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miércoles, 6 de agosto de 2025

Serpiente de Luz Capítulo XIV La Purificación de las Tierras Mayas



El templo de Chichén Itzá El elegante Mayaland Hotel se asienta en la selva de Yucatán, al borde mismo de los terrenos del templo de Chichén Itzá. Fuimos allí derechos desde Balancanché y llegamos mucho antes de lo que esperábamos gracias a las facilidades que nos habían dado para visitar las grutas. Aquella noche, antes de cenar, se me pidió que instruyera a nuestros dos grupos, el de los europeos de Carolina Hehenkamp y el nuestro, sobre la Meditación de Vivir en el Corazón. Sólo para unos pocos de los participantes se trataba de algo nuevo. Muchos ya la habían aprendido en un taller anterior. Gracias a las poderosas experiencias que habíamos vivido durante la tarde, incluso aquellos que nunca habían realizado esta meditación del corazón con anterioridad fueron capaces de comprender fácilmente de lo que trata: la necesidad de apartar nuestra consciencia del cerebro y llevarla al corazón físico, y cómo se consigue: recordando la Conciencia de Unidad. Es un poco complicado entender y llevar a cabo el cambio interior de empezar a vivir no desde la mente, sino desde el corazón. Así es como vivíamos antes de la caída desde la Consciencia Única a la consciencia del bien y del mal hace trece mil años. En ese momento comenzamos a juzgar todas y cada una de las situaciones y las imágenes que la vida nos proporcionaba. En realidad, volverse hacia el corazón es algo tan simple que al principio la mayor parte de la gente encuentra difícil vivir la experiencia. Hemos aprendido a creer que cuanto más complejo o complicado es algo, más importancia tiene. Pero eso no puede aplicarse a nuestra consciencia original. Yo creo que la causa de que los pueblos indígenas del mundo me hayan pedido que tome parte en sus ceremonias es porque he aprendido a vivir dentro de mi corazón. Ellos pueden «ver» que estoy en el corazón, no en la mente, pues así es como ellos funcionan y ése es el aspecto del alma humana que resulta más importante para ellos. Ambos sabemos que podemos confiar el uno en el otro, y como los mayas dicen al saludarse: In Lak'es («Tú eres otro yo»). Cuando vives en tu corazón, In Lak'esh posee un significado que sólo el corazón entiende plenamente, pues el espíritu que está en tu interior es el mismo que está en el mío. Si deseas saber más acerca de este asunto, he escrito un libro titulado Viviendo en el corazón, que no sólo lo explica con mucho más detalle, sino que también te ofrece las instrucciones precisas para que puedas probarlo y decidir por ti mismo si vivir en el corazón te hace sentir mejor que vivir en la mente, o no. Después de cenar, nos colocamos todos bajo las estrellas en aquel precioso lugar con la pirámide del chakra corazón de Chichén Itzá muy cerca, entramos todos juntos en el Espacio Sagrado del Corazón y respiramos como Uno Solo. Y ahora el lado oscuro: sólo una ilusión Cuando todo el mundo se retiró a descansar en espera de la gran ceremonia y celebración del equinoccio, me llegó el momento de enfrentarme al problema de la entidad que habíamos observado en la primera ceremonia de Labná y aquella mañana con la calavera de cristal en Dzibilchaltún. Tenía que hacerlo antes de que participáramos en la ceremonia del día siguiente en Chichén Itzá. En caso contrario, aquella energía podría interferir con todo lo que estábamos intentando conseguir. No podíamos ignorarla. En mi opinión, lo que sucedía era que aquella mujer, una de las integrantes de nuestro grupo en aquel viaje, había sido atacada por un espíritu o varios, cuya intención era perturbar lo que hacíamos tic todas las formas posibles. Nos reunimos los directores (Diane Cooper, Lionfire, nuestro guía del viaje, Humberto, y yo mismo) y estuvimos de acuerdo en que debíamos solucionar la situación antes de irnos a la cama, dado que al día siguiente íbamos a empezar muy temprano. Sin embargo, ¿dónde podíamos llevar a cabo la sanacion? Yo sabía por experiencia que lo más probable era que la mujer gritara cuando la entidad abandonara su cuerpo, y no se puede tener a una mujer chillando en un hotel. Alguien podría llamar a la policía. ¿Qué podíamos hacer? Le preguntamos a Humberto si conocía algún lugar al que pudiéramos ir, y él nos sugirió una zona cercana al aparcamiento del hotel. No era privada, pero decidimos que pondríamos allí nuestra furgoneta y llevaríamos a cabo la sanacion dentro de ella. Si la mujer gritaba, el sonido quedaría amortiguado. Finalmente todo quedó organizado. La mujer se tumbó voluntariamente sobre el asiento central de la furgoneta. Dos personas de nuestro grupo se quedaron fuera, por si se acercaba alguien, y otros dos entraron en la furgoneta por si hacía falta ayuda. La sombra del antiguo sacrificio Cuando comencé a conectarme telepáticamente con las entidades que se encontraban en el interior de la mujer, me di cuenta de que eran varias, pero dos de ellas formaban en realidad una sola, y esta entidad de dos en uno era extremadamente poderosa. Estaba conectada con el mundo maya y con las antiguas ceremonias sacrifícales. ¡De hecho, esta entidad y su deseo de crear el caos habían sido en realidad la fuerza que yacía tras la práctica maya de los sacrificios humanos! Esta entidad doble vivía no sólo en la mujer que estaba delante de mí, sino también en otros sesenta habitantes de las tierras mayas, en su mayoría pertenecientes a esa cultura. Estaba entrelazada e integrada en la propia tierra. La entidad sabía por qué habíamos ido allí y su función era impedirnos que liberáramos a los mayas que vivían en el interior de la Tierra. Su intención era evitar que restauráramos el equilibrio. Llamé al arcángel Miguel y construí la pirámide octaédrica dorada alrededor del cuerpo de la mujer, con el propósito de que contuviera a las entidades salientes y sirviera como ventana dimensional para enviarlas de regreso al mundo para el que Dios las creó en origen. A mi modo de ver, la retirada de una entidad no es un asunto de fuerza, sino de compasión y comunicación. Según mi experiencia, una vez que los espíritus se dan cuenta de que los estamos devolviendo a su mundo, en el que pueden cumplir su propio objetivo sagrado, suelen cooperar. Desde luego, no luchan. En realidad, suelen asemejarse más a niños perdidos que a demonios en busca de destrucción. Pero aquello formaba parte del pasado. Yo tenía una lección que aprender. Los espíritus más pequeños se sintieron de verdad agradecidos por la oportunidad que les dábamos de regresar a su casa, y tal y como había sucedido en mis experiencias previas se fueron sin dar problemas. Pero los dos últimos, los que formaban la entidad doble, se negaron a irse. Todo el cuerpo de la mujer se retorcía y se hinchaba a causa de su resistencia. No cedían.

El papel que habían representado en las antiguas ceremonias sacrifícales mayas y su apego a la tierra y a los mayas eran demasiado fuertes y generales como para que renunciaran a ellos. Durante siglos habían hecho que los mayas hicieran cosas que los propios mayas sabían en el interior de sus corazones que estaban mal. Finalmente no tuve más remedio que emplear la fuerza. Era algo que nunca había hecho con anterioridad. Utilizando mi Mer-Ka-Ba, mi cuerpo humano de luz, y el poder y la fuerza del arcángel Miguel, empezamos a emitir una serie de ondas de energía que debían enfocar las energías de la entidad dual hacia la ventana dimensional del octaedro, lo que las sacaría de este mundo y las llevaría al suyo propio, dondequiera que éste estuviera. ¡Aunque se resistieran, si lo lográbamos, para ellas sería como ir al cielo! Al principio, la parte más débil de las dos fue succionada hacia el vórtice, con una obstrucción tremenda. Una vez conseguido esto, la otra parte del espíritu, la más fuerte, era la que nos quedaba por eliminar. Pero finalmente, mediante una mayor aplicación de poder y fuerza, el espíritu, que seguía resistiéndose, salió por el estómago de la mujer y comenzó a entrar despacio por la ventana dimensional. En el momento exacto en que la entidad abandonó el cuerpo, el Mundo Exterior respondió desde el poder de este espíritu y su conexión con la Tierra. A unos treinta metros de distancia del lugar en el que nos encontrábamos, dos cosas sucedieron de forma simultánea. Los árboles que estaban a la derecha de la mujer, en una pequeña zona circular de unos seis metros, comenzaron a agitarse con fuerza. Una rama enorme se rompió y chocó contra el suelo. A la izquierda, y a la misma distancia, otro grupo circular de árboles, con troncos de un palmo de diámetro, empezaron también a agitarse violentamente. Era como si un bulldozer estuviera junto a sus bases intentando arrancarlos. Aunque resultaba imposible, pues no hacía nada de viento, la mayoría de ellos se rompió por abajo y cayó sobre un viejo Volkswagen, aplastando por completo el techo y el maletero. En el instante en que el espíritu abandonó a la mujer, yo pude «ver» que los otros mayas que estaban conectados con aquellos espíritus, así como las propias tierras mayas en un espacio de cientos de kilómetros a la redonda, se aclaraban repentinamente. Fue como si hubiera desaparecido en un instante un gigantesco huracán. Ya había terminado todo. Ya estaba todo tranquilo. Las tierras mayas eran libres de nuevo. Y una vez más, aquella mujer estaba sola en su cuerpo. Ahora nuestro grupo estaba preparado para la Ceremonia del Corazón que se iba a celebrar al día siguiente en Chichén Itzá, una ceremonia que hace mucho tiempo predijo el pueblo maya y su calendario: un grupo de ancianos indígenas junto con personas de todos los rincones de la Tierra rezando como Uno Solo para que el mundo encontrara la paz. El cumplimiento de una antigua profecía Los sonidos de los pájaros tropicales atravesaban las contraventanas de madera cuando desperté de un bello sueño a otro que por el momento parecía lejano. Entonces recordé. Aquél era el día que llevaba dos años y medio esperando. Hunbatz Men me había enviado un correo electrónico hacía mucho invitándome a una ceremonia predicha por el calendario maya. Y ese día había llegado. Salté de la cama, me vestí y corrí escaleras abajo, sabiendo que teníamos un horario muy apretado y que era importante no llegar tarde ni cometer errores. Eran demasiadas las personas que esperaban aquel momento con ansiedad. Yo pensaba que si nuestro grupo se retrasaba, tendrían que empezar sin nosotros. En el vestíbulo había sesenta personas, vestidas de blanco impoluto, tal y como había pedido Hunbatz. Sus sonrisas y su exuberante energía lo decían todo. Estábamos preparados para todo lo que la vida nos ofreciera y dispuestos a dar desde nuestros corazones y nuestras plegarias. Después de las grutas de Balancanché, nuestros corazones estaban abiertos de par en par y nuestro grupo constituía Un Solo Corazón. La vida estaba lista para desplegar otro capítulo de su misterio. ¿Quién sabía lo que estaba a punto de suceder? Desde luego, yo no.

Nos colocamos de dos en dos para entrar por la puerta y caminamos así hacia el complejo de Chichén Itzá, avanzando entre los árboles tropicales hasta que llegamos a la base de la Pirámide del Castillo, en su lado oriental. El Sol brillaba con fuerza., por lo que nos colocamos bajo los árboles buscando su sombra. Estaba previsto que Hunbatz llegara con su séquito de más de doscientos cincuenta ancianos y chamanes indígenas alrededor de las diez de la mañana, por lo que nos reunimos en pequeños grupitos en los terrenos de la pirámide, charlando entre nosotros y esperando. Y esperamos, y esperamos. También el grupo europeo estaba con nosotros y unas cuantas personas empezaron a aprender canciones de otras de diferentes países. Estuvieron un rato cantando y luego lo dejaron. Y seguíamos esperando. ¿Dónde estaban los ancianos? Nadie lo sabía. Ya avanzada la mañana, se me acercaron el sacerdote y la sacerdotisa del templo de Uxmal para presentarse. Llevaban los atuendos ceremoniales completos, bellos y llenos de energía. Sus sonrisas relajadas y su actitud de estar a gusto dejaban ver su gran Luz espiritual interior. Nos dieron las gracias por estar allí y por tomar parte en las ceremonias. En nombre del grupo les presenté nuestro amor y respeto, y ofrecí toda la ayuda que pudiéramos aportar. Poco después otro hombre, un sacerdote inca de Perú, también vestido con el traje ceremonial completo, llegó y comenzó a hablar con un grupo que estaba cerca de nosotros bajo un gran árbol. Su energía era robusta. Estaba allí, al parecer, para inspirar a las personas para la gran ceremonia que estaba a punto de tener lugar. ¿Pero dónde estaba Hunbatz Men? No había señales de él. Ya era casi mediodía y el Sol estaba alto. Finalmente nos llegaron noticias de que Hunbatz y los ancianos se habían retrasado. La policía había cortado las carreteras a cuatro kilómetros del templo y los ancianos tenían que llegar caminando. Esperamos un poco más, pero entonces nos enteramos de otro problema. Al parecer, el emplazamiento ceremonial había sido trasladado a una zona detrás de la Pirámide del Castillo, entre los árboles. Y a pesar de la ausencia de Hunbatz Men y de los ancianos, estaba a punto de comenzar. Yo no sabía lo que le había pasado a Hunbatz, pero mi guía interior me indicó claramente que continuara con aquella nueva ceremonia. Nuestro círculo del arco iris Nuestro grupo caminó una pequeña distancia y salió a un gran claro en la selva, donde la energía se sentía perfecta para lo que íbamos a hacer. Estábamos con el grupo de Carolina Hehenkamp y se nos unieron más personas cuando formamos un gran círculo. Un círculo compuesto por gentes de todos los colores y razas. El sacerdote y la sacerdotisa de Uxmal que iban a dirigir la ceremonia extendieron unas telas especiales sobre el suelo para formar un altar. Sobre ellas se colocaron muchos cristales y objetos ceremoniales. Y finalmente, primero una, luego dos y hasta trece calaveras mayas de cristal se dispusieron sobre el altar en apretado círculo. Sobre ellas se colocó un tejido maya, escondiéndolas de la vista, pues no había llegado todavía el momento de su ceremonia «especial». Me dio la sensación de que las calaveras estaban cantando y una vez más me encontré entrando en meditación con ellas. Ante mi sorpresa, la sacerdotisa, que claramente parecía ser la que dirigía la ceremonia, me pidió que entrara en el círculo interior. Me preguntó si había alguien más en mi grupo que perteneciera allí, y yo pronuncié el nombre de Lionfire. En realidad, aquel mundo maya parecía ser mucho más suyo que mío. Se invitó a unos quince ancianos e indígenas a que se unieran al círculo interior. Algunos eran mexicanos, otros estadounidenses, pero la mayoría, incluyendo al sacerdote inca, pertenecían a culturas indígenas. Recuerdo especialmente a un grupo de tres chamanes incas de Sudamérica; eran tan bellos que yo pude percibir la pureza de la Madre Tierra saliendo de sus corazones en ondas de pura alegría. La sacerdotisa maya prendió hierbas ceremoniales e incienso en un pequeño caldero maya antiguo, y su olor acre inundó el aire. Luego elevó los brazos mientras su compañero hacía sonar la concha y abría la ceremonia con oraciones a las cuatro direcciones.

Para mantener la ceremonia en sí misma oculta, la sacerdotisa y el sacerdote oraban en lengua maya. Sus plegarias se elevaron, engarzadas con el humo procedente del caldero. A continuación, cada uno de los integrantes del círculo interior hablamos y rezamos por turnos, pidiendo desde nuestros corazones por lo que éstos deseaban con más fuerza: la sanacion de la Tierra y de sus gentes. Había belleza, fuerza y precisión en aquello que estábamos haciendo. Parecía que la ceremonia había sido planeada hacía muchísimo tiempo. Todo parecía desarrollarse como si estuviera cuidadosamente ensayado. Pero había algo más, un aspecto del que no me di cuenta por lo muy metido que estaba en la ceremonia. Era algo relacionado con las personas del círculo exterior. Mientras los que dirigíamos la ceremonia murmurábamos, cada uno en su idioma, las palabras que deseábamos enviar al Espíritu, nuestros mensajes estaban siendo traducidos a varios idiomas. Uno tras otro, los sentimientos y las oraciones ceremoniales flotaban sobre el enorme claro en maya, español, inglés, alemán, ruso, francés..., llevados por el viento a aquel increíble grupo de individuos que habían acudido desde todas las partes del mundo para ayudar a la humanidad a convertirse en Uno Solo. Más tarde, una mujer me dijo: —Durante toda la ceremonia sentí que la Torre de Babel se iba derrumbando despacito. Supe que nuestro mundo nunca volvería a ser el mismo. Puede que, al unirnos de aquel modo a los mayas en aquella an-i igua ceremonia, estuviéramos simbólicamente acabando con las divisiones entre países, culturas y razas. Con el tiempo, esto se hará realidad. Cuando las últimas volutas de humo se elevaron sobre la multitud y la ceremonia terminó, nos abalanzamos unos hacia otros como viejos amigos de tribus hace mucho tiempo perdidas, abrazándonos y compartiendo no sólo amor, sino también números de teléfono y direcciones, formas de comunicarnos para mantener unida aquella energía que todos sentíamos. Éramos un arco iris de Un Solo Espíritu.

Hunbatz Men y los ancianos Cuando me dirigía de vuelta a la pirámide se me acercó una persona corriendo para decirme lo que les había sucedido a Hunbatz Men y a los ancianos. Después de la belleza de lo que acababa de acontecer, aquello parecía casi una pesadilla. Al final habían conseguido llegar a Chichén Itzá y se prepararon para celebrar la ceremonia en el sitio inicialmente dispuesto para ello. Colocaron un caldero con hierbas e incienso sobre el suelo. Y cuando los ancianos estuvieron listos, comenzaron la ceremonia prendiendo el incienso del caldero. En ese momento entró la policía corriendo con un extintor y apagó el fuego. Los ancianos se enfurecieron y comenzaron a discutir con la policía. Hunbatz, sin embargo, permaneció en silencio, pues había estado esperando aquello e incluso lo había avisado. Al final, la policía desbarató la ceremonia e incluso arrestó a ocho de los ancianos sudamericanos. Con lo cual, antes incluso de que empezara, la ceremonia había terminado. Hunbatz me lo contó más tarde cuando vino a unirse a nuestro grupo. En aquel momento nosotros ya estábamos profundamente inmersos en la oración en nuestra propia ceremonia y, según sus creencias, en esas circunstancias no podía reunirse con nosotros. En vez de eso, dio dos vueltas alrededor de nuestro círculo de oraciones mientras nos bendecía. Me dijo que si nosotros no hubiéramos estado allí, procedentes de todos aquellos países, y si no hubiéramos llevado a cabo nuestra propia ceremonia conducidos por los dos sacerdotes mayas, el calendario maya no se habría cumplido. Nos dio las gracias con lágrimas en los ojos. Miramos cada uno en el corazón del otro y estuvimos agradecidos, sabiendo que el Gran Espíritu trabaja en formas que no siempre resultan comprensibles. La llegada de la serpiente Cuando concluyó la ceremonia, nuestro pequeño grupo internacional de almas quedó en libertad para unirse a la enorme muchedumbre que se había reunido para contemplar el descenso de la «serpiente» por la Pirámide del Castillo, tal y como Ken y yo habíamos hecho mucho tiempo atrás, en 1985.

En esta ocasión, 21 de marzo de 2003, se estimó que había allí más de ochenta mil personas, tantas que ni siquiera se podía caminar por la enorme pradera cubierta de hierba frente a las escaleras por las que la serpiente debía realizar su portentoso descenso. Pero, vaya por Dios, el cielo se había cubierto de nubes. Y por la tarde estuvo gris. No había sol que pudiera dar sombra. Ochenta mil personas, gentes de todo México, Sudamérica y el mundo, estaban .sentadas o de pie, con sus comidas y sus familias, esperando una sombra que quizá no apareciera nunca. Y de repente, ya bastante avanzada la tarde, las nubes se abrieron y el Sol se abrió camino, resplandeciente de gloria, para iluminar la pirámide, proyectando su sombra sobre el lateral de los escalones de la pirámide. La multitud, llena de excitación, lanzó un grito de alegría pura y se quedó silenciosa observando el místico movimiento de la sombra de la «serpiente». La contemplación de la vasta y embelesada multitud me recordó a Lis de los conciertos de rock de los años sesenta. Pero era como si los Antiguos y los Muertos Agradecidos hubieran intercambiado sus puestos. En lugar de estar escuchando a una banda carismática cuya excitante música estallara sobre el escenario, estábamos todos cautivados, todos y cada uno de nosotros, por una sombra lenta y silenciosa que se deslizaba centímetro a centímetro por el lateral de una pirámide mítica, en renovada afirmación de la Espiral Sagrada de Vida. Los dos cenotes Cuando terminó el descenso de la «serpiente», y mientras me alejaba de allí, recordé parte de una conversación que había mantenido con Hunbatz Men en la que, de forma inesperada, me habló de los dos cenotes de Chichén Itzá y de cómo estaban conectados. Me contó que un río subterráneo los unía y que la Pirámide del Castillo había sido construida a propósito sobre él. Era aquel flujo de agua subterránea lo que cargaba la pirámide de energía. Ken y yo no sabíamos nada del segundo cenote cuando estuvimos allí. Hunbatz Men me miró a los ojos, y dijo: —Drunvalo, también el otro cenote debe ser «recargado» con un cristal. Eso conectaría las energías de ambos. Así que, al abandonar la ceremonia de la bajada de la «serpiente» por la pirámide, me encaminé hacia el segundo cenote para cumplimentar la solicitud de Hunbatz.

La culminación de los cristales Unos cuantos miembros del grupo me siguieron, probablemente pensando que deseaban ver lo que yo iba a hacer. Para mí, por supuesto, cualquiera que estuviera allí era porque allí debía estar. No existen los accidentes ni los errores. En unos pocos minutos encontré el segundo cenote y observé que éramos exactamente catorce personas, incluyéndome a mí. Les expliqué lo que habíamos hecho Ken y yo en el otro cenote en 1985 y la solicitud de Hunbatz Men, y fue como si todo el mundo hubiera acudido a la escuela psíquica. Todos parecían saber exactamente lo que debían hacer. Nos cogimos de las manos y pasamos el cristal para que cada persona pudiera rezar en él. Oraban para que el pueblo maya y la Madre Tierra pudieran sanar de nuevo. Después, la última persona arrojó el cristal a las aguas profundas y misteriosas. Pude sentir cómo se realizaba la conexión. Sentí que brotaba una energía. Y en mi visión interior pude contemplar cómo se interconectaban los dos cenotes y cómo la Pirámide del Castillo se iluminaba con una forma de energía nueva/antigua. En aquel momento comprendí la importancia de lo que Thoth y Hunbatz Men estaban intentando comunicarme. Por vez primera tenía sensación de culminación. La llamada del Sol De vuelta en el hotel, encontré una nota que me había dejado Hunbatz Men en la que decía que le gustaría hablar con mi grupo. Nos había prometido que estaría con nosotros y eso todavía no había sucedido..., todavía no. Aunque en aquel momento él estaba enormemente ocupado, deseaba cumplir su promesa.

Nos reunimos todos en semicírculo junto a la piscina del hotel y esperamos a Hunbatz. Ya había oscurecido. Brillaban las estrellas y el hotel ponía a nuestro alrededor un ambiente de suave luminosidad. Hunbatz llegó y nos explicó lo que había sucedido aquel día. Se disculpó ante nosotros y nos dio las gracias por llevar a cabo la ceremonia. Sin nuestra participación, nos dijo, el «trabajo» no habría sido terminado. Nos dijo que todos éramos maestros del nuevo mundo y nos habló de nuestras responsabilidades en aquella tarea. Y a continuación nos enseñó un cántico sagrado a Kin, el dios maya del sol. Y como muchos de los miembros del grupo ya estaban «recordando» su herencia maya del pasado, entonar este cántico despertó un increíble sentimiento de estar en dos lugares al mismo tiempo: el antiquísimo pasado y el hoy. Nuestro día en Chichén Itzá había terminado con todos juntos bajo las estrellas, cantando y recordando nuestras antiguas conexiones. Estábamos tan repletos de emoción y de sensación de misterio que parecía que no podríamos ser capaces de absorber nada más. Si hubiéramos sabido todo lo que nos aguardaba, nos habría costado creerlo. En verdad, lo cierto era que acabábamos de empezar.

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