Le contesté que meditaría acerca de lo que él me había dicho, y que si estaba en el Orden Divino llegaríamos a lo largo del año 2004. Nos abrazamos con fuerza, conectando nuestros corazones, sabiendo ambos que ahora todo dependía del Gran Espíritu.
De vuelta a Estados Unidos los ángeles me hablaron largo y tendido acerca de la importancia que tendría aquel viaje. Me dijeron que los incas también habían dejado a gran parte de su pueblo en el interior de la Tierra cuando se trasladaron al Cuarto Mundo, y que aquella división en el seno de su cultura debía ser sanada para poder equilibrar la Red de Conciencia de Unidad. Los incas no podían llevar a cabo la sanacion sin asistencia externa, tal y como había sucedido con los anasazis y los mayas. Los ángeles me dijeron también que ese desequilibrio en la Red de Conciencia de Unidad era más serio que cualquier otro que hubiéramos visto con anterioridad. Lo que es más, me contaron que cuando se culminara con éxito aquel viaje, la energía kundalini de la Serpiente de Luz podría, por vez primera, entrar en los corazones de las mujeres del mundo, especialmente en las regiones de Chile y Perú. Alinearía a las mujeres en posición casi perfecta para que pudieran comenzar sus enseñanzas a la humanidad en las formas concretas de la Luz, incluso mientras la humanidad seguía viviendo en la parte más oscura del ciclo más oscuro, denominado Kali Yuga por los hindúes. Los ángeles me dijeron que el propósito de la ceremonia final de Perú sería que los incas recuperaran sus conocimientos, sus recuerdos y su sabiduría, algo que según los ángeles era esencial para que la humanidad pudiera continuar su camino hacia la consciencia superior. Según el sacerdote inca, estaba escrito que sus conocimientos, sus recuerdos y su sabiduría volverían a ellos en el momento en que aquel círculo del mundo llegara a sus tierras. También me hablaron acerca de una ceremonia que debíamos celebrar en Bolivia, en la isla del Sol, situada en el lago Titicaca. En esta isla, el poder del viejo ciclo de trece mil años, conducido por el hombre, sería transferido a la mujer para que ella pudiera completar su trabajo sobre la Tierra y guiar al mundo de vuelta a la Luz. En el capítulo diez hablé de una ceremonia parecida en la isla de Kauai. Aquella ceremonia fue la auténtica transferencia de poder del hombre a la mujer en la cuarta dimensión. Ahora debía ser en la Tierra así como en el cielo. Aquella fue la única información que recibí acerca de las tres ceremonias. Yo sabía que la primera debía tener lugar en Machu Picchu y la segunda en la isla del Sol, pero no tenía ni idea de dónde se celebraría la tercera. Era consciente en todo momento de que tenía que rodearme de la confianza y el conocimiento pleno de que el Gran Espíritu vivía a mí alrededor y dentro de mí. Así que le dije a Diane Cooper, mi asistente, que confirmara que el primer lugar al que íbamos a acudir era Machu Picchu y que de un modo u otro debíamos terminar en la isla del Sol. El resto lo dejé en sus manos para que ella estableciera el itinerario que deseara. Y el 24 de julio de 2004, el viaje comenzó. Machu Picchu Este viaje lo denominamos «La llamada del cóndor», el ave que representa la consciencia sudamericana. Nuestro grupo se reunió en Lima (Perú), procedente de veintidós países de todo el planeta, y lo sorprendente fue que todo el mundo llegó puntual. Un sobresaliente. Como ya había comprobado con anteriores grupos, aquél tampoco estaba compuesto por gente corriente. Habían meditado y estudiado enseñanzas esotéricas de prácticamente todas y cada una de las tradiciones del mundo y estaban bien preparados para servir a la Madre Tierra o, como dicen en Sudamérica, Pachamama. Al segundo día estábamos ya en carretera, viajando hacia el valle de Urubamba y en dirección hacia el pueblo andino de Ollantaytambo, donde debíamos tomar un tren que en dos horas nos conduciría a Machu Picchu. Yo había viajado en aquel tren a mediados de los años ochenta, cuando estudiaba con el guía egipcio Thoth. Él me había llevado hasta un indio quechua llamado Narciso, que era el individuo que había descubierto el Camino Inca que recorría los aproximadamente sesenta y cinco kilómetros que separan la bella ciudad de Cuzco de Machu Picchu. Narciso se convirtió en nuestro guía para conducir a mi pequeño grupo de diez personas a lo largo de aquel penoso camino, por pasos montañosos de más de cuatro mil doscientos metros de altitud, para ir a caer a Machu Picchu, a unos dos mil quinientos. ¡Fue increíble!
Por aquel entonces se acababa de descubrir el Camino Inca y los turistas no se habían enterado todavía. El tren que estábamos a punto de tomar en esta ocasión tenía parada para que la gente que lo deseara pudiera bajarse para hacer el camino a pie, pero en los ochenta no era así. Tuvimos que convencer al maquinista para que parara en un punto de la vía sin definir en lo alto de las montañas. Accedió, pero nos dijo que, pasara lo que pasase, él volvería a arrancar en sesenta segundos exactos. En aquella época el tren iba lleno de gente que cantaba canciones a pleno pulmón y tocaba instrumentos musicales. Las gallinas, los perros y las cabras viajaban en primera con sus amigos humanos. El tren estaba tan lleno de seres vivos que uno casi no podía ni moverse. Tuvimos que arrojar las mochilas por la ventana y saltar tras ellas con el tiempo justo antes de que el tren volviera a arrancar. Las cosas han cambiado considerablemente en los últimos veinte años. Con las masas de turistas que llegan cada día, el dinero en circulación lo transforma todo. Llegamos a Aguas Calientes y descubrimos que el diminuto pueblecito se había transformado en un pueblo tropical de vacaciones, con manantiales de aguas termales y lindas tiendas para turistas. Cualquier cosa que deseases, los nativos te la conseguían. Debo admitir que era muy bonito, encantador incluso. Y cerniéndose seiscientos metros sobre aquel pueblecito, casi en línea recta, Machu Picchu flotaba majestuosamente entre las nubes. Los sacerdotes incas estaban esperándonos y llevaban tres días preparándose para nuestra llegada. Se habían colocado en las montañas circundantes en lugares desde los cuales pudieran observarnos sin que nosotros lo supiéramos. Habían estado meditando sin comida ni agua, rezando para que nuestro grupo fuera el que iba a cumplir su profecía. Los chamanes incas escucharon a sus guías interiores, pero en su tradición cualquier cosa de esta magnitud debe ser probada por señales que escapan al control humano. Necesitaban tres signos antes de poder darnos su aprobación. Todo lo que yo sabía era que debíamos empezar en Machu Picchu y que la primera ceremonia debía celebrarse allí. Tras el largo y tortuoso viaje en autobús hasta la cima de la montaña, nos reunimos cerca de la entrada a Machu Picchu. Rezamos una sencilla oración de apertura para bendecir nuestro comienzo y pasé por el arco de entrada junto a nuestro humilde grupo de exploradores de la consciencia. Cuando entramos en aquel espacio sagrado, un enorme cóndor voló directamente sobre nuestras cabezas. Uno de los chamanes me contó posteriormente que aquello fue una señal increíble para los sacerdotes incas. Hacía más de veinte años que no veían un cóndor sobre Machu Picchu. Pero aquella señal no era suficiente. Debía haber tres. Al penetrar en el recinto, todos nos encaminamos en direcciones diferentes, cada uno de nosotros siguiendo a su corazón. Pero acordamos volver a reunimos en algún momento para llevar a cabo la ceremonia de sanacion para la tierra inca y sus gentes. Muchos de los integrantes del grupo decidieron trepar Wayna Picchu, una montaña fálica que se eleva otros seiscientos metros sobre el yacimiento principal. Desde la cumbre de este lugar sagrado uno parece estar sentado en el centro de un círculo perfecto de montañas, y si eres sensible puedes percibir la intensa energía que fluye desde la cumbre y se extiende por toda la región. Recuerdo que la primera vez que subí, hace años, me costó irme, pues la energía recargaba intensamente mi cuerpo y mi espíritu. Dos son los lugares de Machu Picchu donde se guardan las antiguas librerías y registros, y están plenamente a la vista. Uno puede encontrar templos repartidos por todo Perú, y en el centro de la mayoría de ellos suele haber una roca labrada que parece una escultura de piedra. Pero estas rocas son mucho más que simples esculturas. Con un poco de sensibilidad uno puede sentarse junto a uno de esos «archivos» y, al recorrer con la mano una curva concreta, las detalladas imágenes colocadas allí cientos o miles de años antes aparecen en la visión interior. Lo sabrás al ver en imágenes detalladas lo que la persona que labró aquella parte de la roca colocó en los registros. Ésa es la razón de que el suelo del observatorio inca sea también una «escultura» de roca. Para que los incas pudieran percibir unos cambios astronómicos, tales como la precesión de los equinoccios, debían registrar los fenómenos y cambios que se producían en el cielo nocturno a lo largo de cientos y miles de años, mucho más que la vida de un único ser humano. Lo que los incas crearon con estos archivos en la roca iguala a la exactitud que consiguen nuestros modernos ordenadores. Se eligió una zona predeterminada para nuestra primera ceremonia y, a medida que se iba acercando el momento, los miembros del grupo comenzaron a llegar. Finalmente, todo el grupo quedó reunido. Extendí sobre el suelo un tejido peruano, de color rojo brillante con finas rayas negras, y coloqué cuatro cristales en las cuatro direcciones. Situé un cristal especial como pieza central y abrí la ceremonia para que los participantes colocaran sobre el altar los objetos que hubieran llevado consigo. Pronto la tela estuvo llena de objetos sagrados. Aunque esto se asemeja mucho a la tradición de los incas, los objetos que éstos utilizan están programados de unos modos de los que la mayor parte de la gente no es consciente. Cuando el altar estuvo preparado, comenzamos la ceremonia. Y en el instante en que empezábamos a establecer las energías de las cuatro direcciones, de nuevo un gigantesco cóndor voló sobre nuestro grupo. De hecho, estuvo planeando directamente por encima del altar durante todo un minuto antes de alejarse volando.
Los chamanes incas observaron esta señal con gran alegría, pues aquella era la tercera señal que habían estado esperando para probar que nosotros éramos el grupo internacional que estaba profetizado que llegaría para salvar a su gente. ¿Cuál fue la segunda señal? No lo sé; los chamanes sólo nos quisieron decir que había sido observada. Uno de los miembros del grupo tomó esta foto del cóndor (véase página anterior) cuando volaba sobre nosotros. Terminamos aquella ceremonia creando un enorme vórtice de energía que permitiera a los incas atrapados en el interior de la Tierra salir a la superficie del planeta, dándoles la oportunidad de nacer al mundo actual. También les otorgaba la posibilidad de pasar con el resto de la población humana a la consciencia superior de la ascensión que está a punto de tener lugar. Y lo que es más importante, alteraba geométricamente la Red de Unidad sobre la Tierra, de forma que pueda ser un vehículo más perfecto para la transformación de la consciencia humana. Esto, a su vez, permite que la energía kundalini de la Serpiente de Luz sea empleada por la humanidad en un nivel más elevado. Todo está conectado. Poco tiempo después de aquella ceremonia, uno de los chamanes incas apareció ante nosotros y nos dijo que las tres señales se habían materializado. Entonces nos preguntó si queríamos ir con él para tomar parte en una ceremonia inca relacionada con el águila y el cóndor. Evidentemente accedimos. El chamán nos condujo por la falda de la montaña sobre la que está enclavada Machu Picchu hasta una cueva de cristal secreta, donde nos pidió que nos acercáramos más a él mientras celebraba la ceremonia. En un momento dado me encontré frente al chamán. El me entregó una pluma de cóndor y yo le di una pluma de águila. La pluma de águila representaba la consciencia de Norteamérica. Después de esta ceremonia se corrió la voz entre el mundo peruano indígena y más allá. Parecía que allá donde fuéramos, los chamanes peruanos, tanto hombres como mujeres, salían de la selva para pedirnos que tomáramos parte en sus ceremonias. Esto sucedió siete increíbles veces. Aunque estas ceremonias fueron importantes en sí mismas, pertenecen a los incas, por lo que voy a mantenerlas en secreto. Todas excepto una de ellas