Por este motivo, nuestra tarea debía consistir en abrir los canales para que los mayas del interior de la Tierra pudieran conectarse con los de la superficie para preparar la ascensión final. Al hacerlo, la Red de Conciencia de Unidad se focalizaría mejor y la energía de la Serpiente de Luz, allá en las alturas de los Andes chilenos, se haría más brillante y más potente. Y una vez más, tal y como ocurría en la región de las Cuatro Esquinas el verano anterior, Yucatán y las zonas limítrofes estaban padeciendo una terrible sequía. Con lo cual, otra parte de nuestro trabajo sería llevar a cabo las ceremonias que debían traer las lluvias, el símbolo físico del equilibrio que estábamos buscando. ¿Por qué querría aquella antigua cultura que un grupo internacional de personas les hiciera este tipo de servicio? ¿Habían ellos olvidado cómo hacerlo? ¿Habían, por alguna razón, perdido el poder espiritual para hacerlo por sí mismos? La verdad es que no lo sé. Todavía me sigue resultando extraño que encargaran una tarea tan personal a alguien de otra cultura. Sin embargo, me recuerda el tiempo en que los taos pueblo de Nuevo México me pidieron que enterrara a sus muertos. Ellos creían que sería mejor para ellos si otra cultura realizara aquel trabajo. Quizá los mayas precisaban una fuerza exterior para abrir los canales de energía. O puede que, como muchos de nosotros, estuviesen abrumados por las circunstancias y necesitasen ayuda. Fuera cual fuese la razón, los mayas nos habían invitado, tanto los vivos como los antiguos, a ir a México y efectuar aquellas ceremonias con ellos y por ellos. No podíamos negarnos. El encuentro en Mérida En cuanto pisé suelo mexicano, mi corazón comenzó a latir con más fuerza. Pude percibir claramente que existía una conexión entre este viaje y el de los anasazis. Era la misma energía, como si ya hubiera sido soñado. En mi interior sentí que este nuevo periplo por los templos mayas de los chakras iba probablemente a cambiarme la vida; sin embargo, no sabía cómo iba a ser. Quién sino Dios, y quizá los Antiguos, podía conocer lo que estaba a punto de acontecer. Yo estaba claramente entrando en lo desconocido. Cuando llegué a la ciudad circular de Mérida fui llevado al hotel Los Aluxes (que significa «Las Gentes Pequeñas»), donde me encontré con Lionfire y Carolina, que ya habían llegado. A lo largo de las siguientes veinticuatro horas se fue reuniendo poco a poco nuestro grupo vagabundo de sesenta almas procedentes de todas las partes del mundo. Una bienvenida maya Para nuestro primer encuentro, Lionfire nos había organizado una tarde especial con sus amigos mayas. Nos reunimos en una pequeña habitación del hotel donde una anciana maya, una hermosa abuela, se colocó frente a nosotros y, en lengua maya, nos otorgó su permiso para participar en las ceremonias y visitar lugares que en el pasado habían estado reservados exclusivamente para los sacerdotes mayas. Nos sentimos increíblemente honrados por sus palabras y se derramaron muchas lágrimas. A continuación, un grupo musical maya llamado Wayak nos deleitó con su música evocadora. Sus gritos guturales y los instrumentos nativos parecían los sonidos de un antiguo pasado. Eran diferentes a todo lo que habíamos escuchado con anterioridad. El encanto de aquella tarde fue el comienzo perfecto de una peregrinación de ceremonias que esperábamos que devolvieran la salud y el equilibrio al pueblo maya y a sus tierras, ayudándoles a prepararse para las inmensamente importantes ceremonias del futuro, unas ceremonias de las que algún día dependerá el mundo entero para su propia supervivencia. Sentado en aquel círculo, me di cuenta de que nos íbamos a mover por la misma espiral de templos que Ken y yo habíamos recorrido casi veinte años atrás, aunque también iba a haber algunos nuevos. Me sentí veterano y niño al mismo tiempo. Casi no podía esperar. Los templos de Uxmal Cuando llegamos a Uxmal, nuestro grupo internacional estaba empezando a recordar que debían respirar como Un Solo Corazón. Se reunieron a mí alrededor mientras les contaba la historia del gigantesco péndulo de Ken y los asombrosos acontecimientos de 1985. Luego fuimos a la Gran Pirámide, donde comprobé que el árbol que había sellado el cristal de obsidiana seguía allí. Era mucho mayor que la última vez que lo vi, en 1995, cuando estuve en Chichén Itzá con Hunbatz Men para celebrar la ceremonia del equinoccio de primavera de aquel año. Era el único árbol en aquel espacio cubierto de hierba y estaba perfectamente alineado con el centro de la pirámide y el borde del edificio adyacente.
Nos encaminamos hasta la cumbre de la Gran Pirámide, una subida empinada y una altura de vértigo para algunos de los integrantes de nuestro grupo que no habían hecho nada parecido con anterioridad. Desde arriba podíamos contemplar toda la zona de Uxmal, inmensa, con sus pirámides y templos que se extienden a lo largo de kilómetros de selva. Resultaba fácil imaginar cómo, en tiempos pasados, el lugar había constituido un gran centro para el pueblo maya. La ceremonia que celebramos allí tomó una forma inusual: la geometría del vesica piscis. Imagínate, un grupo de sesenta personas en la cumbre de la pirámide intentando colocar nuestros cuerpos para dibujar dos círculos que se solapan. Al final lo conseguimos, con algunas personas casi colgando del borde, y así se desarrolló nuestra primera ceremonia del viaje. Los dos círculos enlazados representaban las ceremonias de los indígenas interiores y las de nuestro grupo internacional, actuando como Una Sola. Al final de la ceremonia me di cuenta de que ya estábamos empezando a conectar con los Antiguos. Sentí que nos observaban, nos sentían, nos probaban. Y en respuesta, los corazones de los miembros de nuestro grupo fueron abriéndose cada vez más, exactamente lo que necesitábamos para ser aceptados tanto por los mayas de la superficie como por los de los Mundos Interiores. Nuestra salida de Uxmal, agotados pero alborozados, estuvo rodeada de esplendor. Por todo Yucatán, los mayas estaban quemando los campos para preparar la siembra de las cosechas de primavera, y la suave neblina que llenaba el aire hizo que el Sol se pusiera en medio de un inusual y brillante derroche de gloria. Nuestra respuesta ante la belleza del lugar y ante nuestras experiencias me hizo saber que el Gran Espíritu había reunido a las personas adecuadas para aquel trabajo. Ni planeándolo podría haber estado mejor.
Labná Tras dejar Uxmal nos dirigimos a los templos de Labná y Kaba antes de regresar a Mérida. Labná es el segundo chakra y representa el centro sexual. La tierra es de un color rojo óxido, muy parecida a la de Sedona, en Arizona, donde vivo ahora. Todo el complejo del templo posee un sabor suave, seductor, y una energía que de un modo u otro siempre te llega al corazón. Realizamos una ceremonia sencilla destinada más a la purificación que a cualquier otra cosa. Yo caminé alrededor de cada una de las personas envolviéndolas en humo de salvia y cedro mientras uno de los miembros del grupo tocaba lentamente un ritmo similar al de los latidos del corazón con su tambor. Pero cuando estábamos en aquel círculo apareció una cosa que más adelante iba a constituir un enorme problema. Una de las mujeres procedentes de Sudamérica comenzó a perder ligeramente el control cuando el humo ceremonial se elevó alrededor de su cuerpo. Su rostro se contrajo y extraños sonidos temerarios brotaron de su cuerpo. Al cabo de unos minutos empezó a agitar los brazos y el cuerpo, haciendo que algunos sintieran miedo. Las personas que se encontraban a su lado respondieron de inmediato e intentaron tranquilizarla, pero para mí fue evidente que algo asociado con el lado oscuro de la vida estaba comenzando a expresarse. Lo registré mentalmente y a partir de aquel momento no dejé de observarla. Tenía claro que aquello iba a constituir una influencia perturbadora para nuestro trabajo conjunto, pero por entonces no comprendí lo que significaba ni de dónde procedía. Kaba El último templo del día era Kaba. Hace muchos años tenía otro nombre, y es un templo que me resulta extremadamente interesante debido a que los mayas llegaron de la Atlántida allí donde los judíos accedieron por primera vez a la consciencia humana. (Véase El antiguo secreto de la flor de la vida, volumen I.) El nombre original de Kaba era Kábala, que todo judío reconocería como perteneciente a uno de los libros sagrados del judaísmo. Esto sólo tiene sentido cuando conoces la historia de los mayas. Tras lo sucedido en Labná, dejamos que nuestro grupo se dedicara sólo a explorar Kaba, sin celebrar ninguna ceremonia. La energía debía cristalizar para que pudiéramos entender lo que se nos estaba acercando. Volvimos a Mérida, esperando para saber lo que debía venir a continuación a medida que los mayas fueran suavemente exponiendo sus necesidades a nuestra consciencia exterior. Mérida Esa noche todos nos fuimos a la cama pronto, pues debíamos levantarnos a las cuatro de la madrugada. Así debía ser para poder estar presentes en el momento de la salida del Sol en el antiguo lugar de Dzibilchaltún, donde el sol equinoccial se eleva cada año por detrás del ojo de la cerradura de un templo construido por una civilización que se remonta al año 500 a.C., probablemente el sitio más antiguo de todos los que íbamos a visitar en Yucatán. Después de eso debíamos regresar a nuestro hotel de Mérida, hacer los equipajes, visitar las extraordinarias grutas de Balancanché y poner rumbo a Chichén Itzá para la ceremonia del equinoccio que se iba a celebrar al día siguiente. Reunión con Hunbatz Men Antes de relatarte lo que sucedió en Dzibilchaltún, donde acudimos para participar en el antiguo rito del equinoccio de primavera, debo contarte una conversación que mantuve con Hunbatz Men el día anterior durante el desayuno. Mientras Hunbatz bebía su café y yo sorbía mi té, repasamos nuestros programas para sincronizar nuestros movimientos durante los próximos acontecimientos. Como íbamos a celebrar juntos la ceremonia de Chichén Itzá —el chakra corazón—, debíamos determinar con exactitud cómo teníamos que colocar nuestras energías con referencia a los cientos de ancianos incas, mayas y de otras tribus indígenas que iban a acudir de toda América para participar. En otras palabras, Hunbatz quería saber con precisión dónde íbamos a estar y cómo íbamos a interactuar con el grupo. Además, estaba previsto que el grupo de Carolina Hehenkamp fuera con Hunbatz cuando partiéramos hacia Chichén Itzá, y queríamos acordar dónde iba a estar cada uno de nosotros durante los días de aquellas numerosas ceremonias. Tras discutir aquello, Hunbatz cambió de tema. Quería hablarme acerca del futuro y, en especial, sobre la importancia de las calaveras de cristal en próximas ceremonias. Me explicó que estas calaveras están vivas y que pronto se juntarían todas en nuestras ceremonias a medida que nos iríamos aproximando al Fin de los Tiempos. Lo curioso era que el Native American Council de Estados Unidos me había enviado una calavera de cristal a mi casa de Arizona antes de mi partida. Debía conservarla durante un período de tiempo indeterminado. Pero las calaveras de cristal no habían formado parte de lo que yo entendía que era el propósito de aquel viaje a Yucatán. Por eso, mientras escuchaba a Hunbatz, consideré que la información acerca de ellas realmente estaba destinada a otro momento. Qué poco sabía entonces. Como de costumbre, soy el último en enterarme.
El templo de Dzibilchaltún Yo había presenciado la ceremonia del equinoccio en 1995 con Hunbatz, y me ilusionaba volver a experimentarla con aquel fantástico grupo. Llegarnos al lugar, que había sido un importante centro de iniciación para las escuelas de misterio de todo el mundo, unos veinte minutos antes del amanecer. Otras muchas personas, en su mayoría mayas, habían acudido también para celebrar de esa forma el equinoccio.
El Templo del Amanecer es un edificio de piedra con una abertura por la que el sol equinoccial, la primera luz del equinoccio de primavera, aparece cada año. El camino que conduce al templo es un pasillo largo y rocoso, casi como una pasarela de desembarque, con arbustos de baja altura a ambos lados. El templo está situado al final de este pasillo. Lionfire también había estado allí antes y ayudó a nuestro grupo a colocarse en fila, a una cierta distancia del templo, para que pudiera ver la aparición del Sol por la abertura. Unos dos minutos antes del momento previsto para que el Sol asomara, ocurrió algo que no olvidaré jamás. Una pareja mexicana de edad, a la que ya había conocido con anterioridad, se me acercó y dijo: —Drunvalo, ¿eres tú? Me volví para hablar con ellos, sabiendo que sólo faltaban unos «segundos para la salida del Sol. María, la mujer, llevaba una tela blanca que envolvía un objeto bastante grande. La abrió para mostrarme lo que guardaba en ella. Allí, entre sus manos, se encontraba una bellísima calavera de cristal maya, antigua y de un blanco reluciente. Me miró, y dijo: —Por favor, sostén esto junto a tu corazón. La coloqué allí donde ella me pidió y me volví hacia Dzibilchaltún justo en el momento en que el primer rayo de sol comenzaba a atravesar la abertura del templo. En pocos segundos el sol penetró totalmente por ella y los primeros rayos de luz hicieron explosión en mi interior. Tuve una visión. Vi dos espíritus mayas humanos dentro de la calavera de cristal que sostenía junto a mi corazón. Eran un hombre y una mujer y estaban muy vivos, en unión sexual, mirándose mutuamente con eterno amor. En ese momento, en un destello de entendimiento, supe con certeza lo que los mayas estaban haciendo con aquellas calaveras de cristal. Se elegía a determinados mayas, normalmente en el momento del nacimiento, para formar parte de la ceremonia de la calavera de cristal. Cada uno de ellos era designado para capturar la esencia de toda la cultura maya en uno de trece periodos de tiempo diferentes, que se extendían desde el principio al fin de su cultura, y para tal fin recibían un entrenamiento que duraba toda su vida. En el momento adecuado de sus vidas, en una solemne ceremonia, ingerían un psicodélico natural específico y, de acuerdo con su preparación, morían permaneciendo conscientes mientras dejaban su cuerpo y obligaban a su espíritu a entrar en la calavera de cristal. Esta calavera, entonces, se convertía en su hogar, en su cuerpo, durante cientos o incluso miles de años. Debían vivir en el interior de la calavera de cristal, guardando y preservando el conocimiento, los recuerdos y la sabiduría de los antiguos mayas, para que en este momento, en el Fin de los Tiempos, éstos pudieran ser recordados. Y aquél era justo el momento en que su propósito estaba siendo cumplido. Todas las calaveras estaban reuniéndose lentamente por toda la tierra maya, pues ése había sido su objetivo desde el principio. Hay un total de trece calaveras, y en un futuro próximo la Ceremonia de las Trece Calaveras Mayas será una realidad y la profecía maya se completará, lo que significará que la antigua transmisión habrá entrado en el espíritu maya moderno. Cuando aquel conocimiento me inundó, vi a una anciana sentada calladamente en el fondo de la calavera de cristal. Supe que ella era la que había organizado aquel matrimonio eterno entre los dos amantes. Supe que ella era la que había planeado todo lo que la calavera debía hacer para su gente, y que fueron las abuelas antiguas las que diseñaron este método de transmitir información a través de los siglos, y que seguían protegiendo las calaveras. El conocimiento, los recuerdos y la sabiduría que guardaban los amantes mayas pertenecían al periodo de tiempo en que la cultura maya estaba empezando a florecer. Era aquélla una época en la que el amor y la compasión regían todo lo relacionado con el mundo maya. Y aquel extraordinario amor, la compasión y el conocimiento eran lo que debía ser reencendido en el corazón de los modernos mayas. La experiencia de la salida del Sol a través de la abertura del templo y la calavera de cristal con sus amantes espirituales abrieron mi corazón como nunca habría creído posible si no lo hubiera vivido. De una forma dramática, los antiguos mayas estaban empezando a hablarme acerca de lo que era importante para ellos.
Escuché y recé. Entonces supe que aquella expedición iba a constituir otro viaje al corazón que cambiaría aún más profundamente la vida sobre la Tierra y sanaría las relaciones entre las personas. Creí que incluso podría sanar las sofocantes nubes de dióxido de carbono que están ahogando nuestro planeta. Aquella experiencia aportó una increíble esperanza a mi ser. Sin embargo, no era consciente de que otra experiencia de igual intensidad me estaba esperando unas pocas horas después. Debíamos entrar en un lugar tan poderoso, tan profundamente centrado cu el corazón, que simplemente por haber estado allí nadie de nuestro grupo volvería a ser el mismo. Estábamos a punto de hablar con los Antiguos directamente. El cenote de Dzibilchaltún Los cenotes son estanques sagrados, y a veces incluso lagos de buen tamaño, alimentados por manantiales subterráneos. Recuerda el que vi en Chichén Itzá en 1985, cuando estuve allí con Ken. Para los mayas, todos los lugares sagrados debían estar situados cerca de uno de ellos, pues estos manantiales eran considerados las puertas a los Mundos Interiores. Se cree que el agua de los cenotes posee grandes propiedades curativas, y el de Dzibilchaltún está entre los más importantes para los mayas. Por eso, después de contemplar el sol del equinoccio de primavera salir a través del templo de piedra de Dzibilchaltún, nos dirigimos a su cenote, un precioso estanque en el límite de la selva. Nos reunimos alrededor de las ruinas de piedra que se encuentran junto a él y celebramos un servicio improvisado, meditando en favor de los mayas, de nuestro viaje y por la sanacion de la guerra de Irak, que había estallado exactamente la noche anterior a nuestra búsqueda. Resulta interesante señalar que los mayas habían establecido aquella fecha para la Ceremonia por la Paz Mundial dos años y medio antes. Tras la ceremonia, los guardianes de la antigua calavera de cristal que yo había sostenido junto a mi corazón colocaron el sagrado objeto sobre una tela que cubría un saliente de piedra y nos permitieron a todos tocarla y sentir su poder. De repente, una fuerte y horrible manifestación de energía oscura intentó entrar en nuestro círculo haciéndose con el control del cuerpo de una de las mujeres del grupo. Era la misma mujer a través de la cual se había manifestado en Labná. La mujer en la que había penetrado la entidad levantó la calavera de cristal por encima de su cabeza y, con todas sus fuerzas, intentó estrellarla contra el enorme saliente de roca sobre el que estaba colocada. Tres hombres, conducidos por Lionfire, la agarraron para arrebatarle la calavera. El forcejeo duró varios minutos, pero al final la calavera sobrevivió. La mujer echaba espumarajos de furia mientras la entidad se movía por su interior. Habíamos estado manteniendo una cuidadosa vigilancia para proteger al grupo contra aquella entidad. Sabíamos que estábamos en su casa. Aquella era la entidad que había penetrado en la consciencia maya cuando ésta se encontraba en la cima de su cultura y la había transformado, sustituyendo el amor y la belleza por los sacrificios humanos y el miedo. Sabiendo esto, Lionfire había estado protegiendo de cerca la calavera. Sin embargo, tuvo que echar mano de toda su fuerza y de la de otros dos hombres para evitar que aquel inestimable objeto sagrado fuera dañado. Ahora sabíamos lo fuerte y decidida que era aquella energía. Sin duda debía ser eliminada del cuerpo de la mujer antes de que pudiéramos participar en la ceremonia del día siguiente en Chichén Itzá. Normalmente se entiende, tal y como comentaron muchos de los integrantes de nuestro grupo, que esta energía del lado oscuro está entre nosotros por alguna razón. Constituía una parte importante del problema de los que intentábamos ayudar a sanar el mundo, y sabíamos que debíamos lidiar con ella de una forma positiva: con amor, compasión e incluso gratitud, en especial hacia el miembro de nuestro grupo que había accedido, en algún nivel superior de su ser, a representar un papel tan difícil. Debíamos diseñar un plan. Alegres, impresionados, y sin embargo escarmentados, regresamos a Los Aluxes para desayunar, y a continuación nos dirigimos a la siguiente aventura de nuestro viaje, hacia las incomparables gruías de Balancanché. (Digo «grutas» porque, aunque sea una sola, tiene muchas derivaciones que se extienden en diversas direcciones.)
Humberto, nuestro guía Me gustaría escribir unas pocas palabras acerca de Humberto Gómez, nuestro guía Merlín por las tierras mayas. Humberto es un hombre de setenta y pocos años que aparenta sesenta. Es de pequeña estatura y muy esbelto, con un porte aristocrático, como el de sus antepasados hidalgos españoles. Durante los dos primeros días del viaje se mantuvo callado; educado, encantador, extremadamente colaborador, pero reservado y modesto. Sin embargo, de camino hacia Balancanché, Humberto no pudo mantener su silencio. Yo sabía que estaba licenciado en arqueología, pero entonces me enteré de que no sólo era un hombre extraordinariamente erudito y con un vasto conocimiento de la arqueología de su tierra natal, ¡sino que él, Humberto Gómez, había sido el que, en su juventud, descubriera las grutas de Balancanché! Al entrar en el aparcamiento de Balancanché me di cuenta de que Humberto sabía más acerca de aquel lugar que ninguna otra persona viva. Aunque aquel día llevábamos muchas horas levantados, todavía era temprano cuando llegamos al museo. Las cuevas estaban aún cerradas, así que, mientras esperábamos, invité a Humberto a que nos relatara su descubrimiento. Nos agrupamos a su alrededor, interesados por lo que nos iba a contar. Y disculpándose al principio, pero enseguida con gran brío y color, Humberto hizo que sus increíbles experiencias ocurridas tanto tiempo atrás volvieran a la vida para nosotros. Fue la primera de las muchas historias que Humberto nos regaló durante nuestro viaje espiral a través de Yucatán. ¡Era un narrador increíble! Humberto era un estudiante de arqueología de veintitantos años cuando encontró una cueva pequeña y de paredes de tierra cerca de su casa. No se lo contó a nadie y la convirtió en su propio escondite. Le gustaba ir allí a meditar o a estar solo. La cueva era un lugar mágico para Humberto, pero según nos contó, realmente no tenía nada de especial; desde luego nada que pudiera sugerir que tuviera antiguas raíces mayas. Era sólo una cueva. Pero era su cueva y siguió visitándola durante muchos años. Pero un día, en el año 1959, le dio por dar golpecitos sobre un punto concreto de las paredes de la cueva. Los golpes produjeron un sonido hueco. La pared estaba cubierta por los elementos químicos que habían estado rezumando de la tierra durante millones de años. Aquel trozo de pared parecía igual que cualquier otro de la cueva. Pero cuando Humberto escarbó en la pared terrosa encontró, escondidos tras ella, ¡los conocidos restos de ladrillo y mortero de un antiguo muro maya! Puedes imaginar su emoción al retirar cuidadosamente unas cuantas piedras de la pared, las suficientes como para poder pasar a la vasta y hasta entonces desconocida gruta subterránea que se escondía al otro lado. Completamente solo, Humberto recorrió los aparentemente interminables pasillos y caminos excavados en la roca. Y allí encontró algo desconocido y único en toda la tierra maya. Repartidos por toda la cueva había altares fabricados con columnas naturales de estalactitas y estalagmitas. Y alrededor de estos altares encontró ofrendas realizadas quizá mil años antes y que no habían sido tocadas desde entonces. Cada uno de los cientos de cacharros de barro, utensilios, imágenes y molinillos que habían sido ofrecidos a Chac, el dios de la lluvia, descansaba en el lugar exacto en que había sido depositado por antiguas manos mayas en alguna ceremonia ancestral. Nada había sido visto ni tocado en los años pasados desde que la gruta fuera sellada a la vista humana. Inmediatamente fue en busca de funcionarios gubernamentales a los que contar su descubrimiento arqueológico, para asegurar que todo lo que la gruta contenía fuera protegido contra cualquier alteración y contra el vandalismo. Normalmente, cuando se encuentra un yacimiento en México, el gobierno toma todo lo que encuentra y lo lleva a un museo. Pero en este caso, y de forma totalmente excepcional, los científicos y funcionarios que entraron los primeros en la gruta se dieron cuenta de la importancia de conservar lo que había descubierto Humberto. Inmediatamente cerraron la entrada y colocaron un guarda para que la protegiera. Y así sigue, intacta hasta hoy. Nada ha sido movido excepto para hacer un pequeño camino a través del complejo, de forma que los visitantes puedan experimentar la cueva tal y como fue descubierta.
Después de que acudieran los representantes gubernamentales, sin embargo, se corrió la voz y al día siguiente apareció un grupo de ancianos y chamanes mayas que anunciaron que iban a entrar en la gruta llevar a cabo una ceremonia. Nos lo contó Humberto con una sonrisa divertida y nos enfatizó que no preguntaron si podían hacerlo o no. Sencillamente dijeron: —Vamos a hacerlo. Los funcionarios respondieron: — ¡No pueden hacer eso! La discusión y el debate se prolongaron durante un tiempo hasta que finalmente los representantes oficiales accedieron a que los mayas realizaran su ceremonia..., ¡pero sólo si ellos podían entrar para asistir a ella y tomar fotografías! Más discusión y debate. Al final los mayas cedieron, pero con dos condiciones: todo el que entrara en la cueva debía jurar que guardaría el secreto, y nadie podría irse hasta que todo terminara, lo que significaba permanecer allí veinticuatro horas sin comida ni agua. Advirtieron que si alguien se marchaba antes del final de la ceremonia, ellos no asumían la responsabilidad por las terribles consecuencias que tendría aquella actuación. Eso fue lo que se acordó. Los mayas y los mexicanos penetraron en la negrura de la tierra para llevar a cabo la ceremonia..., y volvieron a salir, veinticuatro horas más tarde, en medio de una lluvia torrencial. Aquello era la señal que buscaban los mayas. Así sabían que Chac, el dios de la lluvia, había aceptado sus plegarias. Humberto fue uno de los participantes en aquella ceremonia a Chac y nunca ha olvidado su poder. Tras Balancanché, Humberto resultó ser un ameno pozo de bellas historias e información acerca de los yacimientos que visitamos y sobre la historia de Yucatán. Una vez le pedí que me contara la ceremonia maya de Balancanché, pero se negó a ello. Había hecho una promesa. Fue la única vez que rehusó contestar a una pregunta. En el interior de las grutas de Balancanché Yo nunca había entrado en las grutas de Balancanché. Me eran totalmente desconocidas. Y ni yo mismo ni nadie del grupo podría haber esperado ni imaginado la experiencia que íbamos a vivir. Para empezar, creíamos que íbamos a tener que permanecer en Balancanché la mayor parte del día. Ello era debido a que, para proteger la gruta, los vigilantes sólo permitían la entrada simultánea de diez personas. Sólo así les resultaba posible realizar una vigilancia suficientemente estrecha como para impedir que nadie tocara o se llevara algo. Sin embargo, Humberto había participado en nuestras primeras ceremonias y había podido comprobar la reverencia que sentíamos por los yacimientos mayas y sus gentes. Sabía que teníamos permiso de los Antiguos para estar allí. Y como él era el que había descubierto la gruta, utilizó su influencia para que se hiciera una excepción. Según nos dijo, se nos permitiría entrar en grupos de veinte. Aquello constituía un gran honor y una enorme prueba de confianza. Pero cuando empezamos a dividirnos en tres grupos, Humberto convenció a los guardas para que hicieran una concesión más. Nos comunicó que ¡se nos permitía entrar en dos grupos de treinta! Yo fui el último del primer grupo. Con gran reverencia nos encaminamos por el sendero de la selva hasta la boca de la gruta, un inmenso agujero que entraba en espiral en la tierra. Los pájaros que volaban alrededor de ella y las flores que colgaban de todas las paredes parecían inclinar sus cabezas. Yo tenía el vello de punta. Entrar en la cueva era como entrar en el seno de la Madre. Al instante comenzó a abrirse mi corazón. Fue una respuesta completamente involuntaria ante las energías presentes. Seguimos descendiendo hacia las profundidades de la Tierra, penetrando cada vez más en la oscuridad. Yo podía sentir que aquél era uno de los lugares más sagrados en los que había estado jamás. Mi corazón seguía abriéndose sin que yo pudiera evitarlo. Podía ver y sentir que lo mismo les estaba sucediendo a todos los que se encontraban delante de mí. De pronto, observé que estaba cantando suavemente.
Después de que acudieran los representantes gubernamentales, sin embargo, se corrió la voz y al día siguiente apareció un grupo de ancianos y chamanes mayas que anunciaron que iban a entrar en la gruta llevar a cabo una ceremonia. Nos lo contó Humberto con una sonrisa divertida y nos enfatizó que no preguntaron si podían hacerlo o no. Sencillamente dijeron: —Vamos a hacerlo. Los funcionarios respondieron: — ¡No pueden hacer eso! La discusión y el debate se prolongaron durante un tiempo hasta que finalmente los representantes oficiales accedieron a que los mayas realizaran su ceremonia..., ¡pero sólo si ellos podían entrar para asistir a ella y tomar fotografías! Más discusión y debate. Al final los mayas cedieron, pero con dos condiciones: todo el que entrara en la cueva debía jurar que guardaría el secreto, y nadie podría irse hasta que todo terminara, lo que significaba permanecer allí veinticuatro horas sin comida ni agua. Advirtieron que si alguien se marchaba antes del final de la ceremonia, ellos no asumían la responsabilidad por las terribles consecuencias que tendría aquella actuación. Eso fue lo que se acordó. Los mayas y los mexicanos penetraron en la negrura de la tierra para llevar a cabo la ceremonia..., y volvieron a salir, veinticuatro horas más tarde, en medio de una lluvia torrencial. Aquello era la señal que buscaban los mayas. Así sabían que Chac, el dios de la lluvia, había aceptado sus plegarias. Humberto fue uno de los participantes en aquella ceremonia a Chac y nunca ha olvidado su poder. Tras Balancanché, Humberto resultó ser un ameno pozo de bellas historias e información acerca de los yacimientos que visitamos y sobre la historia de Yucatán. Una vez le pedí que me contara la ceremonia maya de Balancanché, pero se negó a ello. Había hecho una promesa. Fue la única vez que rehusó contestar a una pregunta. En el interior de las grutas de Balancanché Yo nunca había entrado en las grutas de Balancanché. Me eran totalmente desconocidas. Y ni yo mismo ni nadie del grupo podría haber esperado ni imaginado la experiencia que íbamos a vivir. Para empezar, creíamos que íbamos a tener que permanecer en Balancanché la mayor parte del día. Ello era debido a que, para proteger la gruta, los vigilantes sólo permitían la entrada simultánea de diez personas. Sólo así les resultaba posible realizar una vigilancia suficientemente estrecha como para impedir que nadie tocara o se llevara algo. Sin embargo, Humberto había participado en nuestras primeras ceremonias y había podido comprobar la reverencia que sentíamos por los yacimientos mayas y sus gentes. Sabía que teníamos permiso de los Antiguos para estar allí. Y como él era el que había descubierto la gruta, utilizó su influencia para que se hiciera una excepción. Según nos dijo, se nos permitiría entrar en grupos de veinte. Aquello constituía un gran honor y una enorme prueba de confianza. Pero cuando empezamos a dividirnos en tres grupos, Humberto convenció a los guardas para que hicieran una concesión más. Nos comunicó que ¡se nos permitía entrar en dos grupos de treinta! Yo fui el último del primer grupo. Con gran reverencia nos encaminamos por el sendero de la selva hasta la boca de la gruta, un inmenso agujero que entraba en espiral en la tierra. Los pájaros que volaban alrededor de ella y las flores que colgaban de todas las paredes parecían inclinar sus cabezas. Yo tenía el vello de punta. Entrar en la cueva era como entrar en el seno de la Madre. Al instante comenzó a abrirse mi corazón. Fue una respuesta completamente involuntaria ante las energías presentes. Seguimos descendiendo hacia las profundidades de la Tierra, penetrando cada vez más en la oscuridad. Yo podía sentir que aquél era uno de los lugares más sagrados en los que había estado jamás. Mi corazón seguía abriéndose sin que yo pudiera evitarlo. Podía ver y sentir que lo mismo les estaba sucediendo a todos los que se encontraban delante de mí. De pronto, observé que estaba cantando suavemente.
Y escuché un sonido a mis espaldas. Me volví para ver quién era, y vi que nuestro segundo grupo se acercaba con rapidez. ¿Se habrían equivocado? ¿Es que no estaban cumpliendo las instrucciones? La primera persona del segundo grupo se me acercó, sonriendo, sintiendo lo sagrado del lugar. — ¿Qué hacéis aquí? —pregunté. —Humberto decidió dejarnos ir a todos como un solo grupo — me respondió. «Claro», me dije a mí mismo. Parecía lo correcto que estuviéramos todos juntos. Lo sagrado del lugar y su belleza habían puesto mi corazón a punto de estallar. Aquel cambio inesperado colmó el vaso. Así que seguimos todos juntos, un grupo de sesenta personas en un lugar en el que normalmente sólo se permite la entrada de diez, unidos en un sentimiento de amor y admiración espiritual diferente a todo lo que cualquiera de nosotros había sentido jamás con anterioridad. Y no digo esto a la ligera. Entramos en la parte principal de la gruta, donde una enorme estalagmita se había unido, hace millones de años, con una estalactita igual de gigantesca, creando un inmenso pilar de al menos veinte metros de altura. Alrededor de este pilar se encontraban las ofrendas que los mayas dejaron allí muchos años atrás. Cerámica y vasijas ceremoniales aparecían colocadas sobre el suelo alrededor de esta columna central, tal y como habían estado durante cientos y miles de años. La sensación de santidad resultaba abrumadora. Mi corazón no era capaz de retener las lágrimas. Me eché a llorar. Con los ojos empañados, miré a mí alrededor y vi que todos los que me rodeaban también estaban llorando. Habíamos acudido a las tierras de los mayas para experimentar el Espacio Sagrado del Corazón. Y allí era donde estábamos, en un auténtico espacio físico que estaba vivo con la vibración viva del corazón..., y todos nosotros estábamos en sintonía con este espacio, juntos. ¡Todo mi ser vibraba! Continuamos recorriendo las grutas y vimos que había otros dos altares formados por una estalagmita y una estalactita, algo más pequeños, con sus antiguas ofrendas. Y la sensación de santidad seguía creciendo. El cenote de Balancanché El Espacio Sagrado del Corazón se asocia siempre con el agua. Llegué a otra sala de la gruta desde la que un estanque tiraba de mí. El agua era tan clara que casi no podía verla cuando estaba brotando de una cueva adyacente. Aquella agua estaba viva. Auténticamente viva. Cuando clavé mi mirada en el cenote fue como si estuviera viendo otro mundo. Tres personas más del grupo estaban contemplando el estanque con lágrimas en los ojos, y cuando yo me acerqué nos fundimos en un abrazo. En ese momento supe que estaba con mi tribu. Y con nuestras lágrimas y nuestros corazones abiertos estábamos rezando por nosotros mismos, por los mayas y por la Madre Tierra. Yo conocía aquel lugar. Lo había sentido con anterioridad dentro de mi propio corazón. ¿Puedes imaginar lo que fue estar allí físicamente, con otros seres físicos, todos experimentando la misma emoción? Fue algo como nunca me había sucedido anteriormente. Los guardas de la gruta, que hasta entonces se habían mantenido invisibles, nos hicieron señales con las linternas. Había terminado el tiempo de la visita. Cuando me di la vuelta para salir, era incapaz de hablar. Apenas recuerdo cómo caminé hasta la salida de la gruta. Era como estar inmerso en un sueño. Lo siguiente que supe fue que estaba fuera de la cueva, acercándome al museo. Me senté yo solo y cerré los ojos. Seguía vibrando en mi corazón. Estuve así más de media hora antes de que la experiencia que había vivido se asentara lo suficiente como para permitirme ponerme de pie y echar a andar hacia el autobús. Nunca olvidaré aquella experiencia, ni a los mayas, cuyas oraciones siguen resonando en aquel espacio sagrado, ni a las bellas gentes que entraron en la Madre conmigo. Sentado bajo un árbol, esperando la llegada del resto del grupo, recordé la oración de mi maestra más íntima, Cradle Flower, de los taos pueblo:
Belleza frente a mí
Belleza detrás de mí
Belleza a mi izquierda
Belleza a mi derecha
Belleza sobre mí
Belleza debajo de mí
La belleza es amor
El amor es Dios.