señaló el lado derecho de la isla. Le grité: —Muy bien, entonces vaya al lado izquierdo. Rodeamos una enorme roca en el agua que técnicamente podía considerarse una isla. No había casas ni signos de vida por ningún lado. — ¡Allí! —le dije, señalando un puntiagudo saliente de roca. Nuestras cinco barcas se acercaron lentamente a tierra y encontramos una forma de anclarlas a las rocas. Cuando desembarcamos con cuidado, vimos unos escalones fabricados por el hombre que surgían del agua y ascendían por la falda de la colina. Seguimos la escalera para ver dónde conducía. En la parte superior encontramos una zona circular, llana, que ofrecía una vista sobrecogedora del lago. No había señales de personas ni de actividad humana que pudieran interferir con lo que íbamos a hacer. Parecía el lugar perfecto para realizar nuestra segunda ceremonia, por lo que sin darle más vueltas, nos preparamos. Cuando estábamos a punto de empezar, dos muchachas de unos veinte años aparecieron de la nada y se acercaron a nosotros. —Yo soy inglesa y mi amiga, escocesa —dijo una de ellas—. Y hemos sabido en nuestras meditaciones que ibais a llevar a cabo esta ceremonia hoy en esta isla. Hemos hecho todo el camino para estar aquí. ¿Nos permitís que nos unamos a vuestro grupo? ¿Qué podía decir yo? Ni siquiera había sabido dónde iba a tener lugar esta ceremonia hasta unos treinta minutos antes. La isla del Sol era un lugar grande. ¿Cómo podían habernos encontrado con tanta precisión? Me imaginé que alguien que hubiera hecho lo que ellas acababan de hacer debía estar allí. —Por favor, colocaros en el círculo de las mujeres —les dije. Las cuatro abuelas más ancianas fueron elegidas para sentarse en las cuatro direcciones, con la mayor de todas ellas hacia el este. El resto de las mujeres debían sentarse alrededor de ellas, circundando el altar. A su alrededor, los hombres formaron un círculo de pie, con las manos cogidas, protegiendo la energía femenina interior. Con la bendición de las cuatro direcciones comenzó la ceremonia. Aquella misma mañana los ángeles me habían dicho que llevara mi tambor, el que he estado usando en las ceremonias durante más de veinte años. Comencé a quemar cedro y salvia, y caminé alrededor del grupo exterior en dirección contraria a las agujas del reloj, purificando a las personas y a las energías de la tierra. A la segunda vuelta, el sonido del tambor, al ritmo de los latidos del corazón, comenzó a sincronizar la respiración de todos los participantes. En un momento dado de la ceremonia pedí a los hombres que sometieran su poder espiritual al círculo interior de las mujeres, pues ahora eran ellas las que debían conducirnos durante los próximos trece mil años. Unos cuantos hombres encontraron difícil hacer lo que les pedía. Era una lucha distinta de todo lo que habían experimentado con anterioridad, pero al final todos los hombres permitieron a las mujeres tomar los mandos. Cuando el último de los hombres entregó su poder a las mujeres se me aparecieron los ángeles, que me dijeron: —Ahora te toca a ti. Entrega tu tambor a la Abuela del este como signo externo de la entrega del poder masculino. Sin dudarlo, me dirigí a la Abuela del este. —Con este tambor masculino como símbolo —le dije— te pedimos que termines esta ceremonia, y que a partir de ahora conduzcas a este grupo en las ceremonias. Ella tomó el tambor, comenzó a tocarlo con un ritmo lento y uniforme y continuó la ceremonia hasta su conclusión. Desearía poder recordar sus palabras, pero no soy capaz de hacerlo. Entraron en mi corazón para ser, quizá, secretamente recordadas en otra época. Yo sabía que la historia estaba siendo vivida mientras las olas del lago cantaban su canción de millones de años sobre la belleza, el viento que nos rodea y acaricia a cada uno de nosotros. Todos pudimos sentir la bendición de la Madre con cada aliento de vida. Y con esto concluyó la ceremonia.

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