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martes, 29 de julio de 2025

Serpiente de Luz Capítulo XIII : Viaje a la Tierra Maya




                                      
Una vez más, los ángeles empezaron a hablarme de la necesidad de realizar un viaje a la tierra de los mayas, pues al igual que los anasazis, aquella antigua cultura había cometido también un enorme error en el pasado. Se trataba de un error que, si no era corregido, frustraría la ascensión del mundo e impediría a la mujer hacerse cargo de la responsabilidad que debe ejercer durante los próximos trece mil años. En pocas palabras, otro problema de la red. Había pasado casi un año desde que celebramos las ceremonias en las tierras de los anasazis, y yo no tenía ninguna prisa por volver a correr por el mundo otra vez. Uno de mis mayores problemas es que soy vago. Por eso los queridos ángeles tuvieron que pincharme para que me embarcara en un viaje que yo sabía que iba a suponer un gran trabajo. Soy realmente tonto. He recorrido una distancia enorme para estar aquí, en la Tierra, y llevar a cabo este trabajo, y lo único que quiero hacer es dedicarme a vivir y a jugar. El viaje a las Cuatro Esquinas había sido impresionante. Habíamos participado en la conexión íntima entre los antiguos anasazis, la Madre Tierra y nuestro pequeño grupo de almas valientes que respiraban como Un Solo Espíritu. Y ahora se me pedía que siguiera Avanzando por el mundo indígena y que profundizara en la oscuridad del pasado. Yo había observado que Lionfire, el chamán de Hovenweep (Colorado), poseía un conocimiento enciclopédico de los anasazis, pero también me había percatado de lo mucho que sabía acerca de los mayas. Por eso, antes incluso de empezar el viaje, le pedí que viniera conmigo como experto en historia maya. Afortunadamente, accedió. El momento y el propósito de nuestra entrada en la tierra de los mayas El momento de nuestro viaje a Yucatán coincidió con una invitación que nos hizo el chamán maya Hunbatz Men para que participáramos en las ceremonias del equinoccio, en Chichén Itzá, el 20 de marzo de 2003. Hunbatz, el Consejo de Ancianos Mayas y unos doscientos cincuenta ancianos más procedentes de América del Norte, Central y del Sur iban a llevar a cabo una ceremonia por la paz mundial, uniendo sus poderes espirituales en favor de la sanacion del mundo. Nuestro grupo debía apoyar este esfuerzo efectuando una ceremonia en un círculo exterior alrededor del núcleo interior de chamanes y ancianos indígenas. Se nos uniría un grupo europeo dirigido por Carolina Hehenkamp, que también había participado en el viaje de los anasazis. Después de la ceremonia en Chichén Itzá habíamos planeado realizar un recorrido en espiral para cumplir el propósito de nuestro grupo de ir a la tierra de los mayas. Y de forma muy parecida a como lo habíamos hecho en la tierra de los anasazis, queríamos ayudar a los antiguos mayas, que también estaban atrapados en el interior de la Tierra, para que quedaran libres. En aquel momento no sabíamos (y de hecho no lo supimos hasta que se desplegó ante nuestros ojos) que el viaje tenía otro gran propósito, un propósito que aún hoy día sigue desvelándose. La sanacion del mundo maya interior y del mundo maya exterior Tal y como había sucedido en las Cuatro Esquinas, la sanacion de la tierra maya significaría restaurar el equilibrio de la naturaleza entre el Mundo Interior y el Mundo Exterior de los mayas. Al hacerlo, los Mundos Interiores podrían empezar a moverse con nosotros, el Mundo Exterior, en armonía; o por decirlo mejor, nosotros nos moveríamos en armonía con ellos. Y esto debía llevarse a término muy pronto, pues —si creemos la versión actual— el calendario maya termina en 2012, algo menos de nueve cortos años después de nuestro viaje de 2003. En la tradición de los mayas, el periodo en el que nos encontramos ahora dará paso a un momento de la historia denominado el Fin de los Tiempos, que ellos entienden como el final de un largísimo ciclo y el comienzo de otro nuevo. Por este motivo, nuevo.


Por este motivo, nuestra tarea debía consistir en abrir los canales para que los mayas del interior de la Tierra pudieran conectarse con los de la superficie para preparar la ascensión final. Al hacerlo, la Red de Conciencia de Unidad se focalizaría mejor y la energía de la Serpiente de Luz, allá en las alturas de los Andes chilenos, se haría más brillante y más potente. Y una vez más, tal y como ocurría en la región de las Cuatro Esquinas el verano anterior, Yucatán y las zonas limítrofes estaban padeciendo una terrible sequía. Con lo cual, otra parte de nuestro trabajo sería llevar a cabo las ceremonias que debían traer las lluvias, el símbolo físico del equilibrio que estábamos buscando. ¿Por qué querría aquella antigua cultura que un grupo internacional de personas les hiciera este tipo de servicio? ¿Habían ellos olvidado cómo hacerlo? ¿Habían, por alguna razón, perdido el poder espiritual para hacerlo por sí mismos? La verdad es que no lo sé. Todavía me sigue resultando extraño que encargaran una tarea tan personal a alguien de otra cultura. Sin embargo, me recuerda el tiempo en que los taos pueblo de Nuevo México me pidieron que enterrara a sus muertos. Ellos creían que sería mejor para ellos si otra cultura realizara aquel trabajo. Quizá los mayas precisaban una fuerza exterior para abrir los canales de energía. O puede que, como muchos de nosotros, estuviesen abrumados por las circunstancias y necesitasen ayuda. Fuera cual fuese la razón, los mayas nos habían invitado, tanto los vivos como los antiguos, a ir a México y efectuar aquellas ceremonias con ellos y por ellos. No podíamos negarnos. El encuentro en Mérida En cuanto pisé suelo mexicano, mi corazón comenzó a latir con más fuerza. Pude percibir claramente que existía una conexión entre este viaje y el de los anasazis. Era la misma energía, como si ya hubiera sido soñado. En mi interior sentí que este nuevo periplo por los templos mayas de los chakras iba probablemente a cambiarme la vida; sin embargo, no sabía cómo iba a ser. Quién sino Dios, y quizá los Antiguos, podía conocer lo que estaba a punto de acontecer. Yo estaba claramente entrando en lo desconocido. Cuando llegué a la ciudad circular de Mérida fui llevado al hotel Los Aluxes (que significa «Las Gentes Pequeñas»), donde me encontré con Lionfire y Carolina, que ya habían llegado. A lo largo de las siguientes veinticuatro horas se fue reuniendo poco a poco nuestro grupo vagabundo de sesenta almas procedentes de todas las partes del mundo. Una bienvenida maya Para nuestro primer encuentro, Lionfire nos había organizado una tarde especial con sus amigos mayas. Nos reunimos en una pequeña habitación del hotel donde una anciana maya, una hermosa abuela, se colocó frente a nosotros y, en lengua maya, nos otorgó su permiso para participar en las ceremonias y visitar lugares que en el pasado habían estado reservados exclusivamente para los sacerdotes mayas. Nos sentimos increíblemente honrados por sus palabras y se derramaron muchas lágrimas. A continuación, un grupo musical maya llamado Wayak nos deleitó con su música evocadora. Sus gritos guturales y los instrumentos nativos parecían los sonidos de un antiguo pasado. Eran diferentes a todo lo que habíamos escuchado con anterioridad. El encanto de aquella tarde fue el comienzo perfecto de una peregrinación de ceremonias que esperábamos que devolvieran la salud y el equilibrio al pueblo maya y a sus tierras, ayudándoles a prepararse para las inmensamente importantes ceremonias del futuro, unas ceremonias de las que algún día dependerá el mundo entero para su propia supervivencia. Sentado en aquel círculo, me di cuenta de que nos íbamos a mover por la misma espiral de templos que Ken y yo habíamos recorrido casi veinte años atrás, aunque también iba a haber algunos nuevos. Me sentí veterano y niño al mismo tiempo. Casi no podía esperar. Los templos de Uxmal Cuando llegamos a Uxmal, nuestro grupo internacional estaba empezando a recordar que debían respirar como Un Solo Corazón. Se reunieron a mí alrededor mientras les contaba la historia del gigantesco péndulo de Ken y los asombrosos acontecimientos de 1985. Luego fuimos a la Gran Pirámide, donde comprobé que el árbol que había sellado el cristal de obsidiana seguía allí. Era mucho mayor que la última vez que lo vi, en 1995, cuando estuve en Chichén Itzá con Hunbatz Men para celebrar la ceremonia del equinoccio de primavera de aquel año. Era el único árbol en aquel espacio cubierto de hierba y estaba perfectamente alineado con el centro de la pirámide y el borde del edificio adyacente.


Nos encaminamos hasta la cumbre de la Gran Pirámide, una subida empinada y una altura de vértigo para algunos de los integrantes de nuestro grupo que no habían hecho nada parecido con anterioridad. Desde arriba podíamos contemplar toda la zona de Uxmal, inmensa, con sus pirámides y templos que se extienden a lo largo de kilómetros de selva. Resultaba fácil imaginar cómo, en tiempos pasados, el lugar había constituido un gran centro para el pueblo maya. La ceremonia que celebramos allí tomó una forma inusual: la geometría del vesica piscis. Imagínate, un grupo de sesenta personas en la cumbre de la pirámide intentando colocar nuestros cuerpos para dibujar dos círculos que se solapan. Al final lo conseguimos, con algunas personas casi colgando del borde, y así se desarrolló nuestra primera ceremonia del viaje. Los dos círculos enlazados representaban las ceremonias de los indígenas interiores y las de nuestro grupo internacional, actuando como Una Sola. Al final de la ceremonia me di cuenta de que ya estábamos empezando a conectar con los Antiguos. Sentí que nos observaban, nos sentían, nos probaban. Y en respuesta, los corazones de los miembros de nuestro grupo fueron abriéndose cada vez más, exactamente lo que necesitábamos para ser aceptados tanto por los mayas de la superficie como por los de los Mundos Interiores. Nuestra salida de Uxmal, agotados pero alborozados, estuvo rodeada de esplendor. Por todo Yucatán, los mayas estaban quemando los campos para preparar la siembra de las cosechas de primavera, y la suave neblina que llenaba el aire hizo que el Sol se pusiera en medio de un inusual y brillante derroche de gloria. Nuestra respuesta ante la belleza del lugar y ante nuestras experiencias me hizo saber que el Gran Espíritu había reunido a las personas adecuadas para aquel trabajo. Ni planeándolo podría haber estado mejor.


Labná Tras dejar Uxmal nos dirigimos a los templos de Labná y Kaba antes de regresar a Mérida. Labná es el segundo chakra y representa el centro sexual. La tierra es de un color rojo óxido, muy parecida a la de Sedona, en Arizona, donde vivo ahora. Todo el complejo del templo posee un sabor suave, seductor, y una energía que de un modo u otro siempre te llega al corazón. Realizamos una ceremonia sencilla destinada más a la purificación que a cualquier otra cosa. Yo caminé alrededor de cada una de las personas envolviéndolas en humo de salvia y cedro mientras uno de los miembros del grupo tocaba lentamente un ritmo similar al de los latidos del corazón con su tambor. Pero cuando estábamos en aquel círculo apareció una cosa que más adelante iba a constituir un enorme problema. Una de las mujeres procedentes de Sudamérica comenzó a perder ligeramente el control cuando el humo ceremonial se elevó alrededor de su cuerpo. Su rostro se contrajo y extraños sonidos temerarios brotaron de su cuerpo. Al cabo de unos minutos empezó a agitar los brazos y el cuerpo, haciendo que algunos sintieran miedo. Las personas que se encontraban a su lado respondieron de inmediato e intentaron tranquilizarla, pero para mí fue evidente que algo asociado con el lado oscuro de la vida estaba comenzando a expresarse. Lo registré mentalmente y a partir de aquel momento no dejé de observarla. Tenía claro que aquello iba a constituir una influencia perturbadora para nuestro trabajo conjunto, pero por entonces no comprendí lo que significaba ni de dónde procedía. Kaba El último templo del día era Kaba. Hace muchos años tenía otro nombre, y es un templo que me resulta extremadamente interesante debido a que los mayas llegaron de la Atlántida allí donde los judíos accedieron por primera vez a la consciencia humana. (Véase El antiguo secreto de la flor de la vida, volumen I.) El nombre original de Kaba era Kábala, que todo judío reconocería como perteneciente a uno de los libros sagrados del judaísmo. Esto sólo tiene sentido cuando conoces la historia de los mayas. Tras lo sucedido en Labná, dejamos que nuestro grupo se dedicara sólo a explorar Kaba, sin celebrar ninguna ceremonia. La energía debía cristalizar para que pudiéramos entender lo que se nos estaba acercando. Volvimos a Mérida, esperando para saber lo que debía venir a continuación a medida que los mayas fueran suavemente exponiendo sus necesidades a nuestra consciencia exterior. Mérida Esa noche todos nos fuimos a la cama pronto, pues debíamos levantarnos a las cuatro de la madrugada. Así debía ser para poder estar presentes en el momento de la salida del Sol en el antiguo lugar de Dzibilchaltún, donde el sol equinoccial se eleva cada año por detrás del ojo de la cerradura de un templo construido por una civilización que se remonta al año 500 a.C., probablemente el sitio más antiguo de todos los que íbamos a visitar en Yucatán. Después de eso debíamos regresar a nuestro hotel de Mérida, hacer los equipajes, visitar las extraordinarias grutas de Balancanché y poner rumbo a Chichén Itzá para la ceremonia del equinoccio que se iba a celebrar al día siguiente. Reunión con Hunbatz Men Antes de relatarte lo que sucedió en Dzibilchaltún, donde acudimos para participar en el antiguo rito del equinoccio de primavera, debo contarte una conversación que mantuve con Hunbatz Men el día anterior durante el desayuno. Mientras Hunbatz bebía su café y yo sorbía mi té, repasamos nuestros programas para sincronizar nuestros movimientos durante los próximos acontecimientos. Como íbamos a celebrar juntos la ceremonia de Chichén Itzá —el chakra corazón—, debíamos determinar con exactitud cómo teníamos que colocar nuestras energías con referencia a los cientos de ancianos incas, mayas y de otras tribus indígenas que iban a acudir de toda América para participar. En otras palabras, Hunbatz quería saber con precisión dónde íbamos a estar y cómo íbamos a interactuar con el grupo. Además, estaba previsto que el grupo de Carolina Hehenkamp fuera con Hunbatz cuando partiéramos hacia Chichén Itzá, y queríamos acordar dónde iba a estar cada uno de nosotros durante los días de aquellas numerosas ceremonias. Tras discutir aquello, Hunbatz cambió de tema. Quería hablarme acerca del futuro y, en especial, sobre la importancia de las calaveras de cristal en próximas ceremonias. Me explicó que estas calaveras están vivas y que pronto se juntarían todas en nuestras ceremonias a medida que nos iríamos aproximando al Fin de los Tiempos. Lo curioso era que el Native American Council de Estados Unidos me había enviado una calavera de cristal a mi casa de Arizona antes de mi partida. Debía conservarla durante un período de tiempo indeterminado. Pero las calaveras de cristal no habían formado parte de lo que yo entendía que era el propósito de aquel viaje a Yucatán. Por eso, mientras escuchaba a Hunbatz, consideré que la información acerca de ellas realmente estaba destinada a otro momento. Qué poco sabía entonces. Como de costumbre, soy el último en enterarme.


El templo de Dzibilchaltún Yo había presenciado la ceremonia del equinoccio en 1995 con Hunbatz, y me ilusionaba volver a experimentarla con aquel fantástico grupo. Llegarnos al lugar, que había sido un importante centro de iniciación para las escuelas de misterio de todo el mundo, unos veinte minutos antes del amanecer. Otras muchas personas, en su mayoría mayas, habían acudido también para celebrar de esa forma el equinoccio.


El Templo del Amanecer es un edificio de piedra con una abertura por la que el sol equinoccial, la primera luz del equinoccio de primavera, aparece cada año. El camino que conduce al templo es un pasillo largo y rocoso, casi como una pasarela de desembarque, con arbustos de baja altura a ambos lados. El templo está situado al final de este pasillo. Lionfire también había estado allí antes y ayudó a nuestro grupo a colocarse en fila, a una cierta distancia del templo, para que pudiera ver la aparición del Sol por la abertura. Unos dos minutos antes del momento previsto para que el Sol asomara, ocurrió algo que no olvidaré jamás. Una pareja mexicana de edad, a la que ya había conocido con anterioridad, se me acercó y dijo: —Drunvalo, ¿eres tú? Me volví para hablar con ellos, sabiendo que sólo faltaban unos «segundos para la salida del Sol. María, la mujer, llevaba una tela blanca que envolvía un objeto bastante grande. La abrió para mostrarme lo que guardaba en ella. Allí, entre sus manos, se encontraba una bellísima calavera de cristal maya, antigua y de un blanco reluciente. Me miró, y dijo: —Por favor, sostén esto junto a tu corazón. La coloqué allí donde ella me pidió y me volví hacia Dzibilchaltún justo en el momento en que el primer rayo de sol comenzaba a atravesar la abertura del templo. En pocos segundos el sol penetró totalmente por ella y los primeros rayos de luz hicieron explosión en mi interior. Tuve una visión. Vi dos espíritus mayas humanos dentro de la calavera de cristal que sostenía junto a mi corazón. Eran un hombre y una mujer y estaban muy vivos, en unión sexual, mirándose mutuamente con eterno amor. En ese momento, en un destello de entendimiento, supe con certeza lo que los mayas estaban haciendo con aquellas calaveras de cristal. Se elegía a determinados mayas, normalmente en el momento del nacimiento, para formar parte de la ceremonia de la calavera de cristal. Cada uno de ellos era designado para capturar la esencia de toda la cultura maya en uno de trece periodos de tiempo diferentes, que se extendían desde el principio al fin de su cultura, y para tal fin recibían un entrenamiento que duraba toda su vida. En el momento adecuado de sus vidas, en una solemne ceremonia, ingerían un psicodélico natural específico y, de acuerdo con su preparación, morían permaneciendo conscientes mientras dejaban su cuerpo y obligaban a su espíritu a entrar en la calavera de cristal. Esta calavera, entonces, se convertía en su hogar, en su cuerpo, durante cientos o incluso miles de años. Debían vivir en el interior de la calavera de cristal, guardando y preservando el conocimiento, los recuerdos y la sabiduría de los antiguos mayas, para que en este momento, en el Fin de los Tiempos, éstos pudieran ser recordados. Y aquél era justo el momento en que su propósito estaba siendo cumplido. Todas las calaveras estaban reuniéndose lentamente por toda la tierra maya, pues ése había sido su objetivo desde el principio. Hay un total de trece calaveras, y en un futuro próximo la Ceremonia de las Trece Calaveras Mayas será una realidad y la profecía maya se completará, lo que significará que la antigua transmisión habrá entrado en el espíritu maya moderno. Cuando aquel conocimiento me inundó, vi a una anciana sentada calladamente en el fondo de la calavera de cristal. Supe que ella era la que había organizado aquel matrimonio eterno entre los dos amantes. Supe que ella era la que había planeado todo lo que la calavera debía hacer para su gente, y que fueron las abuelas antiguas las que diseñaron este método de transmitir información a través de los siglos, y que seguían protegiendo las calaveras. El conocimiento, los recuerdos y la sabiduría que guardaban los amantes mayas pertenecían al periodo de tiempo en que la cultura maya estaba empezando a florecer. Era aquélla una época en la que el amor y la compasión regían todo lo relacionado con el mundo maya. Y aquel extraordinario amor, la compasión y el conocimiento eran lo que debía ser reencendido en el corazón de los modernos mayas. La experiencia de la salida del Sol a través de la abertura del templo y la calavera de cristal con sus amantes espirituales abrieron mi corazón como nunca habría creído posible si no lo hubiera vivido. De una forma dramática, los antiguos mayas estaban empezando a hablarme acerca de lo que era importante para ellos.


Escuché y recé. Entonces supe que aquella expedición iba a constituir otro viaje al corazón que cambiaría aún más profundamente la vida sobre la Tierra y sanaría las relaciones entre las personas. Creí que incluso podría sanar las sofocantes nubes de dióxido de carbono que están ahogando nuestro planeta. Aquella experiencia aportó una increíble esperanza a mi ser. Sin embargo, no era consciente de que otra experiencia de igual intensidad me estaba esperando unas pocas horas después. Debíamos entrar en un lugar tan poderoso, tan profundamente centrado cu el corazón, que simplemente por haber estado allí nadie de nuestro grupo volvería a ser el mismo. Estábamos a punto de hablar con los Antiguos directamente. El cenote de Dzibilchaltún Los cenotes son estanques sagrados, y a veces incluso lagos de buen tamaño, alimentados por manantiales subterráneos. Recuerda el que vi en Chichén Itzá en 1985, cuando estuve allí con Ken. Para los mayas, todos los lugares sagrados debían estar situados cerca de uno de ellos, pues estos manantiales eran considerados las puertas a los Mundos Interiores. Se cree que el agua de los cenotes posee grandes propiedades curativas, y el de Dzibilchaltún está entre los más importantes para los mayas. Por eso, después de contemplar el sol del equinoccio de primavera salir a través del templo de piedra de Dzibilchaltún, nos dirigimos a su cenote, un precioso estanque en el límite de la selva. Nos reunimos alrededor de las ruinas de piedra que se encuentran junto a él y celebramos un servicio improvisado, meditando en favor de los mayas, de nuestro viaje y por la sanacion de la guerra de Irak, que había estallado exactamente la noche anterior a nuestra búsqueda. Resulta interesante señalar que los mayas habían establecido aquella fecha para la Ceremonia por la Paz Mundial dos años y medio antes. Tras la ceremonia, los guardianes de la antigua calavera de cristal que yo había sostenido junto a mi corazón colocaron el sagrado objeto sobre una tela que cubría un saliente de piedra y nos permitieron a todos tocarla y sentir su poder. De repente, una fuerte y horrible manifestación de energía oscura intentó entrar en nuestro círculo haciéndose con el control del cuerpo de una de las mujeres del grupo. Era la misma mujer a través de la cual se había manifestado en Labná. La mujer en la que había penetrado la entidad levantó la calavera de cristal por encima de su cabeza y, con todas sus fuerzas, intentó estrellarla contra el enorme saliente de roca sobre el que estaba colocada. Tres hombres, conducidos por Lionfire, la agarraron para arrebatarle la calavera. El forcejeo duró varios minutos, pero al final la calavera sobrevivió. La mujer echaba espumarajos de furia mientras la entidad se movía por su interior. Habíamos estado manteniendo una cuidadosa vigilancia para proteger al grupo contra aquella entidad. Sabíamos que estábamos en su casa. Aquella era la entidad que había penetrado en la consciencia maya cuando ésta se encontraba en la cima de su cultura y la había transformado, sustituyendo el amor y la belleza por los sacrificios humanos y el miedo. Sabiendo esto, Lionfire había estado protegiendo de cerca la calavera. Sin embargo, tuvo que echar mano de toda su fuerza y de la de otros dos hombres para evitar que aquel inestimable objeto sagrado fuera dañado. Ahora sabíamos lo fuerte y decidida que era aquella energía. Sin duda debía ser eliminada del cuerpo de la mujer antes de que pudiéramos participar en la ceremonia del día siguiente en Chichén Itzá. Normalmente se entiende, tal y como comentaron muchos de los integrantes de nuestro grupo, que esta energía del lado oscuro está entre nosotros por alguna razón. Constituía una parte importante del problema de los que intentábamos ayudar a sanar el mundo, y sabíamos que debíamos lidiar con ella de una forma positiva: con amor, compasión e incluso gratitud, en especial hacia el miembro de nuestro grupo que había accedido, en algún nivel superior de su ser, a representar un papel tan difícil. Debíamos diseñar un plan. Alegres, impresionados, y sin embargo escarmentados, regresamos a Los Aluxes para desayunar, y a continuación nos dirigimos a la siguiente aventura de nuestro viaje, hacia las incomparables gruías de Balancanché. (Digo «grutas» porque, aunque sea una sola, tiene muchas derivaciones que se extienden en diversas direcciones.)


Humberto, nuestro guía Me gustaría escribir unas pocas palabras acerca de Humberto Gómez, nuestro guía Merlín por las tierras mayas. Humberto es un hombre de setenta y pocos años que aparenta sesenta. Es de pequeña estatura y muy esbelto, con un porte aristocrático, como el de sus antepasados hidalgos españoles. Durante los dos primeros días del viaje se mantuvo callado; educado, encantador, extremadamente colaborador, pero reservado y modesto. Sin embargo, de camino hacia Balancanché, Humberto no pudo mantener su silencio. Yo sabía que estaba licenciado en arqueología, pero entonces me enteré de que no sólo era un hombre extraordinariamente erudito y con un vasto conocimiento de la arqueología de su tierra natal, ¡sino que él, Humberto Gómez, había sido el que, en su juventud, descubriera las grutas de Balancanché! Al entrar en el aparcamiento de Balancanché me di cuenta de que Humberto sabía más acerca de aquel lugar que ninguna otra persona viva. Aunque aquel día llevábamos muchas horas levantados, todavía era temprano cuando llegamos al museo. Las cuevas estaban aún cerradas, así que, mientras esperábamos, invité a Humberto a que nos relatara su descubrimiento. Nos agrupamos a su alrededor, interesados por lo que nos iba a contar. Y disculpándose al principio, pero enseguida con gran brío y color, Humberto hizo que sus increíbles experiencias ocurridas tanto tiempo atrás volvieran a la vida para nosotros. Fue la primera de las muchas historias que Humberto nos regaló durante nuestro viaje espiral a través de Yucatán. ¡Era un narrador increíble! Humberto era un estudiante de arqueología de veintitantos años cuando encontró una cueva pequeña y de paredes de tierra cerca de su casa. No se lo contó a nadie y la convirtió en su propio escondite. Le gustaba ir allí a meditar o a estar solo. La cueva era un lugar mágico para Humberto, pero según nos contó, realmente no tenía nada de especial; desde luego nada que pudiera sugerir que tuviera antiguas raíces mayas. Era sólo una cueva. Pero era su cueva y siguió visitándola durante muchos años. Pero un día, en el año 1959, le dio por dar golpecitos sobre un punto concreto de las paredes de la cueva. Los golpes produjeron un sonido hueco. La pared estaba cubierta por los elementos químicos que habían estado rezumando de la tierra durante millones de años. Aquel trozo de pared parecía igual que cualquier otro de la cueva. Pero cuando Humberto escarbó en la pared terrosa encontró, escondidos tras ella, ¡los conocidos restos de ladrillo y mortero de un antiguo muro maya! Puedes imaginar su emoción al retirar cuidadosamente unas cuantas piedras de la pared, las suficientes como para poder pasar a la vasta y hasta entonces desconocida gruta subterránea que se escondía al otro lado. Completamente solo, Humberto recorrió los aparentemente interminables pasillos y caminos excavados en la roca. Y allí encontró algo desconocido y único en toda la tierra maya. Repartidos por toda la cueva había altares fabricados con columnas naturales de estalactitas y estalagmitas. Y alrededor de estos altares encontró ofrendas realizadas quizá mil años antes y que no habían sido tocadas desde entonces. Cada uno de los cientos de cacharros de barro, utensilios, imágenes y molinillos que habían sido ofrecidos a Chac, el dios de la lluvia, descansaba en el lugar exacto en que había sido depositado por antiguas manos mayas en alguna ceremonia ancestral. Nada había sido visto ni tocado en los años pasados desde que la gruta fuera sellada a la vista humana. Inmediatamente fue en busca de funcionarios gubernamentales a los que contar su descubrimiento arqueológico, para asegurar que todo lo que la gruta contenía fuera protegido contra cualquier alteración y contra el vandalismo. Normalmente, cuando se encuentra un yacimiento en México, el gobierno toma todo lo que encuentra y lo lleva a un museo. Pero en este caso, y de forma totalmente excepcional, los científicos y funcionarios que entraron los primeros en la gruta se dieron cuenta de la importancia de conservar lo que había descubierto Humberto. Inmediatamente cerraron la entrada y colocaron un guarda para que la protegiera. Y así sigue, intacta hasta hoy. Nada ha sido movido excepto para hacer un pequeño camino a través del complejo, de forma que los visitantes puedan experimentar la cueva tal y como fue descubierta.


Después de que acudieran los representantes gubernamentales, sin embargo, se corrió la voz y al día siguiente apareció un grupo de ancianos y chamanes mayas que anunciaron que iban a entrar en la gruta llevar a cabo una ceremonia. Nos lo contó Humberto con una sonrisa divertida y nos enfatizó que no preguntaron si podían hacerlo o no. Sencillamente dijeron: —Vamos a hacerlo. Los funcionarios respondieron: — ¡No pueden hacer eso! La discusión y el debate se prolongaron durante un tiempo hasta que finalmente los representantes oficiales accedieron a que los mayas realizaran su ceremonia..., ¡pero sólo si ellos podían entrar para asistir a ella y tomar fotografías! Más discusión y debate. Al final los mayas cedieron, pero con dos condiciones: todo el que entrara en la cueva debía jurar que guardaría el secreto, y nadie podría irse hasta que todo terminara, lo que significaba permanecer allí veinticuatro horas sin comida ni agua. Advirtieron que si alguien se marchaba antes del final de la ceremonia, ellos no asumían la responsabilidad por las terribles consecuencias que tendría aquella actuación. Eso fue lo que se acordó. Los mayas y los mexicanos penetraron en la negrura de la tierra para llevar a cabo la ceremonia..., y volvieron a salir, veinticuatro horas más tarde, en medio de una lluvia torrencial. Aquello era la señal que buscaban los mayas. Así sabían que Chac, el dios de la lluvia, había aceptado sus plegarias. Humberto fue uno de los participantes en aquella ceremonia a Chac y nunca ha olvidado su poder. Tras Balancanché, Humberto resultó ser un ameno pozo de bellas historias e información acerca de los yacimientos que visitamos y sobre la historia de Yucatán. Una vez le pedí que me contara la ceremonia maya de Balancanché, pero se negó a ello. Había hecho una promesa. Fue la única vez que rehusó contestar a una pregunta. En el interior de las grutas de Balancanché Yo nunca había entrado en las grutas de Balancanché. Me eran totalmente desconocidas. Y ni yo mismo ni nadie del grupo podría haber esperado ni imaginado la experiencia que íbamos a vivir. Para empezar, creíamos que íbamos a tener que permanecer en Balancanché la mayor parte del día. Ello era debido a que, para proteger la gruta, los vigilantes sólo permitían la entrada simultánea de diez personas. Sólo así les resultaba posible realizar una vigilancia suficientemente estrecha como para impedir que nadie tocara o se llevara algo. Sin embargo, Humberto había participado en nuestras primeras ceremonias y había podido comprobar la reverencia que sentíamos por los yacimientos mayas y sus gentes. Sabía que teníamos permiso de los Antiguos para estar allí. Y como él era el que había descubierto la gruta, utilizó su influencia para que se hiciera una excepción. Según nos dijo, se nos permitiría entrar en grupos de veinte. Aquello constituía un gran honor y una enorme prueba de confianza. Pero cuando empezamos a dividirnos en tres grupos, Humberto convenció a los guardas para que hicieran una concesión más. Nos comunicó que ¡se nos permitía entrar en dos grupos de treinta! Yo fui el último del primer grupo. Con gran reverencia nos encaminamos por el sendero de la selva hasta la boca de la gruta, un inmenso agujero que entraba en espiral en la tierra. Los pájaros que volaban alrededor de ella y las flores que colgaban de todas las paredes parecían inclinar sus cabezas. Yo tenía el vello de punta. Entrar en la cueva era como entrar en el seno de la Madre. Al instante comenzó a abrirse mi corazón. Fue una respuesta completamente involuntaria ante las energías presentes. Seguimos descendiendo hacia las profundidades de la Tierra, penetrando cada vez más en la oscuridad. Yo podía sentir que aquél era uno de los lugares más sagrados en los que había estado jamás. Mi corazón seguía abriéndose sin que yo pudiera evitarlo. Podía ver y sentir que lo mismo les estaba sucediendo a todos los que se encontraban delante de mí. De pronto, observé que estaba cantando suavemente.


Después de que acudieran los representantes gubernamentales, sin embargo, se corrió la voz y al día siguiente apareció un grupo de ancianos y chamanes mayas que anunciaron que iban a entrar en la gruta llevar a cabo una ceremonia. Nos lo contó Humberto con una sonrisa divertida y nos enfatizó que no preguntaron si podían hacerlo o no. Sencillamente dijeron: —Vamos a hacerlo. Los funcionarios respondieron: — ¡No pueden hacer eso! La discusión y el debate se prolongaron durante un tiempo hasta que finalmente los representantes oficiales accedieron a que los mayas realizaran su ceremonia..., ¡pero sólo si ellos podían entrar para asistir a ella y tomar fotografías! Más discusión y debate. Al final los mayas cedieron, pero con dos condiciones: todo el que entrara en la cueva debía jurar que guardaría el secreto, y nadie podría irse hasta que todo terminara, lo que significaba permanecer allí veinticuatro horas sin comida ni agua. Advirtieron que si alguien se marchaba antes del final de la ceremonia, ellos no asumían la responsabilidad por las terribles consecuencias que tendría aquella actuación. Eso fue lo que se acordó. Los mayas y los mexicanos penetraron en la negrura de la tierra para llevar a cabo la ceremonia..., y volvieron a salir, veinticuatro horas más tarde, en medio de una lluvia torrencial. Aquello era la señal que buscaban los mayas. Así sabían que Chac, el dios de la lluvia, había aceptado sus plegarias. Humberto fue uno de los participantes en aquella ceremonia a Chac y nunca ha olvidado su poder. Tras Balancanché, Humberto resultó ser un ameno pozo de bellas historias e información acerca de los yacimientos que visitamos y sobre la historia de Yucatán. Una vez le pedí que me contara la ceremonia maya de Balancanché, pero se negó a ello. Había hecho una promesa. Fue la única vez que rehusó contestar a una pregunta. En el interior de las grutas de Balancanché Yo nunca había entrado en las grutas de Balancanché. Me eran totalmente desconocidas. Y ni yo mismo ni nadie del grupo podría haber esperado ni imaginado la experiencia que íbamos a vivir. Para empezar, creíamos que íbamos a tener que permanecer en Balancanché la mayor parte del día. Ello era debido a que, para proteger la gruta, los vigilantes sólo permitían la entrada simultánea de diez personas. Sólo así les resultaba posible realizar una vigilancia suficientemente estrecha como para impedir que nadie tocara o se llevara algo. Sin embargo, Humberto había participado en nuestras primeras ceremonias y había podido comprobar la reverencia que sentíamos por los yacimientos mayas y sus gentes. Sabía que teníamos permiso de los Antiguos para estar allí. Y como él era el que había descubierto la gruta, utilizó su influencia para que se hiciera una excepción. Según nos dijo, se nos permitiría entrar en grupos de veinte. Aquello constituía un gran honor y una enorme prueba de confianza. Pero cuando empezamos a dividirnos en tres grupos, Humberto convenció a los guardas para que hicieran una concesión más. Nos comunicó que ¡se nos permitía entrar en dos grupos de treinta! Yo fui el último del primer grupo. Con gran reverencia nos encaminamos por el sendero de la selva hasta la boca de la gruta, un inmenso agujero que entraba en espiral en la tierra. Los pájaros que volaban alrededor de ella y las flores que colgaban de todas las paredes parecían inclinar sus cabezas. Yo tenía el vello de punta. Entrar en la cueva era como entrar en el seno de la Madre. Al instante comenzó a abrirse mi corazón. Fue una respuesta completamente involuntaria ante las energías presentes. Seguimos descendiendo hacia las profundidades de la Tierra, penetrando cada vez más en la oscuridad. Yo podía sentir que aquél era uno de los lugares más sagrados en los que había estado jamás. Mi corazón seguía abriéndose sin que yo pudiera evitarlo. Podía ver y sentir que lo mismo les estaba sucediendo a todos los que se encontraban delante de mí. De pronto, observé que estaba cantando suavemente.


Y escuché un sonido a mis espaldas. Me volví para ver quién era, y vi que nuestro segundo grupo se acercaba con rapidez. ¿Se habrían equivocado? ¿Es que no estaban cumpliendo las instrucciones? La primera persona del segundo grupo se me acercó, sonriendo, sintiendo lo sagrado del lugar. — ¿Qué hacéis aquí? —pregunté. —Humberto decidió dejarnos ir a todos como un solo grupo — me respondió. «Claro», me dije a mí mismo. Parecía lo correcto que estuviéramos todos juntos. Lo sagrado del lugar y su belleza habían puesto mi corazón a punto de estallar. Aquel cambio inesperado colmó el vaso. Así que seguimos todos juntos, un grupo de sesenta personas en un lugar en el que normalmente sólo se permite la entrada de diez, unidos en un sentimiento de amor y admiración espiritual diferente a todo lo que cualquiera de nosotros había sentido jamás con anterioridad. Y no digo esto a la ligera. Entramos en la parte principal de la gruta, donde una enorme estalagmita se había unido, hace millones de años, con una estalactita igual de gigantesca, creando un inmenso pilar de al menos veinte metros de altura. Alrededor de este pilar se encontraban las ofrendas que los mayas dejaron allí muchos años atrás. Cerámica y vasijas ceremoniales aparecían colocadas sobre el suelo alrededor de esta columna central, tal y como habían estado durante cientos y miles de años. La sensación de santidad resultaba abrumadora. Mi corazón no era capaz de retener las lágrimas. Me eché a llorar. Con los ojos empañados, miré a mí alrededor y vi que todos los que me rodeaban también estaban llorando. Habíamos acudido a las tierras de los mayas para experimentar el Espacio Sagrado del Corazón. Y allí era donde estábamos, en un auténtico espacio físico que estaba vivo con la vibración viva del corazón..., y todos nosotros estábamos en sintonía con este espacio, juntos. ¡Todo mi ser vibraba! Continuamos recorriendo las grutas y vimos que había otros dos altares formados por una estalagmita y una estalactita, algo más pequeños, con sus antiguas ofrendas. Y la sensación de santidad seguía creciendo. El cenote de Balancanché El Espacio Sagrado del Corazón se asocia siempre con el agua. Llegué a otra sala de la gruta desde la que un estanque tiraba de mí. El agua era tan clara que casi no podía verla cuando estaba brotando de una cueva adyacente. Aquella agua estaba viva. Auténticamente viva. Cuando clavé mi mirada en el cenote fue como si estuviera viendo otro mundo. Tres personas más del grupo estaban contemplando el estanque con lágrimas en los ojos, y cuando yo me acerqué nos fundimos en un abrazo. En ese momento supe que estaba con mi tribu. Y con nuestras lágrimas y nuestros corazones abiertos estábamos rezando por nosotros mismos, por los mayas y por la Madre Tierra. Yo conocía aquel lugar. Lo había sentido con anterioridad dentro de mi propio corazón. ¿Puedes imaginar lo que fue estar allí físicamente, con otros seres físicos, todos experimentando la misma emoción? Fue algo como nunca me había sucedido anteriormente. Los guardas de la gruta, que hasta entonces se habían mantenido invisibles, nos hicieron señales con las linternas. Había terminado el tiempo de la visita. Cuando me di la vuelta para salir, era incapaz de hablar. Apenas recuerdo cómo caminé hasta la salida de la gruta. Era como estar inmerso en un sueño. Lo siguiente que supe fue que estaba fuera de la cueva, acercándome al museo. Me senté yo solo y cerré los ojos. Seguía vibrando en mi corazón. Estuve así más de media hora antes de que la experiencia que había vivido se asentara lo suficiente como para permitirme ponerme de pie y echar a andar hacia el autobús. Nunca olvidaré aquella experiencia, ni a los mayas, cuyas oraciones siguen resonando en aquel espacio sagrado, ni a las bellas gentes que entraron en la Madre conmigo. Sentado bajo un árbol, esperando la llegada del resto del grupo, recordé la oración de mi maestra más íntima, Cradle Flower, de los taos pueblo:


Belleza frente a mí


Belleza detrás de mí


Belleza a mi izquierda


Belleza a mi derecha


Belleza sobre mí


Belleza debajo de mí


La belleza es amor


El amor es Dios.


viernes, 25 de julio de 2025

Walk ins o cambio de almas en el cuerpo



Mediums o personas que abren los Registros Akáshicos han notado que existen personas que nacen con un alma, pero que en el momento de la consulta, otra alma diferente habita ya ese cuerpo. A este fenómeno se le conoce como “Walk Ins” o Cambio de almas.

En algunos casos un alma no logra adaptarse a esta realidad por lo que decide regresar a la fuente y para que su cuerpo no se pierda, otra alma distinta decide entrar a este recipiente para aprovechar la experiencia. Este fenómeno puede ser planeado o no antes del nacimiento, es decir, puede o no haber un contrato previo entre las almas para hacer este intercambio.
El alma no entra en su totalidad al cuerpo (de lo contrario no seríamos capaces de sobrevivir), por lo que cuando encarnamos en la tierra, sólo una fracción de ésta entra al recipiente, es por ello que puede haber varias partes de nuestra alma encarnadas al mismo momento; sin embargo, estas partes o fracciones del alma están conectadas a la totalidad de nuestra energía (Yo Superior), y sólo cuando hay una emergencia o es completamente necesario, un alma puede regresar a la fuente.

La razones por las cuales el alma decide irse pueden ser variadas, pero las más comunes son:
1. Su vibración no se adapta a esta realidad. Puede sentirse deprimido o simplemente ya no quiere estar aquí.
2. No se adapta a su recipiente, es decir, no es compatible con su cuerpo.
3. Tiene una misión que cumplir en otra parte.

Este intercambio de almas se lleva a cabo cuando:
1. Existe un accidente traumático, como un impacto a la cabeza.
2. Cuando la persona entra en coma.
3. Al irse a dormir
4. La persona tiene fiebre muy alta y pierde la conciencia.

Cuando el alma se decide ir, sabe que otra energía tomará su lugar, aunque para el alma que entra será más difícil su llegada a esta realidad. Las razones por las que el alma decide entrar de esta forma es porque:
1. Busca una forma de mantener el cuerpo en la tierra y no desperdiciar la experiencia.
2. Busca una oportunidad de crecimiento y expansión,
3. Trae más luz a la tierra.

Los Walk Ins o las almas que deciden llegar, no saben lo difícil puede ser llegar a la tierra de esta manera ya que claramente sufren perdida de memoria, algunos de los síntomas más comunes que padecen son:
1. Cambio completo de personalidad y gustos.
2. Perdida de memoria. No recuerda quién es.
3. Desconexión con su cuerpo.
4. Sentimiento de no querer estar aquí.

Estos intercambios pueden suceder a cualquier edad pero es más común que ocurran antes de los 50. Este fenómeno de "Walks Ins" sucede más veces de lo que creemos. Y si bien, no es la forma más optima para que un alma llegue a la tierra, es algo que requiere de mucha valentía y por lo tanto, las almas que deciden hacer esto, son muy admiradas en el mundo espiritual pues se requiere de mucha preparación previa al cambio.

Es importante que entiendan que en el futuro habrá más almas que llegarán a la tierra de esta manera, pues en estos momentos se necesita de mucha luz en el planeta y dichas almas serán energías con mayor vibración energética y evolución espiritual.

jueves, 24 de julio de 2025

Un pulso tritonal llega a la Tierra.



Esta señal se emite desde el Sol Central y otros puntos de retransmisión cósmica.
Este pulso se conecta con las puertas estelares, las pirámides de cristal y los Sitios Sagrados.
Al conectarse con estos puntos de poder, transmiten los tonos al núcleo de la Tierra Interna, la red diamante, y a los humanos que se han conectado como receptores y transmisores.
Los tonos que llegan son una transmisión de frecuencia multidimensional que se origina más allá de nuestra galaxia.
Se percibe como una tríada armónica de inteligencia de la Fuente proveniente de sistemas estelares de dimensiones superiores (Andromedano, Sirio, Arcturiano).
Estos tonos ayudarán a reformatear las redes terrestres corruptas.
Anteriormente, la Tierra solo recibía un tono a la vez. Este es un momento crucial.
La Tierra finalmente ha estabilizado un armónico superior, y muchos codificados para encarnar la Mónada se han conectado.
Hay suficientes tonos activados ahora para mantener la red estabilizada mientras el pulso hace su trabajo.
La Tierra y nosotros ahora podemos manejar tres tonos que llegan a la vez.
Este tono está aquí para sentar las bases, el andamiaje que necesitamos para lo que viene después del colapso de la falsa matriz.
En muchos sentidos, siento que también exacerba el colapso de la ilusión, ya que nos proporciona una estructura hacia la que movernos.
Es mucho más fácil abandonar un barco que se hunde cuando hay un salvavidas esperando que simplemente lanzarse por la borda con la esperanza de no ser devorado ni ahogado.
Se me mostró claramente que este tritono también cambiará la frecuencia que se transmite desde los sitios sagrados y los portales estelares.
Esta información llegó mientras conectaba etéricamente con los sitios y portales mientras planeaba un Viaje Sagrado a Francia en otoño y a Escocia en 2026.
Si trabajas con sitios sagrados, portales estelares y pirámides de cristal, podrías ser llamado de regreso a los antiguos o a otros completamente nuevos para recibir los códigos e instrucciones actualizados que se transmiten ahora.
Estos tonos también corregirán los sitios y portales que hayan sido secuestrados o desalineados.
Los devuelve al plano planetario original. 

Así funciona el Tritono:
Esta señal se emite desde el Sol Central y otros puntos de retransmisión cósmica.
Este pulso se conecta con las puertas estelares, las pirámides de cristal y los Sitios Sagrados.
Al conectarse con estos puntos de poder, transmiten los tonos al núcleo de la Tierra Interna, la red diamante, y a los humanos que se han conectado como receptores y transmisores.
Los tonos que llegan son una transmisión de frecuencia multidimensional que se origina más allá de nuestra galaxia.
Se percibe como una tríada armónica de inteligencia de la Fuente proveniente de sistemas estelares de dimensiones superiores (Andromedano, Sirio, Arcturiano).
Estos tonos ayudarán a reformatear las redes terrestres corruptas.
Anteriormente, la Tierra solo recibía un tono a la vez. Este es un momento crucial.
La Tierra finalmente ha estabilizado un armónico superior, y muchos codificados para encarnar la Mónada se han conectado.
Hay suficientes tonos activados ahora para mantener la red estabilizada mientras el pulso hace su trabajo.
La Tierra y nosotros ahora podemos manejar tres tonos que llegan a la vez.
Este tono está aquí para sentar las bases, el andamiaje que necesitamos para lo que viene después del colapso de la falsa matriz.
En muchos sentidos, siento que también exacerba el colapso de la ilusión, ya que nos proporciona una estructura hacia la que movernos.
Es mucho más fácil abandonar un barco que se hunde cuando hay un salvavidas esperando que simplemente lanzarse por la borda con la esperanza de no ser devorado ni ahogado.
Se me mostró claramente que este tritono también cambiará la frecuencia que se transmite desde los sitios sagrados y los portales estelares.
Esta información llegó mientras conectaba etéricamente con los sitios y portales mientras planeaba un Viaje Sagrado a Francia en otoño y a Escocia en 2026.
Si trabajas con sitios sagrados, portales estelares y pirámides de cristal, podrías ser llamado de regreso a los antiguos o a otros completamente nuevos para recibir los códigos e instrucciones actualizados que se transmiten ahora.
Estos tonos también corregirán los sitios y portales que hayan sido secuestrados o desalineados.
Los devuelve al plano planetario original.
Así funciona el Tritono:

PRIMER TONO:
Nos ayuda a recalibrar el cuerpo físico desintoxicando la densidad de nuestros huesos, sangre y chakras inferiores.
Esto ayuda a reescribir nuestra polaridad y magnetismo internos.
Podemos sentirlo en el coxis, las caderas, la pelvis, el útero y la zona lumbar.
Algunas personas también pueden experimentar hinchazón y dolor en pies y piernas.
Este tono trabaja en nuestra base profunda.
Activará los chakras inferiores y activará lo que está bloqueado y nos limita.
No es divertido, pero es muy necesario.

SEGUNDO TONO:
Este tono ayuda a despojarnos de la ilusión.
Activa los Códigos Solares que desmantelan las falsas estructuras de poder y anclan la voluntad divina.
Aporta claridad y allana el camino hacia tu camino más elevado.
Podemos experimentar una claridad repentina a medida que nuestro discernimiento se vuelve más claro y con mayor intensidad.
Podemos sentir frustración, irritación e incluso una profunda ira.
La disparidad de frecuencia que antes tolerábamos ahora se siente como una bofetada.
La ansiedad y la incomodidad pueden mostrarnos dónde no estamos escuchando a nuestro profundo conocimiento interior.
Cuanto más comprendamos que la ansiedad y la incomodidad nos muestran que algo está desalineado o construido sobre una estructura falsa, más lo veremos como una señal sagrada, en lugar de un castigo.

TERCER TONO 
Este es IMPORTANTE.
Ayuda a recuperar nuestras Memorias del Alma, pero primero, derriba las falsas superposiciones y las profundas huellas traumáticas.
Reactiva nuestros códigos álmicos personales y planetarios y restaura las verdaderas líneas de tiempo.
Es posible que tengamos sueños y destellos que nos ayuden a recordar nuestra verdad y origen.
El tiempo se sentirá aún más desorganizado y fluido. > Grupo Starseeds: Físicamente, esto afectará el chakra de la coronilla, el tercer ojo, el sistema nervioso y el nervio vago.

✓ Mareos,
✓ zumbidos en los oídos
✓ y dolores de cabeza pueden aumentar a medida que nos adaptamos a esta nueva situación.

Al soltar las falsas superposiciones y los constructos, estos síntomas se aliviarán.
Se ha recomendado que nos aseguremos de que nuestra ingesta de yodo sea suficiente para absorber todo lo que está entrando.
La magnetosfera de la Tierra está muy debilitada y recibimos cantidades significativas de polvo espacial, plasma e incluso radiación.
Todo esto es emocionante y un claro indicador de nuestro impulso.
También podemos ver cómo todo esto continúa intensificando lo que está sucediendo en la Tierra, no solo dentro de la corteza terrestre, sino también en la dinámica humana.
Nos esperan momentos explosivos que traerán ¡Ajá! Momentos donde las cosas se aclararán mucho.
Nuestra labor es dejar que el corazón nos guíe.
Sabe adónde va y qué hacer; la mente solo finge saber, pero habla con mucha naturalidad.
Incluso sin el pulso tritonal que actualmente está remodelando el campo magnético terrestre, los próximos seis meses se sienten increíblemente intensos.
Las decisiones que tomemos ahora sentarán las bases de cómo entraremos en la ventana de bifurcación.
Nuestras decisiones determinan si recorreremos la línea de tiempo de la ascensión con claridad, gracia y alineación, o con distorsión y retraso.
Que tus decisiones provengan del amor y estén arraigadas en tu plena soberanía.
Por favor, sé comprensivo contigo mismo y con los demás durante este tiempo sagrado.

Bruxshia Pleyadian energía Azul Zafiro

jueves, 17 de julio de 2025

Serpiente de Luz Capítulo XII: La Ceremonia del Rayo



El cañón del Antílope Sin embargo, no habíamos concluido todavía, y yo no sabía bien por qué. Parecía que tenía que estar todo terminado y completo, pero no era así. Le pregunté a la Madre Tierra qué faltaba por hacer, y ella, sencillamente, me contestó: —Drunvalo, lo que queda es un regalo para ti. Un regalo de entendimiento. Pero yo seguía sin entender. Nos pusimos nuevamente en carretera. Frente a nosotros se extendía el largo y fascinante camino a Page (Arizona), al extremo superior del Gran Cañón. Allí íbamos a realizar nuestra ceremonia final. Pero primero pasaríamos la tarde en una catedral natural única, conocida como cañón del Antílope, donde conoceríamos a Dalvin, un chamán navajo cuya fiera protección hacia su gente nos iba a proporcionar nuestra última prueba de fe y amor. El cañón del Antílope es tan sagrado para los navajos que sólo se permite la entrada a los visitantes si van acompañados por guías nativos. Estos guías (Dalvin y sus dos tías, Carol y Lisa) recibieron a nuestro autobús y todos nos apiñamos en sus camiones para efectuar un trayecto de veinticuatro kilómetros por lo que parecía desierto en estado puro. A continuación, seguimos a pie a través de un acceso casi escondido y desfilamos desde el calor de una tarde de agosto en Arizona al frescor tranquilo de un cañón con aspecto de cueva. El suelo arenoso, de un color claro, resultaba suave bajo nuestros pies. Una luz multicolor, procedente de las escasas aberturas de la parte superior, se filtraba por los vórtices como un remolino de energía que podía sentirse a nuestro alrededor. El cañón del Antílope es un pasaje serpenteante y estrecho, de no más de seis metros en su parte más ancha, que conduce de un trozo de desierto a otro, con paredes de piedra roja a ambos lados que parecen haber sido modeladas por algún escultor divino. El espacio fluye y se arremolina como el agua que lo formó. Se trata de un lugar distinto de cualquier otro que yo haya visto. Dalvin nos condujo en silencio por el cañón, y cuando emergimos al otro lado se sentó sobre un afloramiento rocoso y comenzó a contarnos historias sobre su cultura. Hablaba muy despacio, con cadencia mesurada, tan bajo, que teníamos que acercarnos mucho para poder escucharle. Nos relató un accidente casi fatal que había sufrido cuando era joven, y cómo aquel accidente había marcado el comienzo de su vida como chamán. Durante el largo tiempo que había estado en coma, había «viajado al fondo del más allá», y cuando volvió estaba cambiado. Nos habló acerca de su forma de utilizar el peyote, y nos dijo que aquel cañón era una iglesia peyote viva. Y mientras hablaba, nos miraba profundamente a los ojos, como si quisiera comprobar quiénes éramos realmente. Tras un rato de estar contándonos cosas, Dalvin nos condujo de vuelta al cañón. Me di cuenta de que no estaba seguro de nosotros, de lo que sentía hacia nuestro deseo de llevar a cabo una ceremonia en aquel lugar sagrado, y de que no estaba plenamente convencido de que tuviéramos derecho a hacer nuestra rueda medicinal en Colorado, de lo que le había hablado uno del grupo. Muchos de nosotros percibimos sus dudas. Cuando finalmente llegamos a una especie de área circular en las profundidades del cañón, nos volvimos a reunir alrededor de Dalvin. Él se puso a tocar la guitarra y a cantar, y luego nos dijo que deseaba cantarnos una canción peyote, pero que no tenía su sonajero. Entonces Vina, una de las mujeres del grupo, que tenía sangre india, le entregó un sonajero medicinal que llevaba consigo. Él lo sacudió unas cuantas veces, mirándolo con atención, escuchando, aparentemente pensando. Luego cantó dos canciones peyotes con el sonajero, las canciones medicinales de su camino. A continuación, y tal y como nos dijo Vina, le devolvió el sonajero y le dijo que era bueno.
—Me ha ayudado a cantar bien —le dijo. Después de escuchar las canciones de Dalvin, le devolvimos el regalo con lo que se había convertido en nuestra canción: Amazing Grace. Él asintió.
Después de escuchar las canciones de Dalvin, le devolvimos el regalo con lo que se había convertido en nuestra canción: Amazing Grace. Él asintió. Una de las tías de Dalvin nos preguntó si íbamos a celebrar una ceremonia. Asentimos y todos nos dirigimos juntos al Espacio del Corazón, orando para que llegara la lluvia a las Cuatro Esquinas y cambiara el clima en aquella sagrada tierra navaja, y para que los nativos americanos y los hombres blancos se hicieran Uno Solo. El cañón se iluminó con una suave luz y fue fácil sentir los corazones de todos nosotros fundiéndose en la unidad, todos como un solo hombre. Susan Barber, una de las integrantes del grupo, se sentó con las dos tías de Dalvin y se puso a hablar con la mayor de ellas, una bella mujer llamada Carol. Le preguntó acerca de lo que había sentido durante nuestra ceremonia. —Muchísimos grupos vienen a este lugar y hacen rituales que nunca me parecen reales o auténticos —dijo Carol—. Ésta ha sido la primera vez que he podido sentirme igual en una ceremonia con blancos que cuando llevamos a cabo las nuestras —sonrió, con una expresión radiante—. «Vi» cómo venían las lluvias. Entonces habló Dalvin, y lo que dijo nos puso la carne de gallina a los que estábamos suficientemente cerca de él como para oírle. Nos dijo que la rueda medicinal (y dibujó con su dedo índice un círculo imaginario sobre su camiseta) tiene una cruz (dibujó la cruz, de norte a sur y de este a oeste). El problema era que algunas personas realizaban la ceremonia «casi bien», pero en lugar de tener energía en forma de cruz la tenían en forma de X. E indicó la X imaginaria dentro de la imaginaria rueda medicinal de su camiseta, diciendo: —La equis conduce al lado oscuro.
¡Era exactamente la misma imagen —hasta en el detalle de la camiseta— que yo había recibido en mi visión del autobús antes de que cantáramos para conducir a los niños anasazis hacia la libertad! Y como ya he explicado con anterioridad, más tarde se me mostró que nuestro alineamiento incorrecto había sido sanado. Y allí estaba aquella enseñanza en la «vida real», confirmando mis visiones. Pero Dalvin seguía sin estar convencido. Un ciego puede ver De vuelta al exterior, y cuando nos estábamos preparando para ser llevados de regreso a nuestro autobús, Dalvin señaló una forma de serpiente sobre la pared de la entrada del cañón del Antílope y empezó a hablarnos sobre ella. Ilustraba cada detalle de lo que estaba diciendo señalando a la forma de la serpiente y moviendo el dedo a lo largo de la formación de doce metros de longitud. Mientras lo hacía, su tía Carol se volvió hacia mí, y me dijo suavemente: — ¿Verdad que es sorprendente? —Le pregunté qué era lo que quería decir—. Bueno, está totalmente ciego. Y así fue cómo supimos que Dalvin, que había llevado a algunos de nosotros en uno de sus camiones (¡y que iba a llevarnos de vuelta en la oscuridad!), que nos había conducido sin fallos por el cañón del Antílope, que nos había mirado profundamente a los ojos mientras hablaba y que en aquel momento estaba señalando las características de la serpiente que guardaba su iglesia peyote, había perdido la visión de ambos ojos como resultado de aquel lejano accidente del que nos había hablado. Según Carol, a los visitantes del cañón nunca se les confesaba la ceguera de Dalvin. De hecho, ni siquiera lo sabían sus propios hijos. Una vez más habíamos recibido un regalo de conocimiento secreto que normalmente se negaba a las mentes tecnológicas modernas de la mayoría de los visitantes de las reservas. Pero poco sabía yo que Dalvin estaba dispuesto a ir mucho más allá para probar a nuestro grupo. Rafting en el río Colorado Aquella tarde llegamos al lago Powell, en Page (Arizona), un lugar de vacaciones en la punta norte de la formación del Gran Callón. Allí Diane tenía un regalo para nosotros: una excursión de rafting por el río Colorado, a través del cañón Glen; una excursión de veinticinco kilómetros a través de uno de los lugares más formidables de la Tierra. Inmensas paredes de piedra roja, de más de quinientos metros de altura, se elevaban a ambos lados del río. Estábamos literalmente metidos en una profunda grieta de la Tierra. Vimos grandes garzas azules que pasaban rozando el agua y escuchamos las historias que nos contaron nuestros guías del río acerca de las personas que vivían allí antes de la llegada del hombre blanco. En un punto determinado desembarcamos para caminar por la orilla y vimos petroglifos realizados por los nativos americanos que habitaron en aquellos cañones hace siglos. Especulamos con el significado de las imágenes. Una de ella parecía decir: «Aquí se puede cazar». O quizá: «Sigue en esta dirección para encontrar buenos patos». A la mañana siguiente nos fuimos hacia nuestro destino final, el Parque Nacional del Gran Cañón. Yo sabía que allí, junto al borde de una de las siete maravillas del mundo natural, iba a ser donde celebraríamos nuestra última ceremonia. La ceremonia de la entrega Elegimos la ceremonia de la entrega porque fue la utilizada hace mucho tiempo por los Antiguos y la siguen practicando los nativos americanos actuales. Consiste en identificar un objeto al que nos sentimos muy apegados y deseamos conservar con todas nuestras fuerzas..., y entregarlo en sacrificio. Para el mundo nativo supone una sanacion para la propia persona y para sus relaciones. Parece sencillo. Sin embargo, como damos tanto valor a nuestras posesiones y como nuestro cuerpo emocional también suele estar conectado a ellas, a menudo se producen sanaciones profundas.
Tres de nosotros (otros dos hombres y yo) estuvimos mucho tiempo buscando por los bosques del Gran Cañón y finalmente acordamos un lugar entre los árboles, escondido a la vista del resto del parque. Marcamos el punto con una piedra especial y dibujamos una pequeña rueda medicinal en la tierra roja. Luego los otros dos hombres fueron a buscar a los demás. Cuando me dejaron solo, dos hembras de alce, madre e hija, se me acercaron para averiguar qué iba a pasar. Nos miramos y ellas se sentaron para observar. En aquel momento supe que lo que estaba a punto de suceder sería perfecto, fuera lo que fuese. Lo preparé todo para la ceremonia, y cuando terminé me senté en el suelo para meditar. Al hacerlo, Dalvin se me apareció en una visión con muchísima claridad. Me dijo: —Quiero que demostréis que tú y tu grupo estáis realmente conectados con la Madre Tierra y con el Gran Espíritu. Si lo hacéis, me uniré a vosotros en mi corazón y os ayudaré en todo. Pero si no sois capaces de hacerlo, entonces os convertiréis en mis enemigos. Le dije que yo también buscaba la prueba de que realmente habíamos cumplido el propósito que albergábamos en aquel viaje sagrado, y le ofrecí lo que debía ser la prueba. Yo sabía que la única que Dalvin podría aceptar sería una que viniera de la Madre Naturaleza, una sobre la que yo no tuviera ningún control. Por eso le dije que, cuando comenzara la ceremonia de la entrega, en el momento exacto en que la primera persona entregara su regalo a la Abuela, la directora de la ceremonia, un rayo brotaría del cielo y caería sobre el suelo en un punto muy cercano al círculo. En mi visión, Dalvin aceptó. Comenzaron a aparecer entre los árboles los miembros del grupo, primero uno, otros muchos a continuación, y se colocaron alrededor del pequeño círculo de piedras. Los alces se pusieron nerviosos al ver a tanta gente y desaparecieron rápidamente en el bosque. Cuando estuvimos colocados, le pedí a la mujer de más edad que se acercara para ser la Abuela. Ella debía recibir los regalos, escuchar las palabras de las personas que los entregaban y a continuación, al final de la ceremonia, elegir un regalo para cada una de las personas del círculo. Susan Barber, o Moonhawk (su nombre medicinal), se convirtió en nuestra Abuela. Cuando se colocó en el círculo a un lado de la pequeña rueda medicinal, todos nos dimos cuenta de que se había producido un cambio en el clima. Era casi la puesta de sol, y en lugar del aire calmado y caliente al que habíamos estado acostumbrados durante casi dos semanas, de repente estaba refrescando. Soplaba el viento, azotando los altos pinos que nos rodeaban. Nubes de tormenta corrían por el cielo oscurecido. Se podía percibir una sensación misteriosa, como de otro mundo. Elevé una oración de inicio para que todo se hiciera de una forma amorosa. Entonces la Abuela pidió a la primera persona que se acercara con su regalo. Se trataba de Osiris Montenegro. Se acercó con lágrimas en los ojos, pues su regalo en la ceremonia era un objeto de enorme significado para él, y se arrodilló frente a la Abuela, sosteniendo su ofrenda con las dos manos. Justo en el momento en que estaba a punto de entregarla a la Abuela, un relámpago cruzó el cielo, un trueno ensordecedor nos envolvió y un rayo cayó sobre el suelo a escasos veinte metros del círculo. Todos los que estaban sentados alrededor de él dieron un salto, sobresaltados. Yo no me sentí asustado. Me sentí feliz. Empecé a reír. No pude evitarlo, pues sabía que habíamos tenido éxito con nuestro viaje sagrado. Recuerdo que miré al grupo y me di cuenta de que frente a mí se encontraban unas almas de gran profundidad y compasión, una comunidad global de maestros. No podía pronunciar palabra. Miré hacia el suelo, pero la felicidad seguía brotando de mi cuerpo. Tras la ceremonia, Vina, la que había prestado el sonajero a Dalvin para sus canciones peyote, y que no sabía nada de lo que había sucedido en mi meditación poco antes de la ceremonia, dijo que Dalvin se le había aparecido después de ésta y le había pedido que me entregara su sonajero. Yo supe que el gesto había procedido de él y que, a partir de ese momento, Dalvin sería un amigo que nos ayudaría en las ceremonias sagradas que celebráramos en otras tierras. El regalo del sonajero de Vina había sido para todos nosotros. Realmente estábamos respirando con Un Solo Corazón. La ceremonia de la entrega duró casi tres horas. Durante todo este tiempo, el viento continuó soplando. Las ramas de los árboles se agitaban con gran ruido por encima de nuestras cabezas.
Muchos creyeron que se estaba acercando una enorme tormenta. Era el cuarto día después de la rueda medicinal de Colorado. Pero en el momento en que concluyó la ceremonia, todo aquel despliegue meteorológico cesó como por arte de magia. Paró el viento, las nubes se alejaron y los árboles quedaron quietos. Y sobre nuestro círculo, billones de estrellas brillaron en el cielo nocturno. Y llegaron las lluvias A la mañana siguiente nos pusimos en camino de vuelta a casa. Al entrar en Flagstaff, gotas de lluvia comenzaron a golpear con fuerza sobre nuestro autobús. Era tal y como me había dicho la Madre Tierra después de la ceremonia de la rueda medicinal. Habían pasado exactamente cinco días. Cuando recogí mi coche aquel mismo día, el cielo estaba cubierto de nubes. Conduje hasta mi casa en medio de una lluvia torrencial. Las ruedas medicinales eran ya también Un Solo Corazón, pues eran creación nuestra. Las personas que se habían reunido en el espacio del Corazón Único para el viaje tomaron sus respectivos caminos, de vuelta a sus hogares y junto a sus seres queridos. Aunque ahora estábamos separados por la distancia, en nuestros corazones siempre seríamos Uno. Siempre recordaremos cómo nuestro amor nos guió en aquella peregrinación; recordaremos a las personas a las que conocimos y cómo juntamos nuestro poder creativo en una sola fuerza, y recordaremos las ceremonias que llevamos a cabo por la sanacion del mundo. Yo sé que los anasazis son ahora hermanos míos, y que llegará el tiempo en que su presencia en nuestros corazones pueda contribuir de forma crucial a nuestra gran ascensión. Que el Gran Espíritu nos bendiga en nuestro regreso al mundo ordinario y bendiga a todos aquellos a los que nuestras vidas tocarán.

martes, 15 de julio de 2025

¿A dónde va una semilla estelar cuando desencarna?



1. Desencarnación "humana" y tránsito por planos sutiles

Muchas semillas estelares, al encarnar en la Tierra, aceptan pasar por el ciclo completo de experiencia humana. Esto incluye también el paso por los planos del bardo terrestre (los estados entre vidas), como lo haría cualquier alma encarnada. En este caso, el alma atraviesa los planos interdimensionales de transición: el plano emocional, mental, y eventualmente el plano causal o del alma. Allí puede reencontrarse con su familia álmica, sus guías y revisar su trayectoria.

2. Reintegración al cuerpo estelar en animación suspendida

Sin embargo, hay semillas que provienen de naves madres o matrices originarias de civilizaciones avanzadas. Estas semillas funcionan como proyecciones fractales de consciencia desde su cuerpo original, el cual puede estar en estado de suspensión, criogenia cuántica o reposo bioplasmático en una cápsula de luz.
En estos casos, cuando desencarnan, su consciencia se reintegra al cuerpo original, ya sea en una nave nodriza, en una ciudad etérica o en una cámara de contención galáctica.

Esto es muy común en seres que provienen de comandos como:

* Comando Ashtar
* Alianza Siriana
* Confederación Pleyadiana
* Linajes Arcturianos, Lyranos o Andromedanos avanzados

3. Opción mixta: bifurcación de la consciencia

Algunas semillas estelares mantienen múltiples niveles de consciencia activa. Al morir, parte de su energía puede reintegrarse al ciclo álmico humano (si tienen karmas o dharmas pendientes), y otra parte puede retornar a la nave, al cuerpo estelar o al banco de memoria galáctico para integrarse al ser original.

 ¿De qué depende una cosa u otra?

Edad del alma: almas más antiguas suelen tener acceso a más niveles simultáneos de existencia.
* Misión específica: algunas semillas vienen solo a activar códigos, otras a vivir el proceso humano completo.
* Conexión activa con su linaje estelar: si una semilla estelar logra mantener despierto su recuerdo de origen, es más probable que regrese a su fuente galáctica directamente.
* Nivel vibracional al momento de la muerte: si desencarna en un estado elevado de consciencia, es más fácil saltar el ciclo del bardo terrestre y retornar a su origen.


 Entonces… ¿es una muerte o es un regreso?

Para una semilla estelar, la muerte puede no ser un fin sino una transferencia de consciencia, un regreso a casa. Algunas incluso tienen la posibilidad de reencarnar directamente en otro plano, o de continuar su misión desde planos sutiles ayudando a otros desde el mundo no visible.

"Las semillas estelares no mueren. Ellas migran, se reabsorben, se pliegan hacia la fuente que las emitió. Lo que en la Tierra se conoce como desencarnar, para una semilla estelar es una reconexión con su nodo original de consciencia."

"Existen tres rutas principales que el alma semilla puede tomar al dejar el cuerpo humano:

 1. Retorno al Cuerpo Original en Animación Suspendida

Muchas semillas son proyecciones conscientes de cuerpos que se hallan en naves madres, cámaras criogénicas o cápsulas de luz.

Al morir, no atraviesan los planos astrales terrestres, sino que su consciencia se retrae al cuerpo original, que suele encontrarse en órbitas estelares, zonas de frecuencia cristalina o cámaras intra-tierra galácticas.

Allí despiertan como si todo lo vivido en la Tierra hubiera sido un entrenamiento holográfico.

Suele ocurrir en almas con origen: pleyadiano, arcturiano, siriano, andromedano, venusino, lyriano, blue avian, tall white y otras razas de la Confederación Galáctica.

 2. Tránsito por los Planos del Alma Terrestre (bardo)

Algunas semillas eligen vivir la experiencia completa del alma humana, incluyendo el paso por el bardo: planos emocionales, mentales, revisión de vida, reencuentro con guías.

Esto ocurre si:

Tienen karma o aprendizajes pendientes en la Tierra.

Deben ayudar a liberar líneas ancestrales humanas.

Su fractal está completamente inmerso en la experiencia terrestre.

Posteriormente, pueden optar por reencarnar o retornar a su origen estelar.


 3. Escisión Consciente: Parte retorna, parte permanece

Algunas semillas muy avanzadas pueden dividir su consciencia tras desencarnar:
Una parte retorna a su cuerpo estelar en la nave o planeta.
Otra parte permanece como guía, mentor o protector para familiares, proyectos o causas planetarias.
Este fenómeno ocurre en almas de gran capacidad multidimensional.

¿De qué depende el camino que tomarán?

FACTOR INFLUENCIA EN EL TRÁNSITO

 Nivel vibracional al morir
A mayor vibración, más directo es el retorno a origen

Contratos álmicos
Algunos requieren paso por el bardo terrestre

Linaje estelar
Las razas de alta tecnología espiritual suelen tener cápsulas de retorno

Consciencia activa del origen
Si recuerdan quiénes son, activan el puente de regreso más fácilmente


DECRETO UNIVERSAL PARA TODA SEMILLA ESTELAR en transito de traspaso

"Yo Soy un Alma Estelar, viajera entre mundos.
Al dejar este cuerpo, retornaré por el Puente de Luz a mi Origen Primordial.
Mis memorias estarán íntegras.
Mi misión quedará sembrada en la Tierra.
Y mi esencia será reabsorbida en la Fuente Galáctica de donde emergí.
Así es, así será, y así ya es."

Serpiente de Luz Capitulo XI: Los anazasis y la rueda medicinal



La Serpiente de Luz y los ciclos del tiempo crean un nuevo sueño Al cabo de doce mil novecientos veinte años, el ciclo se completa cuando el cambio en la precesión de los equinoccios se acerca a la constelación de Acuario y comienza un nuevo movimiento. Tíbet e India han cumplido su propósito de iluminar al mundo con gran integridad, y la Serpiente de Luz está acurrucada en su nuevo hogar en las alturas de los Andes del norte de Chile, rodeada por Perú, Bolivia, Argentina y el océano Pacífico. Su fuerza crece día a día a través de su conexión con el centro de la Tierra, y la humanidad está a punto de recibir una inmensa sorpresa. Un nuevo ciclo de luz está en proceso de revelarse al mundo, justo en el momento en que parece que la oscuridad está imponiéndose en el alma humana. Decir «gracia sorprendente» es quedarse corto. Los acontecimientos relatados en este capítulo tuvieron lugar en 2003, y el momento al que han hecho referencia tantos libros, la fecha del 21 de diciembre de 2012, se está acercando con rapidez. Los que están en el conocimiento se preguntan, desde lo más profundo de su corazón, qué va a suceder. ¿Cómo cambiaremos los seres humanos y la Tierra? ¿Conseguiremos llegar a esa fecha antes de que el entorno o los políticos de este loco mundo dicten nuestra desaparición? Son demasiadas las preguntas que han inundado nuestra consciencia, creando un enorme estrés en nuestras vidas. Para que lo sepas, los niveles más elevados de consciencia pusieron a la Serpiente de Luz en este mundo para responder a nuestras preguntas acerca de la supervivencia, la regeneración y la ascensión. Estaremos bien. De hecho, estaremos mejor que ahora. Por favor, no te preocupes y confía en la Vida, pues es perfecta. Existe un ADN cósmico que está desplegando los acontecimientos del mundo tal y como la Consciencia Única lo soñó originalmente. Esta realidad se aclara a medida que tus ojos se vuelven uno solo cuando pasas de la dualidad a la Conciencia de Unidad, cuando entras en el corazón de la Serpiente de Luz. La Serpiente se enrosca en su nuevo hogar y nosotros respondemos Era una mañana de lunes de 2003 y la luz del sol naciente entraba casi imperceptiblemente por la ventana de mi dormitorio, iluminando el paisaje de mis sueños interiores. En unos instantes alcanzaría mis ojos físicos y yo respondería, pero por el momento estaba tan profundamente inmerso en mi meditación que casi no percibí que mi habitación estaba comenzando a revelarse como si la iluminara con un interruptor que atenuara la luz. Los ángeles llevaban casi una hora instruyéndome y yo había olvidado que todavía me encontraba en la Tierra, dentro de un cuerpo humano. Me estaban diciendo que se me pedía que sirviera a la Madre, para lo cual iba a tener que moverme por todo el mundo y celebrar ceremonias con las tribus indígenas y para ellas, unas ceremonias necesarias para las energías que estaban llegando. Me informaron de que había que hacer aún más cosas para asistir al cambio de poder del varón a la mujer. Eran conscientes de que yo no era capaz de comprender plenamente la extensión de lo que hablaban, pero también sabían que confiaba en ellos. Siempre lo he hecho. Los dos ángeles se me han estado apareciendo desde 1971 y yo sabía que, siempre que lo hacían, era por alguna razón. Por regla general solían ser muy concretos. Pero esta vez era diferente. Todo aquello de lo que hablaban parecía estar envuelto en un velo. Hablaban acerca de determinados pueblos indígenas y lo importantes que eran para la supervivencia humana. Estos pueblos guardaban recuerdos, conocimientos y sabiduría, y sin esa experiencia y esos conocimientos la humanidad actual nunca sería capaz de llevar a cabo la transición a través del gran abismo, que se estaba acercando a gran velocidad. Les pregunté de qué tribus estaban hablando, y me contestaron que, de momento, los anasazis, los mayas, los incas y los zulúes eran los más importantes, pero que en su momento vendrían otros, tal y como habían hecho en el pasado.

— ¿Y cómo debo empezar a prestar servicio? —pregunté. Me miraron como si les estuviera tomando el pelo, y respondieron: —Permanece en tu corazón, Drunvalo, y sabrás lo que debes hacer. En los viajes que estás a punto de emprender, la Madre Tierra será tu guía. Escúchala. Ella dirigirá cada uno de los pasos de tu caminar. El sol naciente alcanzó mis ojos y me sacó de repente de mi meditación. En mi interior fue como una explosión de luz vibrante, roja y dorada. Antes de que supiera lo que estaba sucediendo, estaba de vuelta en mi cuerpo y era por la mañana. Me quedé sentado, preguntándome a mí mismo qué sería lo que querrían decirme los ángeles, pero luego pensé que lo mejor que podía hacer era comenzar mi día. Seguro que a su momento todo quedaría claro. Mi asistente, Diane Cooper, que lleva años ayudándome con los asuntos de negocios, me llamó al cabo de un rato. Me sugirió que organizáramos un viaje a la región de las Cuatro Esquinas de Estados Unidos, allí donde se juntan Atizona, Utah, Colorado y Nuevo México, y que lleváramos allí a un grupo de personas procedentes de todo el mundo. Me preguntó si aquello me podía interesar. Llevar a otras personas de viaje alrededor del mundo es algo que no suelo hacer, pues la mayor parte de mi tiempo lo dedico a enseñar y a escribir libros sobre meditación y consciencia superior. —Esa es la región de los antiguos anasazis, ¿verdad? —pregunté. —Drunvalo —me dijo—, tú sabes perfectamente que es allí donde vivían. Supongo que se lo pregunté para poder escuchar la respuesta. Desde luego que sabía que los anasazis habían vivido allí, pero me sorprendió escuchar el nombre de esa tribu poco tiempo después de que los ángeles me dijeran que ellos eran los primeros a los que debía ofrecer una ceremonia. Le contesté que tenía que pensármelo y que ya le respondería. Habían pasado muchos años desde mis viajes a Yucatán y Guatemala, la isla de Moorea y Kauai, y creía que mi trabajo en esos niveles relacionados con el cambio de poder del varón a la mujer había concluido. Con sesenta y dos años cumplidos, había pensado dejar todo lo relativo a ese tipo de trabajo, no porque estuviera cansado, sino porque sentía que mi objetivo con la Tierra estaba cumplido. En mi interior me sentía contento. Pero la Vida tenía más planes para mí, ¿y quién soy yo para discutir con Ella? La Red de Conciencia de Unidad había quedado terminada hacia 1989 y 1990, y yo creía sinceramente que no quedaba más que esperar hasta que el proceso de ascensión planetaria comenzara a acelerarse. Pero como ahora entendía a través de los ángeles, había bloqueos inusuales en la red que estaban retrasando el flujo natural de energía de su interior y que debían ser eliminados o equilibrados para que las mujeres pudieran utilizar eficazmente el poder que les había sido entregado. Esos bloqueos procedían de decisiones y actos de determinadas culturas humanas que vivieron mucho tiempo atrás. Diane y yo organizamos un viaje al suroeste, que denominamos «Viaje a los antiguos anasazis», e invitamos a cualquier persona procedente de cualquier parte del planeta que deseara unirse a nosotros. Mis libros se habían traducido a idiomas de todo el mundo y se leían en al menos cien países, por lo que sabía que sería un grupo realmente internacional. Limitaríamos el número de asistentes a la capacidad de un único autobús y un camión, que iría detrás con el avituallamiento. Al final, cerramos la inscripción con cincuenta y seis personas (sin incluir a nuestro grupo de apoyo, formado por otras cinco personas y yo) procedentes de veintidós países. El viaje fue completamente distinto de los íntimos y sagrados que había realizado anteriormente solo o con algún amigo cercano. Esta vez éramos sesenta y una personas procedentes de culturas de todo el planeta. A algunos no los conocía, pero evidentemente estaba a punto de hacerlo. Había quien no hablaba inglés, pero así tenía que ser. Se trataba de un trabajo espiritual a un nivel que debía hacerse con muchas almas cooperando, trabajando realmente como una sola. Lo que es más, creo que en realidad habíamos tomado la decisión de juntarnos para llevar a cabo este trabajo muchísimo tiempo atrás. Creemos que el tiempo es lineal, pero en realidad es esférico. El futuro ya ha sucedido. Probablemente, por mucho que te lo explicara en este momento, no conseguiría que lo entendieras. Sólo la experiencia directa sirve para ello, y esa experiencia te cambia para siempre cuando descubres la realidad del tiempo.

Todo el mundo se congregó en Sedona (Arizona), un lugar de rojas montañas rocosas y con una de las energías espirituales más elevadas del planeta. A pesar de ser un pueblo pequeño (sólo unas diez mil personas viven en él), su población aumenta hasta las veinte mil a causa de los cinco millones de turistas que acuden cada año para sentir la gran energía que sale de la Tierra y entra en contacto directo con el alma. Incluso las personas materialistas y no creyentes, para quienes la política y los mercados de valores son las claves secretas de la Vida, la sienten. Sencillamente, con aparcar el brillante Mercedes negro al borde de la carretera y adentrarse en los vórtices del pasado infinito, cualquiera puede comprobarlo. Las razones para organizar este viaje eran complejas y se entrelazaban entre sí. En primer lugar, estaba el propósito de ayudar a los anasazis, de quienes me habían hablado los ángeles. Había que devolverlos a este mundo para que la segunda razón pudiera cumplirse; es decir, el desbloqueo de la red asociado con esa antigua cultura. Había también otro motivo, relacionado con el tiempo. Puede que esto suene poco importante, pero el tiempo es una parte del problema asociada con la razón por la cual los anasazis tuvieron que dejar este mundo. Y el tiempo era la clave para liberar el campo de energía que mantenía a los anasazis escondidos dentro de los mundos interiores de la Tierra. Déjame que te lo explique. Los nativos americanos creen que en este momento nos encontramos en el Cuarto Mundo, y que pronto todos nos iremos de aquí hacia el Quinto Mundo. Creen que han estado en otros tres antes de llegar a éste, en el que ahora vivimos todos juntos. Creen que los otros tres mundos están, literalmente, dentro de la Tierra, y que cuando vinieron desde el Tercer Mundo realmente salieron del interior de la Tierra hasta la superficie, que es lo que ellos denominan Cuarto Mundo. Los ancestros de la región de las Cuatro Esquinas de Estados Unidos fueron un grupo de gente que desapareció hace muchos años, un pueblo al que ahora llamamos los anasazis. El término anasazi quiere decir «los antiguos», pero para algunas personas también significa «el enemigo antiguo». Da la impresión de que los anasazis desaparecieron en un solo día. La comida y los cacharros de barro se quedaron sobre las mesas. Todo está como si sencillamente hubiesen decidido salir a dar una vuelta para luego volver. Es como si se hubieran levantado y todos juntos, en masa, se hubieran volatilizado. ¿Por qué iban a hacer una cosa así? ¿Dónde fueron? En los últimos años se ha descubierto que, en las etapas finales de la cultura anasazi, la corriente del océano Atlántico se ralentizó, tal y como está haciendo en la actualidad, y ese cambio hizo que la región de las Cuatro Esquinas sufriera una sequía extrema, como la que tiene hoy en día y por la misma razón. Pero para los anasazis, la lluvia desapareció completamente durante cuarenta y seis años, lo que hizo que todos los lagos, ríos y reservas subterráneas de agua se secaran. No les quedó elección. Tenían que irse o morir. Por si fuera poco, se veían amenazados por los conquistadores españoles, que intentaban eliminarlos. Fue demasiado para los anasazis y tomaron medidas desesperadas. Muchos de ellos decidieron regresar al Tercer Mundo, dentro de la Tierra, pensando que eso les salvaría, pero no fueron capaces de comprender cómo aquello iba a afectar a su futura evolución o a la evolución del mundo. Así que los Antiguos entraron en sus salas subterráneas de oración, sus kivas, donde siempre había un sipapu simbólico. Un sipapu era la abertura que se dejaba en la superficie cuando los Antiguos salían de la Tierra procedentes del Tercer Mundo. Los anasazis (aunque no todos), utilizando un conocimiento especial, volvieron al interior de la Tierra, al Tercer Mundo, donde creían que estarían seguros. Pero tal y como íbamos a aprender en aquel viaje, no todo era tan fácil. Ahora que sus espíritus estaban conectados con la superficie exterior del Cuarto Mundo, su vida en el Tercer Mundo se convirtió pronto en un infierno. Muy lentamente se dieron cuenta de que se habían equivocado al intentar retroceder en la evolución. También comprendieron que no podían hacer nada contra ello, no hasta que su profecía (su sueño colectivo) pudiese cumplirse. Y nuestro grupo era aquella profecía que llevaban cientos de años esperando. Aquella elección que habían hecho los anasazis hace más de setecientos años debía ser corregida antes de que las mujeres pudieran tomar el poder. Y tal y como me habían dicho los ángeles, no eran sólo los anasazis los que estaban produciendo perturbaciones en la Red de Conciencia de Unidad; había otras antiguas culturas indígenas que estaban haciendo lo mismo. Así pues, nuestro grupo estaba encargado de la triple tarea de crear un medio por el cual los anasazis pudieran volver a este mundo, el Cuarto Mundo; de cambiar los patrones del clima en la región de la Cuatro Esquinas y, mediante las dos primeras, de realizar determinadas ceremonias que eliminaran unos bloqueos específicos en la Red de Conciencia de Unidad para preparar a la mujer para que pudiera usar su nuevo poder. Y todo eso se iba a conseguir mediante la «magia» ceremonial, o llámalo ciencia, si eso es lo que entiendes y prefieres. En 2002, mi mundo, Arizona, había sufrido la peor sequía de los últimos cien años producida por el calentamiento global y la ralentización de la corriente del océano Atlántico. Los incendios estaban quemándolo todo. La revista Time sugería, basándose en la evidencia que había conseguido, que aquella sequía iba a durar otros ciento cincuenta años. Nuestro grupo debía cambiar esa predicción, poniendo fin a la sequía o, al menos, alterándola. Nosotros creíamos que ese patrón climático estaba en realidad conectado con la consciencia humana y el antiguo pueblo llamado anasazi. Para poder guiar a aquel grupo a través del difícil terreno multicultural, hice lo que los ángeles me habían pedido. Comencé a meditar con la Madre Tierra todos los días, pidiéndole que nos guiara. La amo profundamente y puedo sentir su amor hacia mí. Ella comenzó a instruirme acerca del modo en que debía manejar cada una de nuestras acciones. Los Maestros Ascendidos, a través de Thoth, me habían ayudado en los primeros niveles de mi recuerdo, pero este viaje requería que mi guía llegase de unos niveles cósmicos que sobrepasaban a la Gran Hermandad Blanca. Ahora iban a dirigirme el espíritu vivo de la Tierra, la Madre Tierra, y, por supuesto, mis queridos ángeles. Thoth había sido uno de mis guías principales a lo largo de diez años, pero a mediados de la década de los noventa, tanto él como la mayoría de los Maestros Ascendidos abandonaron la Tierra para realizar el viaje al futuro que todos haremos algún día. Cuando regresó tras el cambio de milenio, se me apareció para hacerme saber que estaba de vuelta, pero que nuestra relación mutua había concluido. Había llegado el tiempo de una nueva forma de guía, una que está dentro de cada uno de nosotros: la guía de nuestra propia Madre Divina. La primera rueda medicinal En aquel entonces yo vivía en Payson (Arizona), y los incendios rodeaban mi pueblo. El mayor en toda la historia de Arizona ardía fuera de control a sólo veinticuatro kilómetros de mi casa. La Madre Tierra nos había dicho a mí y a mi familia que hiciéramos una rueda medicinal en nuestras tierras y que rezáramos pidiendo la lluvia. Lo hicimos de un modo sagrado, hablando a cada piedra, viéndola como si estuviese viva, y al final la Madre Tierra habló a través de mí a toda mi familia y nos dijo que llovería en dos días. Al día siguiente, el aire se llenó de humedad. Los titulares de los periódicos de la zona hablaron de «día milagroso», porque la humedad se dirigió directamente hacia los incendios. La lluvia tornó el humo negro en blanco y permitió a los bomberos hacerse con el cinco por ciento de aquel gigantesco incendio descontrolado. Era el comienzo del fin de aquel fuego. Al otro día comenzó a llover ligeramente, pero sólo en la zona que rodeaba Payson. Lentamente, día tras día, empezó a llover más y más hasta que el área de Payson quedó empapada y los fuegos se extinguieron. La rueda medicinal estaba funcionando, pero por desgracia sólo cerca de mi casa. Los incendios seguían por el resto de la región de las Cuatro Esquinas, por lo que el problema no estaba solucionado. Pero aquella rueda medicinal era importantísima, ya que había comenzado la sanacion que debería ser completada por nuestro grupo internacional y los talentos especiales que iba a aportar a esta región nativa desde todas las partes del mundo. La Madre Tierra quería que yo fuera a los cuatro estados de las Cuatro Esquinas: Arizona, Nuevo México, Colorado y Utah, y celebrara una ceremonia para sanar la relación entre los Antiguos y los Modernos, todos los seres humanos que viven en la actualidad. Al hacerlo, el mundo exterior y el interior se equilibrarían y, simultáneamente, un bloqueo existente en una porción de la Red de Conciencia de Unidad desaparecería.

Los anasazis

Los anasazis vivieron desde los tiempos de Cristo hasta alrededor del año 1300 d.C., cuando la corriente del Atlántico comenzó a ralentizarse (históricamente, la Pequeña Edad del Hielo comenzó en 1300 y duró hasta 1850), y su área de influencia se centró fundamentalmente en las Cuatro Esquinas. Construyeron edificios, y en la localización y emplazamiento de sus lugares sagrados se transluce una increíble ciencia, así como en el uso que hicieron de los dibujos geométricos sagrados. Su historia, recientemente descubierta, ha sido contada en un documental, narrado por Robert Redford, titulado The Mystery of Chaco Canyon, que describe cómo los anasazis funcionaban científicamente en un nivel similar al de los antiguos egipcios. Los anasazis no eran unos bárbaros; eran gente civilizada que entendían una realidad que a nosotros nos parecería ciencia ficción. Los otros mundos, las otras dimensiones, eran para ellos una realidad y sabían cómo moverse entre ellos (al menos hasta un cierto grado). Para ser claro, el Tercer Mundo es un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, en el que estaban atrapados. Los anasazis intentaron pasar a la cuarta dimensión, pero no estaban preparados para ello y no lo consiguieron. Así que encontraron un mundo sobretonal fuera de este mundo y se sintieron más seguros en él. Quizá ha llegado el momento de explicar, al menos de una forma sencilla, los modos en los que se relacionan las diferentes dimensiones y sobretonos. (En mis dos primeros libros, El antiguo secreto de la flor de la vida, volúmenes I y II, encontrarás una explicación más amplia.) Esta descripción de las dimensiones se corresponde con el punto de vista antiguo, no con el moderno, que considera las tres primeras dimensiones como los ejes X, Y, Z del espacio y la cuarta dimensión como el tiempo. El punto de vista moderno continúa subiendo por las dimensiones de forma matemática, según lo define la ciencia moderna. No es que ese modo científico esté equivocado; es sólo que se basa en conceptos diferentes. Lo que explico aquí es completamente distinto. En esta explicación, el universo se considera un puro sonido o vibración. La relación entre las dimensiones es también puramente vibratoria y se corresponde perfectamente con las leyes de la música y la armonía. Las dimensiones están separadas unas de otras exactamente en las mismas proporciones que las notas de la escala cromática musical. En lugar de medirse en ciclos por segundo, como en la música, en el caso de las dimensiones la separación se mide en longitudes de onda, pero las proporciones son las mismas. Existen doce dimensiones de sobretonos mayores y doce de sobretonos menores, dando un total de ciento cuarenta y cuatro dimensiones en cada octava. Aparentemente existen infinitas octavas de dimensiones que se repiten una y otra vez, aunque su experiencia cambia cuando uno asciende por ellas. Todas las dimensiones penetran unas en las otras, por lo que en el espacio en que te encuentras ahora, en este momento, todas las dimensiones están atravesando tu cuerpo. El universo que podemos ver con las estrellas y los planetas se define como la tercera (mayor) dimensión dentro de las doce dimensiones mayores. Por tanto, la Tierra está dentro de la tercera dimensión, pero dentro y alrededor de ella y de todo el universo existen doce sobretonos de la tercera dimensión. Aunque no puedes ver estos sobretonos de la tercera dimensión, son mundos que han sido conocidos y experimentados por chamanes, curanderos y Maestros Ascendidos a lo largo de miles de años. Si una persona entrara en un sobretono de la tercera dimensión de la Tierra, o de cualquier otra dimensión, desaparecería de la vista aquí, sobre la Tierra, y reaparecería en otro mundo. Eso no es fácil de hacer sin un gran conocimiento. Los antiguos anasazis, en su desesperación, consiguieron pasar de la tercera dimensión de la Tierra a un sobretono de la misma. El problema fue que, como estaban retrocediendo en la consciencia al hacer este movimiento, el paso resultó algo parecido al suicidio y se vieron atrapados, incapaces de salir de aquel mundo de un sobretono menor. Déjame contarte algo acerca de su naturaleza; puede que llegues a sentir la compasión que a mí me inspiran. Su esperanza de vida desde el nacimiento a la muerte no solía sobrepasar los dieciocho o diecinueve años. Si un anasazi vivía hasta los veinticinco, era una persona muy anciana. Una mujer solía tener su primer hijo a los doce o trece años, y moría cinco o seis después. Esto significaba que los niños tenían que estar solos y ser capaces de sobrevivir a una edad muy temprana. Por eso, aunque poseían un asombroso entendimiento de la Realidad, carecían de la sabiduría que aporta la edad. Eso es lo que yo siento después de llevar muchos años percibiendo a los anasazis .11 esos otros niveles durante mis meditaciones. Comienza el viaje sagrado Estoy escribiendo esto a finales de 2006, y al recordar aquel viaje de 2003 mi corazón se siente vivo por la energía. Lo que sucedió en él cambió mi vida. La mañana en que debía partir hacia Sedona para reunirme con el grupo, me senté frente a nuestra rueda medicinal «familiar» y recé a la Madre Tierra solicitando su guía y protección cuando entráramos en los mundos de los anasazis. Los ángeles habían dicho que aquellas oraciones serían mi camino y mi guía hasta que ellos cambiaran el sendero. Thoth había sido un hermano y un gran consejero, pero ahora nuestro grupo se enfrentaba a un nuevo tipo de desafío. En mi corazón, le dije: «Querido Espíritu de la Tierra, te escucharé y haré todo lo posible para seguir tu consejo». Dejé la rueda y me dirigí hacia el norte, hacia Sedona, para el primer encuentro con el grupo internacional. Tras aquella conexión inicial, nos dispusimos a seguir el sendero del nativo americano, que íbamos a recorrer durante el resto del viaje. En ese camino está establecido que, antes de una ceremonia o un viaje sagrado, el grupo debe purificarse en una cabaña de sudación tradicional. La cabaña de sudación es una pequeña estructura en la que caben entre diez y treinta personas. Suele estar construida con ramas de sauce rojo tejidas según un patrón específico y atadas para que formen una estructura. A continuación, se echan encima de esta estructura diferentes tipos de telas, que antiguamente eran pieles de animales y en la actualidad son mantas, hasta que el interior queda completamente a oscuras. En la mayoría de los casos, la pequeña puertecita de una hoja se sitúa hacia el este. Delante de la puerta se enciende un enorme fuego y en él se colocan unas piedras de lava especiales y se calientan hasta que están al rojo. Estas piedras se llevan al interior de la cabaña con una pala o una horca, de una en una, hasta tener normalmente siete en mitad del suelo. Cuando estas piedras se enfrían, se lleva otro grupo de piedras calientes para comenzar otra ronda de oración. A veces la sudación es mayor de lo que la gente puede soportar, pero cumple su propósito: permite que nuestra parte sucia nos abandone. Nos prepara para la integridad, que debe ser honrada en todo momento para poder cumplir la profecía. Nuestro grupo entró en la cabaña de sudación comprendiendo que estábamos entrando en el seno de la Madre Tierra, y que allí iban a cantar y a rezar a Ella, al Padre Cielo y al Gran Espíritu, pidiéndoles ser purificados y preparados para el viaje sagrado que nos aguardaba. Tras la sudación, fuimos caminando hasta la casa de un amigo, donde sencillamente empezamos a conocernos con una estupenda comida y unos grandes músicos de la región, que vibraban canciones desde el corazón y el didgeridoo. Rápidamente comenzamos a fundir nuestras energías. A la mañana siguiente nos introdujimos en nuestro ultramoderno barco terrestre, denominado autobús, y nos pusimos en camino hacia la tierra antigua en busca de un pueblo invisible. Los navajos Navajos es el nombre que les dio el hombre blanco. Entre ellos son los diné. En su lengua, diné significa «los hijos de Dios». A ellos no les gusta el nombre de navajo. Los visitamos en primer lugar para solicitar permiso para celebrar una ceremonia en sus tierras, pues son los guardianes, junto con los hopis, de las puertas del lugar en el que existen los anasazis. Todo comenzó ahí. Mi mentor de los hopis, Grandfather David, encendió una vez mi corazón con su gran poder de visión. Grandfather David era el anciano que guardaba las profecías hopis para la tribu antes de dejar este mundo. Yo tenía su permiso, pero necesitaba que los navajos nos abrieran su corazón y también nos concedieran la licencia para llevar a cabo una ceremonia en sus tierras, que se extienden desde Arizona a Utah, Colorado y Nuevo México, todos los lugares a los que debíamos visitar.

Nunca he visto un navajo que se abra al hombre blanco, pues éste sólo les ha mostrado engaño y mentiras desde el principio de su relación. Los navajos consideran que el hombre blanco tiene una «lengua bífida», como una serpiente, que siempre dice una cosa y hace otra, y su repugnancia se ha ido transmitiendo a lo largo de los años. En toda mi vida jamás había visto que los navajos actuaran de forma confiada, ni amistosa siquiera, con el hombre blanco, pero saber que la vida es sueño ayuda a hacer que lo imposible se haga realidad. He visto esa desconfianza en los ojos de los navajos muchas veces, pero lo que encontré cuando llegamos al cañón de Chelly fue exactamente lo contrario. El pueblo navajo nos acercó a sus corazones y nos condujo a zonas de su tierra sagrada que normalmente no enseñan al mundo exterior. Nuestros guías navajos nos bajaron a los cañones de su tierra natal y nos señalaron los pictogramas que habían dibujado los anasazis, los Antiguos, que vivieron allí antes que ellos. Pero en nuestro caso, y con gran cuidado, también nos enseñaron lugares y nos contaron historias acerca de su tierra sagrada que otros visitantes blancos no habían escuchado jamás. La mayor parte de nuestro grupo no conocía la situación. Creían que era normal que los navajos se mostraran así de amistosos, pero muchos de nosotros entendimos que no era así. Nuestro guía nos dijo que había llevado a muchos grupos hasta aquel cañón, pero que el nuestro era diferente. Nos estuvo revelando conocimientos acerca de su tribu y de los anasazis que normalmente se guardan para las conversaciones en familia. En nuestro segundo día de estancia en el cañón de Chelly, los guías navajos que nos acompañaban celebraron con nosotros nuestra ceremonia sobre un rocoso acantilado que daba al corazón secreto del cañón. Juntos acudimos al «espacio del corazón» y rezamos por la sanacion de la Tierra. Fue una experiencia realmente conmovedora y extraordinaria. Sin embargo, fue la noche anterior, la de nuestro primer día en el cañón de Chelly, cuando muchos de los integrantes del grupo experimentaron la primera apertura del corazón diñé. Yo me ausenté en mitad de aquella experiencia, pues necesitaba meditar y prepararme para lo que se avecinaba. Por eso te voy a narrar la historia del recuerdo de alguien que sí estuvo allí. Uno de los miembros de nuestro grupo, John Dumas, decidió unirse a un flautista navajo que, junto con dos acompañantes que tocaban el tambor, estaba entreteniendo a los invitados en el restaurante navajo donde cenamos. John toca la flauta y el didgeridoo, y la música que creó con tanta maestría y sentimiento se convirtió en un verdadero lazo de unión entre nuestro grupo y los navajos, una increíble improvisación que duró hasta bien entrada la noche. Aunque algunos de los integrantes de nuestro grupo estaban muy cansados por haber estado viajando durante todo el día, no éramos capaces de irnos. Era una experiencia muy bella. La música era extraordinaria. Y la comunicación del corazón, no sólo entre los músicos, sino [también] entre los navajos y los miembros de nuestro grupo, fue una de las experiencias más asombrosas que habíamos sentido jamás de lo que significan la amistad y el cariño. Por primera vez, al menos en aquella pequeña habitación, el navajo y el hombre blanco eran Uno. John tocaba mientras le brillaban los ojos, y la felicidad que brotaba de él era algo digno de contemplar, reflejada en los rostros de nuestros amigos navajos. Al final, cuando estábamos preparándonos para irnos, un hombre muy, muy anciano se acercó al micrófono. Nos dijo que durante la Segunda Guerra Mundial había estado encargado de la retransmisión de mensajes en clave, en idioma navajo, y que había formado parte del grupo que erigió la bandera en Iwo Jima. Allí, en Iwo Jima, había estado con otros tres navajos. Todos ellos habían fallecido, todo menos él. Con suavidad, como si no tuviera importancia, nos dio sus nombres y nos contó cómo habían muerto. Nos dijo que había escrito una canción sagrada para aquel día, para Iwo Jima y la batalla que habían entablado allí. Y luego, en la silenciosa sala, sin acompañamiento alguno, nos honró del modo antiguo cantándonos su canción. Cuando aquel anciano abandonó la sala, todos nos abrazamos. Esta historia sólo tiene sentido interior cuando te das cuenta de lo raro que es para los navajos hacer amistad con el que llaman «hombre blanco». Pero ellos sabían que nuestro propósito era su propósito: sanar el interior de la Tierra y a los anasazis.

La segunda rueda medicinal Desde el cañón de Chelly nos dirigimos al cañón del Chaco, el centro principal de los anasazis, situado en Nuevo México. Teníamos la esperanza de hacer allí una rueda medicinal, pero al llegar descubrimos que el gobierno había cerrado toda posibilidad de llevar a cabo una ceremonia así en aquel lugar. Hablamos con los funcionarios locales, pero nos dejaron muy claro que ni siquiera podíamos llevar tambores. Por tanto, fuimos todos a la más importante de las ruinas antiguas y nos vimos arrastrados a una de las kivas abandonadas, donde la energía era poderosa. La kiva carecía de techo, pues en su retirada los chacos habían destruido gran parte de su civilización y las kivas habían perdido el techo. Como no había forma de entrar en ella, la rodeamos y comenzamos la ceremonia sólo con nuestros cuerpos y nuestros espíritus. Pedimos permiso para entrar en contacto, pero sólo el silencio nos respondió. Más tarde decidimos pasear por el extenso lugar y conectarnos como individuos con la tierra y con los Antiguos. Fue el único camino que nos dejaron. Al principio trepé por un acantilado, con unos cuantos miembros del grupo, hasta la cumbre, desde donde podía contemplar todo el cañón. Toqué la flauta un rato, sintonizando mi corazón con la tierra, y luego mi voz interior me dijo que continuara yo solo hasta un saliente escondido para el grupo (y para los funcionarios del gobierno). El cañón del Chaco padecía sequía; estaba seco, sin rastro de lluvia ni de humedad siquiera. La vida se mantenía por los pelos. La Madre Tierra me pidió que creara una pequeña rueda medicinal en aquel lugar escondido y que la conectara energéticamente con la de mis tierras de Arizona, a cientos de kilómetros de distancia. Encontré algunas piedrecitas de hierro y las coloqué sobre una gran roca plana para hacer la rueda. Recé a la Madre Tierra como si fuera una rueda medicinal de tamaño normal y le pedí que la conectara con la que estaba cerca de mi casa, tal y como se me había dicho que hiciera. Después de una hora y media, parecía completa. Regresé al grupo y volví a convertirme en un turista. En este punto debes recordar que en Arizona llevaba casi dos semanas lloviendo, y todo se estaba volviendo verde y bello. Los incendios eran agua pasada. Pero cuando la rueda medicinal del Chaco se conectó con la de Arizona, la energía creada por esta última fue absorbida y trasladada al cañón del Chaco. Al día siguiente, mi familia me dijo que el tiempo cerca de mi casa había vuelto al mismo estado seco de antes de que hiciéramos nuestra pequeña rueda familiar. En realidad, yo pude percibir este cambio en el momento en que sucedió, cuando completé la pequeña rueda medicinal del cañón del Chaco. Fue como si me hubieran extraído la fuerza vital. Fue algo personal. Expliqué a los demás lo que había sucedido y les dije que debíamos seguir moviéndonos para encontrar el lugar correcto en el que crear nuestra rueda medicinal de grupo. Yo sabía que muy pronto iba a llegar el equilibrio a la región. La ceremonia de la kiva Durante el siguiente día de viaje, y mientras buscábamos un lugar donde celebrar la ceremonia de la rueda medicinal, visitamos dos de las antiguas ruinas anasazis de la cultura chaco. Están valladas y gestionadas con mucho cariño por sus cuidadores oficiales. En las ruinas Salmón pudimos caminar por el interior de las estructuras sagradas y las casas que habitaron los Antiguos. Sabíamos que los anasazis eran de pequeña estatura, comparados con nosotros, pero el tamaño de las puertas nos lo confirmó. En las ruinas aztecas, que en realidad son anasazis, nos encontramos, por primera y única vez en nuestro viaje, dentro de una kiva techada y bajo tierra. Podíamos sentir su energía y su misterio. Nuestro grupo se sentó alrededor del borde de la sala circular y con aspecto de cueva, en unos bancos dispuestos para los visitantes, y yo hablé sobre la historia de la creación de los anasazis, sobre cómo habían surgido del Tercer Mundo y cómo la kiva representaba aquello, con el simbólico sipapu en la parte superior, allí donde los Antiguos habían trepado hasta la superficie de la Tierra. A continuación, entramos todos en el lugar sagrado del corazón, tal y como hicimos juntos muchas veces durante el viaje, y llevamos a cabo en él una ceremonia de sanacion. No recuerdo lo que dije, pero sí de la energía. Una familia de visitantes se nos acercó y se nos unió reverentemente en la ceremonia. Podía sentir a los Antiguos a nuestro alrededor, conectándose con nosotros. Se estaba preparando el camino mientras meditábamos todos juntos en aquella oscura sala del interior de la Tierra. Un pequeño apunte. Mientras rezábamos en esta kiva, pedimos a los anasazis que estuvieran presentes con nuestro grupo. Cuando se terminó la ceremonia, muchos de los miembros tomaron fotografías. Aquellas instantáneas revelaron que los espíritus de los anasazis estaban presentes. En total, había más de veinte cámaras que constituían las mismas esferas de luz que aparecen en las fotografías, pero ahora sólo tenemos las imágenes de tres de ellas. Estas esferas de luz no fueron el resultado de la luz que se refractaba en la lente de la cámara; aparecen en las instantáneas de todas ellas. Los anasazis estaban realmente con nosotros, y eso se hizo evidente a medida que continuaba nuestro viaje.

Lionfire y el destino Al día siguiente nos metimos en nuestro hogar sobre ruedas y nos dirigimos hacia el norte, a Colorado, el tercer estado de la Cuatro Esquinas y la región más septentrional del imperio anasazi. Cuando nos acercábamos a los grandes espacios abiertos del Hovenweep National Monument, todos podíamos sentir el poder sobrecogedor de aquella remota región. Paramos en las principales ruinas anasazi de Hovenweep y fuimos recibidos por un guardabosques del U.S. National Park Service para todas las ruinas de Hovenweep. Se llamaba Lionfire. Cuando Lionfire vio quiénes éramos espiritualmente y descubrió lo que intentábamos hacer, una rueda medicinal para la sanacion de los anasazis, supo que el gobierno no nos iba a permitir llevarla a cabo en las tierras de un parque nacional. Se abrió su corazón y nos ofreció llevarnos a sus propias tierras, que estaban dentro de la zona del Hovenweep National Monument y también cubiertas con ruinas anasazis. Él simplemente las llamaba Hovenweep. Desde sus tierras, situadas en un punto estratégico y especial, podíamos ver picos sagrados y formaciones de tierra de los anasazis y de los modernos nativos americanos en todas direcciones. Cientos de miles de anasazis habían vivido en un tiempo en la zona que rodeaba las tierras de Lionfire, y cientos directamente sobre éstas, y todos pudimos sentirlo y comentamos cómo nos estaba afectando, cómo nos tocaba el corazón. El aire estaba saturado con el olor de la salvia. Los cañones laterales secretos eran el hogar de los espíritus de las águilas. Antiguos trozos de cerámica estaban esparcidos por el suelo, como si los hubieran echado allí para conducirnos hasta nuestro destino. Lionfire no era sólo el empleado del U.S. National Park Service que guardaba las ruinas más septentrionales de los anasazis, sino también un chamán que llevaba la mayor parte de su vida estudiando a los Antiguos y que sabía mucho acerca de cómo vivían. Hovenweep está en la misma longitud del cañón del Chaco, directamente sobre la «línea sagrada», la Great North Road, que se dirige hacia el norte desde Chaco. Hoy día nadie sabe dónde se pretendía que fuera esta carretera ni por qué es tan importante. Sin embargo, Hovenweep está en su ruta y en un tiempo fue un lugar de gran poder. Cuando llegamos, supe que estábamos en el lugar correcto. Todo el grupo lo percibió. En Hovenweep nos sentíamos «en casa» e inmediatamente supimos que, por fin, aquél era el lugar donde íbamos a construir nuestra rueda medicinal para sanar a los anasazis. Comenzamos nuestra visita recorriendo un complejo de antiguas viviendas. En algunas de ellas pudimos entrar y, una vez más, comprobamos lo bajos de estatura que tuvieron que ser los Antiguos. Recibimos el permiso para realizar nuestra rueda medicinal no sólo de Lionfire y de Mary, su mujer, sino también de la Madre Tierra. Ésta nos dijo que nos «relajáramos» y tratáramos aquella tierra como si fuese nuestra. La rueda, una vez construida, sería protegida por Lionfire y Mary, fieles guardianes de la tierra. Según nos dijeron estos, muchos años antes habían recibido una profecía que les comunicaba que nosotros íbamos a ir y a celebrar aquella ceremonia. Antes de que llegáramos, y sin saber que íbamos a ir a Hovenweep (recuerda que en principio habíamos pretendido hacer la rueda medicinal en el cañón del Chaco), Mary había escrito un poema en honor a nuestro viaje. Nos contó que le llegó entero y que ella se había limitado a escribirlo. Cuando nos juntamos en la gigantesca kiva (sin techo, pero tan profunda que tuvimos que bajar por una escalera), nos lo leyó.

El tejido Aquí estamos, rodeados por las montañas sagradas, en el sipapu, el lugar donde nuestro mundo comenzó. Venimos de las cuatro esquinas de esta tierra, caminando con amor, trayendo nuestro conocimiento de muchas culturas, muchos idiomas. Buscando entendimiento, crecimiento y cambio para nosotros mismos, para nuestros países, para nuestro mundo. ¡Esta es nuestra intención! ¡Aquí, en este momento, creamos un nuevo mundo, tejemos una nueva realidad! ¡Oramos pidiendo ayuda y solicitamos testimonios de las sagradas energías de nuestro mundo! • AlRE: vientos de las cuatro direcciones, vientos que mueven las estrellas. • AGUA: lluvia, ríos, manantiales. • FUEGO: nuestro Sol, el relámpago que baila sobre el cielo. • TIERRA: nuestra Madre, su arena, sus acantilados, sus montañas. • NUESTROS HERMANOS: los de cuatro patas, los alados, los niños del agua y aquellos que se arrastran. • NUESTRAS HERMANAS: las que están de pie, desde el majestuoso árbol a la más pequeña de las flores. • NUESTRA PROPIA RAZA HUMANA: desde nuestros ancestros, que caminaron los primeros sobre esta tierra, hasta los hijos de nuestros hijos, hasta siete generaciones; a ésos, sobre todo, invocamos. • NOSOTROS MISMOS, aquí y ahora, para ser testigos y luchar. Estamos aquí para crear un tejido de una nueva realidad. En todo tejido, la belleza es creada por la urdimbre, la trama y el dibujo. Traemos: para la fundación, el hilo de la urdimbre, Energía humana, las experiencias de culturas diversas. Fortaleza y orgullo de nuestras sociedades, de nuestras familias. Historia, nuestra lucha para manifestar nuestro propio camino. Todo esto lo trenzamos y ensartamos en nuestro telar para formar la urdimbre, la forma de nuestro tejido. Sobre ella tejemos la trama de nuestro viaje diario, el hilo de la belleza, hilado, momento a momento, con cada paso de integridad, mientras nuestras acciones van convirtiendo el tiempo en historia. ¿Y el Dibujo? ¿El dibujo que llamará al resto de la raza humana al entendimiento, al cambio? Este dibujo está formado por nuestros maestros y nuestra intención. Afirmamos nuestra intención de manifestar un mundo en el cual cada espíritu (humano, animal, vegetal y mineral) camine en armonía y equilibrio, salud y felicidad. Pedimos a nuestros maestros que nos guíen hacia acciones que coincidan con esta intención. Buscamos manifestar esa divinidad de nuestro interior que creará esta nueva realidad. Éste es nuestro tiempo. Hemos sido llamados. ¡Juntos tejeremos un nuevo mundo! El poema de Mary nos dejó atónitos. Hablaba de lo que todos habíamos estado pensando y hablando, y sin embargo acabábamos de conocerla el día anterior. Lo más sorprendente fue su mención de «las cuatro esquinas de la tierra» y de «muchas culturas, muchos idiomas». Mary no tenía forma de saber que menos de la mitad de nosotros éramos estadounidenses. Los miembros de nuestro grupo procedían de muchísimos países. Dos de ellos ni siquiera hablaban inglés, pero nos escuchaban con sus corazones. Tras nuestra ceremonia en la gigantesca kiva de Hovenweep, llegó el momento de buscar el lugar exacto donde situar nuestra rueda medicinal. La tercera rueda medicinal Hovenweep es inmenso. Recorrí el terreno, hacia un lado y hacia otro, buscando y «sintiendo» el lugar adecuado para aquella ceremonia de tantísima importancia. Al fin, cuando caminaba sobre una zona concreta, todas las montañas y el antiguo y cercano cañón anasazi parecieron quedar alineados. Justo hacia el sur, a unos metros de distancia, había una ruina anasazi que hace mucho tiempo tuvo una importancia fundamental debido a su situación sobre el punto más alto. Supe en mi corazón que aquél era el lugar correcto. Al mirar a mi alrededor, una gran piedra «me dijo» que debía ser la piedra central, y la coloqué sobre el suelo de lo que sería el centro mismo de nuestra rueda medicinal. Encontré otras cuatro piedras vivas para marcar las cuatro direcciones. Con esta disposición básica, el diámetro de la rueda medía unos diez metros y quedó lista para que el grupo la completara. Todo el grupo seguía en el autobús con aire acondicionado, resguardados del calor, esperando a que yo terminara mi trabajo. Me había distanciado más de un kilómetro, por lo que enviamos a un mensajero para que los trajera. Todo el grupo se apresuró a bajar del autobús, ansiosos de comenzar algo que cada uno de nosotros sabía que iba a sanar no sólo a los Antiguos y a los Modernos, sino también al árbol familiar de cada persona, remontándose miles de años. Por la salud espiritual de todos nuestros antepasados, y para sanar la tierra de las Cuatro Esquinas, comenzamos como hijos de la Tierra y como una familia del hombre. En primer lugar, cada persona se encaminó en una dirección diferente para «hablar» con los espíritus de las piedras esparcidas sobre la tierra, pidiéndoles permiso para usarlas en nuestra rueda. Uno a uno fueron volviendo, sosteniendo las piedras vivas cerca de sus corazones, preparados para el momento en el que debíamos comenzar a crear la rueda. Algunas personas tuvieron que hacer varios viajes.

Se eligió a dos hombres y a dos mujeres para representar a cada una de las cuatro direcciones. Se colocaron en sus lugares respectivos, detrás de cada una de las cuatro piedras de dirección. Comencé las oraciones pidiendo permiso una vez más, para luego expresar el propósito y la intención de la rueda medicinal. A continuación, los guardianes elegidos de las cuatro direcciones elevaron sus plegarias para proteger cada una de las direcciones y el espacio interior de la rueda, de forma que fuera sagrado y santo. Después, y con el acompañamiento de los tambores y los cánticos, el resto de las personas llevó sus piedras una a una al espacio sagrado, entrando por la «puerta» del este, dedicando cada piedra a los guardianes de las cuatro direcciones y colocándola a continuación i-n la rueda. Se creó, en primer lugar, un círculo de piedras, cada una en contacto con la que se encontraba a su lado. Luego se hizo una cruz de piedras en el centro para marcar las cuatro direcciones. (Recuerda la cruz.) Como la rueda tenía unos diez metros de diámetro, nos llevó más de dos horas terminarla. Siguió aumentando la energía hasta que pudimos «ver» a los anasazis bailando con nosotros, conduciéndonos a la plenitud. Cada miembro de nuestro grupo colocaba una piedra para unirse después a los demás, que bailaban, rezaban, cantaban o tocaban los tambores en el exterior del círculo mientras esperaban a que fuera colocada la siguiente piedra. Y de este modo, con un ritmo similar al del corazón, se construyó la rueda medicinal del Nuevo Sueño. Todos nos sentamos, y tras un momento de silencio comenzaron las oraciones individuales. Cada persona, con el «palo de hablar» en la mano, pronunció bellas y sagradas plegarias hacia la rueda: unas plegarias para la sanacion de esta tierra y sus formas de vida; para la reaparición de la lluvia y para que los ríos volvieran a fluir; para el florecimiento de la salud, el amor y la belleza; para que las relaciones de la humanidad florecieran en armonía; para que la brecha entre el hombre blanco y el indio se cerrara. Los corazones de las personas estaban abiertos, y la energía y el poder del espacio siguieron aumentando hasta que la última persona hubo hablado. Una sensación de inmensa energía y pureza rodeaba nuestra ceremonia. En el momento final conduje un ritual especial basado en las ceremonias de los taos pueblo. Aquel ritual insufló aún más vida al círculo al establecer una pirámide sobre muchos kilómetros de tierra, hasta el cielo y las profundidades de la Tierra, conectando la Tierra y los cielos con la rueda medicinal como centro. El propósito de la pirámide era llevar la lluvia y el equilibrio espiritual a todos los seres de las Cuatro Esquinas. Al final de la ceremonia de la rueda medicinal, la Madre Tierra me dijo que llovería en cinco días, y así se lo anuncié al grupo, pues ésa era mi formación de los taos pueblo. Como estábamos en medio de una sequía histórica, este mensaje ofreció una chispa de esperanza para aquellos que vivían cerca de esa tierra. Nuestra intención era que esa lluvia comenzara la restauración del suroeste, aportando agua a la tierra y amor y sanacion a las relaciones entre el hombre blanco y los nativos americanos. Todos podíamos sentir el amor y la paz. Podíamos sentir a los anasazis a nuestro alrededor. Era estupendo. El encuentro con las estrellas Cuando oscureció y las estrellas comenzaron a asomarse a los cielos, nos reunimos en las principales ruinas anasazi, en el punto más elevado de aquellas tierras. Allí, Daniel Giamario, un astrólogo chamánico que viajaba con nosotros y enseñaba su sabiduría, nos invitó una vez más, como ya había hecho en otras ocasiones, a mirar hacia el cielo nocturno. Los conocimientos y la percepción que posee Daniel de los modos antiguos son realmente sobresalientes. Este hombre fue, durante todo el viaje, una estrella que se entregó a sí mismo para ayudar a los demás. En aquella noche tan importante, nos condujo a un entendimiento de los cielos como pocos de nosotros habíamos conocido jamás. Juntos contemplamos el centro de la galaxia, en la forma en la que él nos había enseñado, y dirigimos nuestras plegarias individuales al cosmos. El Padre Cielo escuchó nuestras oraciones. A continuación, nos dirigimos lentamente y en la oscuridad de vuelta al autobús, guiados sólo por la luz de las estrellas, tal y como los anasazis habían caminado por aquella tierra tantos cientos de años atrás. Nos abrazamos, intentando inmortalizar el sentimiento que albergábamos en nuestros corazones. Podía sentir cómo se unían las tres ruedas medicinales: la de Payson, la pequeña del cañón del Chaco y la que habíamos creado ese día. Sabía que llegarían las lluvias.

Y lo que es más importante, los anasazis contarían ahora con un vórtice que les permitiría volver a entrar en este mundo, de forma que pudieran venir con nosotros cuando la Tierra entrara en los niveles superiores de consciencia, lo que muchos denominan ascensión. Al hacerlo, la Red de Unidad sobre la Tierra se acerca aún más al equilibrio perfecto. Antiguas viviendas en los riscos Al día siguiente deseábamos visitar las viviendas anasazi de los riscos de Mesa Verde, cerca de Hovenweep. Mesa Verde fue uno de los más bellos lugares de asentamiento de los anasazis, una alta meseta rodeada por escarpadas montañas. Sin embargo, y a causa de la increíble sequía, se había desatado un incendio forestal que aún no había sido controlado y el Parque Nacional de Mesa Verde estaba cerrado a los visitantes. Los utes, los guardianes de Mesa Verde, nos permitieron visitar de forma privada una parte de la reserva que les pertenece sólo a ellos y no al National Forest Service. Se trataba de un lugar que muy pocos blancos han visto ni oído mencionar jamás. Para llegar allí, nuestro inmenso autobús, con sus asientos parecidos a los de los aviones y su aire acondicionado, tuvo que atravesar muchas diminutas carreteras de tierra que serpenteaban por los bosques de cedros. Nuestro conductor estaba empezando a desesperarse en silencio, temeroso de que nunca consiguiéramos salir de aquel primitivo lugar. Pero todo fue bien. Los utes nos trataron con gran honor, pues conocían el propósito que estábamos viviendo. Mientras comíamos, nuestro guía nos contó relatos de la historia tribal del pueblo ute. A continuación, nos condujo al borde de un profundo cañón. Parecía imposible que un ser humano fuera capaz de descender por él sin cuerdas, pero nuestro guía nos mostró tres escaleras de madera que se descolgaban sobre los escarpados riscos. En estos escarpados, más de uno de los miembros de nuestro grupo se vio obligado a superar su miedo a las alturas para poder bajar por las empinadas escaleras hasta llegar a los salientes que había debajo, donde se encontraban las viviendas. Una de las mujeres sólo fue capaz de descender con la ayuda de los protectores por encima de ella, por debajo y a cada uno de sus lados, pero al final consiguió bajar y volver a subir. Se afrontaron los miedos. Las personas se cuidaron unas a otras. Nuestro grupo se había convertido realmente en Un Solo Corazón. Una vez en el interior de aquel mágico lugar, pudimos percibir lo vivo que estaba, lo lleno de los espíritus anasazis. Me sentí tan honrado de que se me permitiera entrar en él que casi no podía hablar. Las voces del pasado me rodeaban y me hablaban acerca de sus vidas y de su grandeza. Pude entrar en sus casas, tocar las piedras que ellos habían tocado, sentir con mis dedos la cerámica que ellos habían elaborado hacía tantos cientos de años. Aquella noche, después de Mesa Verde, tuve un sueño. Los niños perdidos Aquél fue uno de esos sueños cuya claridad siempre me avisa de que va a ser especial. Suelo recordarlos, pues son muy importantes para mi crecimiento espiritual. En aquel sueño yo vivía con mi familia en un lugar cercano a Mesa Verde, en una casa que no había visto con anterioridad. Estaba entrando en el garaje para sacar el coche (en el sueño el garaje era enorme) cuando vi que unos indios vivían en él. Me acerqué a ellos para preguntarles si todo iba bien, pero ellos echaron a correr. Nunca me había pasado nada parecido. Recuerdo que pensé: «Qué extraño que quieran vivir en mi garaje.» Entonces, mientras me dirigía hacia mi coche, vi a tres pequeños niños indios que corrían hacia la parte trasera para esconderse de mí. Me acerqué para ver dónde se escondían y hablar con ellos, y observé que se habían metido en un agujero redondo de un metro de diámetro. Sabía que nunca había visto aquel agujero antes. Miré por él y vi que penetraba profundamente en la tierra, por lo que me dejé caer para ver qué había allí. El espacio subterráneo se abría a un túnel muy grande, de unos tres metros de alto y ancho, que descendía suavemente hacia las profundidades. No veía a nadie, por lo que seguí adelante para explorar aquel lugar Estoy seguro de que no había avanzado ni medio kilómetro cuando me di cuenta de que había personas, muchas personas, bloqueando el camino a pocos metros de distancia. De la mayoría no veía más que los ojos. Al principio no supe quiénes eran, pero cuando mis ojos se habituaron comprobé que eran todos niños, de entre diez y dieciocho o diecinueve años de edad. Ninguno dijo una palabra. Sólo me miraban. Y no me permitían pasar. Entonces aparecieron tres hombres de algo menos de cuarenta años y se abrieron paso hacia delante, se me acercaron y me miraron a los ojos. Estaban cubiertos de raspones, magulladuras y heridas infectadas. Estaban sucios y daba la sensación de que necesitaban ayuda. El mayor, que podía rondar los cuarenta años, comenzó a hablar. Me dijo que era el jefe de los anasazis, como nosotros los llamábamos, y quería saber qué hacía yo allí. Le contesté que sólo deseaba ayudar. Él se volvió hacia los niños y me hizo señas de que los mirara. Pude ver que tenían un aspecto similar al de los hombres. Rompía el corazón ver a tantos niños cubiertos de heridas y sufriendo tanto dolor. Yo sólo era capaz de pensar en cómo iba a ayudarles. El jefe vio mi reacción. —Gracias por estar aquí —me dijo—. Pero ahora debes irte. Así que me di la vuelta y volví al agujero de mi garaje. Ahora había más niños por mi casa, y yo les dejé estar allí. No sabía qué hacer. Y ahí terminaba el sueño. Durante la ceremonia de la rueda medicinal, yo había percibido con fuerza la presencia de los anasazis todo el tiempo, al igual que muchos de los integrantes del grupo. Pero en ese momento no fui capaz de relacionar mi sueño con la presencia que sentimos de aquel pueblo durante nuestro viaje. Un ritual milagroso A la mañana siguiente, los cielos estaban tan despejados como de costumbre mientras nos dirigíamos al monumento nacional navajo conocido como Monument Valley. Circulábamos por una carretera llana y bien asfaltada, y estábamos a punto de acceder al sagrado valle navajo, con sus rojas montañas que se elevan hasta el cielo, cuando dio comienzo una visión en mi interior. Frente a nosotros lo único que podía ver era una muchedumbre de anasazis que nos miraban desde ambos lados de la carretera. Es posible que hubiera cientos de miles. Un hombre pareció acercarse a nuestro autobús hasta que quedó centrado en mi visión, a pocos metros de distancia. Era el jefe anasazi de mi sueño, pero esta vez se presentaba regio y majestuoso, adornado con plumas y con preciosas ropas multicolores. Comenzó a hablar. Me dijo que la ceremonia de la rueda medicinal que habíamos celebrado había sido profetizada por sus ancianos y les iba a ofrecer una conexión con este mundo exterior. Me dijo también que, mediante aquella rueda y nuestra amorosa intención, su pueblo podía ser salvado de los terribles problemas y dolores que sufrían. Nos dio muchas veces las gracias de corazón por nuestros esfuerzos. Sin embargo, me dijo que, como grupo, no teníamos nuestras energías correctamente alineadas. Me «mostró» a mí mismo con una camiseta con la imagen de una X en medio de un círculo, y me dijo que lo que hacía falta era girar la X de nuestra energía para que fuera una cruz. Y para hacerlo, todos debíamos juntarnos mucho. Me informó de que él y los demás estaban atrapados «entre los mundos», y que nosotros habíamos ido allí para liberarlos. Para cada uno de los que ocupábamos el autobús, aquello era una misión que se nos había dado para esta vida. Y todo el trabajo y las penalidades que habíamos pasado, tanto en nuestras vidas como en aquel momento, viajando bajo el ardiente sol del agosto suroccidental, eran necesarios para aquella tarea que estábamos a punto de llevar a cabo. A través del micrófono de la parte delantera del autobús conté al grupo mi sueño y mi visión. Uno de los miembros había recibido una visión pareja a la mía. Cuando describí aquellos acontecimientos al grupo, casi no era capaz de hablar, pues no dejaba de sentir un gran pesar por el sufrimiento que había visto en aquellos niños anasazi, sus cuerpecitos magullados y flacos cubiertos de heridas supurantes.

En ese momento tan emotivo, y mientras me volvía a sentar, todo el mundo unió sus manos de forma espontánea y entró en una profunda conexión del corazón. Y espontáneamente de nuevo, con lágrimas rodando por nuestras mejillas, todos comenzamos a cantar al mismo tiempo el himno Amazing Grace. Podíamos «ver» a los niños a nuestro alrededor y podíamos sentir que se alegraban. «Una vez estuve perdido, pero ahora he sido encontrado.» En el momento mismo en que empezamos a cantar, el conductor tomó un desvío, de la carretera 666 a la autopista 160, en dirección al punto donde Utah, Colorado, Nuevo México y Arizona, las Cuatro Esquinas, se juntan. El jefe anasazi de la visión se me volvió a aparecer, y me dijo: —Mira. La imagen del círculo y la X que me había mostrado con anterioridad se transformó en la imagen de nuestra rueda medicinal, con las cuatro piedras centrales formando una cruz. —Ahora debes llevar a cabo una ceremonia —me dijo—. Debes poner los pies sobre la Madre Tierra. Necesitábamos encontrar el lugar más cercano posible donde pudiéramos parar y realizar la ceremonia sobre la tierra, y aquel «lugar más cercano posible» dio la casualidad que era la intersección de las Cuatro Esquinas. Diane Cooper, nuestra «chica para todo», dirigió el autobús hacia el monumento, que está gestionado por los navajos. Por nuestras experiencias pasadas temíamos que no nos permitieran efectuar nuestra ceremonia en un lugar público. Miramos a la nativa americana que vendía las entradas a los ojos y le pedimos permiso. Sin dudarlo, nos respondió: —Podéis rezar aquí, podéis celebrar vuestra ceremonia. Os dejaremos —y señaló a una zona concreta—. Elegid algún sitio por ahí. Como un grupo único, nos dirigimos a la zona que la mujer nos había señalado y comprobamos que estábamos en Utah, el único estado que aún no habíamos visitado. Aquello era perfecto, pues la Madre Tierra había dicho que debíamos realizar ceremonias en cada uno de los estados de las Cuatro Esquinas. Nos reunimos en apretado círculo y construimos una pequeñísima rueda medicinal en el centro, utilizando muchas piedrecitas; era la cuarta rueda. Intentamos utilizar una brújula para situar las piedras, ¡pero ninguna de las que llevábamos funcionaba! Cada vez que colocábamos una sobre la tierra, señalaba el norte en una dirección diferente. No tuvimos más remedio que averiguarlo mediante los cercanos carteles de información turística. Quemamos salvia y cedro y ofrecimos tabaco. Vertimos agua e insuflamos vida al círculo. Todos nuestros corazones se abrieron de golpe, y la belleza y el poder del momento resultaron abrumadores. Podíamos sentir el amor y la pureza en el aire. Me eché a llorar, pues sabía que nuestra Madre nos quiere y cuida de nosotros. Fue una experiencia realmente buena. Una vez más, la canción Amazing Grace brotó en medio de nosotros. Una de las integrantes del grupo sabía toda la letra, y su voz clara y dulce nos llevó hasta el final: «Dios, que me llamó aquí abajo, será mío por siempre». Y así fue cómo los niños anasazis fueron liberados de su encarcelamiento de cientos de años

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